Anatomía de los sueños de la pandemia: una historia paralela de miedo, adaptación y cura

No lo busques en informes ni estadísticas, el testimonio más íntimo del esfuerzo mundial para vivir en el mundo del coronavirus se escribe bajo las sábanas

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Cuando se apagan las luces, el cuerpo descansa y duermen las ciudades que no son Nueva York, la historia sigue discretamente su curso. No entrará en los libros de texto, no se preguntará en los exámenes, pero no por eso deja de escribirse. Los sueños forman parte de la historia. La periodista alemana Charlotte Beradt debió de intuirlo cuando comenzó a recoger los relatos oníricos de sus compatriotas, el año que Hitler ascendió al poder. Entre ellos captó el de un médico que ve desaparecer las paredes de su consulta mientras, a lo lejos, un altavoz lanza chillonas prohibiciones e intromisiones en la privacidad derivadas de la frase “¡de acuerdo con el decreto del 17 de este mes sobre la abolición de las paredes...!”. Y el de un ama de casa que recibe en su cocina a un agente de la Gestapo, quien, de repente, comienza a interrogar al horno. Para su sorpresa, este comienza a hablar por la tapa y relata los chistes y las ofensas que la familia ha proferido allí contra el gobierno. Estos sueños son relatos subjetivos, sin duda fantásticos, pero ni por asomo arbitrarios; constituyen un testimonio fidedigno de la herida psicológica causada por el Tercer Reich, son la huella documental de una alerta y un miedo históricos.

Beradt tardó siete años en reunir disimuladamente más de 300 relatos, según cuenta el editor Jacobo Siruela en una fascinante exploración de los sueños que tituló El mundo bajo los párpados (Atalanta, 2010). Gracias a internet, a un equipo de científicos finlandés le llevó solo una semana recoger casi el triple en primavera, unos investigadores de la Universidad de Nápoles Federico II recopilaron unos 800 testimonios en un mes y la psicóloga de la Universidad de Harvard Deirdre Barrett lleva más de 10.000 desde finales de marzo, algunos de los cuales han sido parcialmente publicados en la obra Pandemic Dreams (Oneiroi Press, 2020) y recogidos en este reportaje. Todas las investigaciones revelan la existencia de un fenómeno onírico colectivo, todas recogen una historia de la pandemia que ha resultado ser especialmente vívida e intensa.


La gente había evolucionado para tener burbujas invisibles de 12 pies de radio [3,6 metros] que actuaban como campos de fuerza, y no podíamos volver a tocar a otra persona hasta que la raza humana se extinguiera.

Ordenar la información para afrontar el futuro es una de las funciones de los sueños, y a medida que avanza la pandemia aparecen más relatos sobre el futuro, a veces distópicos, según dice la psicóloga Deirdre Barrett en Pandemic Dreams. Ambos hechos pueden relacionarse.


Una de las grandes particularidades de los sueños de 2020 es que han roto una tendencia. Sí, cada época tiene su estilo en la moda, la comida y la manera de soñar. A Sandra Giménez, neurofisióloga de la Unidad del sueño del Hospital Sant Pau de Barcelona y autodeclarada optimista por naturaleza, le preocupa la tendencia actual en descanso. “Dormimos poco y estamos más estresados, con la sensación de no llegar a todo, nos despertamos por el estrés…”, dice. Eso se traduce en un libro de historia breve y gris, algo monótono. Si la del coronavirus hubiese seguido el patrón normal de las crisis, nada habría cambiado con el confinamiento. Sin embargo, el libro monocromo se ha convertido repentinamente en un grueso volumen a todo color. Todo por culpa del sueño REM.

El descanso se divide en distintas fases, y la REM es la que más se asocia a las experiencias oníricas. El cerebro entra y sale de ella cíclicamente a lo largo de la noche, y los sueños de esta fase se caracterizan por tener más emociones, más movimiento, más color y menos inhibiciones. Son los sueños salvajes y, entre los más salvajes, se llevan la palma los del final de la noche. La explicación está en que cada fase REM se hace un poco más larga en cada ciclo: si la primera de la noche dura solo unos minutos, la última puede alcanzar la media hora. Es entonces cuando afloran el tipo de sueños hipervitaminados que aumentaron durante el confinamiento porque, pese al aumento de pesadillas e interrupciones del sueño, la duración total fue superior que antes. Según el estudio finlandés, que ha visto la luz en la revista Frontiers in Psychology este mes, el incremento fue del 54,2%, otros estudios dan cifras distintas pero también significativas y Giménez admite que hay pacientes que le han asegurado que su sueño ha mejorado. Hubo más sueños al final de la noche.


Cuando los sueños están impregnados de emociones intensas, el cerebro busca imágenes que ayuden a representarlas. Las mascarillas, en todas sus formas imaginables, han tenido un papel protagonista en la pandemia. Otros objetos son más originales.

Mi marido y yo estamos haciéndonos un test para saber si tenemos el virus. Son exactamente iguales a las pruebas de embarazo de plástico blanco caseras. Los dos tenemos una línea rosa: positivo.

Estoy haciéndome un test de covid-19. Pero es un examen de opciones múltiples y no consigo acertar ninguna respuesta. Me dicen que he suspendido y que tengo la enfermedad.


Deirdre Barrett, la psicóloga de Harvard, ha estudiado los sueños de los supervivientes del 11-S, de los kuwaitíes durante la primera guerra del Golfo y de prisioneros de la Primera Guerra Mundial. Conoce bien el trauma y las metáforas oníricas que desencadenan los desastres: suelen expresarse con tsunamis, tornados, huracanes, terremotos, incendios… Barrett ha detectado todas ellas en su investigación de la pandemia, aunque con tintes que solo estos tiempos pueden aportar: una persona soñó que el presidente Trump anunciaba que no había tsunami alguno, que solo eran “fake news”. Pero algunos relatos son algo más que una versión pandémica de territorios ya explorados. “La manera en la que la mente procesa las cosas en los sueños es notablemente consistente a lo largo de la historia del hombre, incluso en el contenido se parecen a los de otras crisis. Sin embargo, hay unas pocas temáticas distintas en mi encuesta, como muchos sueños de ataques de bichos; muchas cosas que en conjunto pueden hacerte daño o matarte es una metáfora especialmente adecuada para al virus”, interpreta la psicóloga. Y añade: “También estoy viendo monstruos invisibles, que tampoco han sido símbolos en otras crisis”.

Las páginas de la historia onírica de la pandemia son especialmente inquietantes y emocionales, y están empapadas por el goteo de traumas filtrados desde la vigilia. Los relatos recogidos por los científicos pintan la historia de una humanidad asustada y ansiosa ante aglomeraciones, distancia social, síntomas, la grave situación sus mayores y hasta el apocalipsis (estos temas están entre los más comunes de todos los detectados en el estudio finlandés, que se ha basado en el análisis computacional para “librarse de categorías establecidas 'a priori”). Por su parte, Barrett ha recogido todo tipo de sueños: los hay de mascarillas, en los que la educación de los niños queda en manos de los padres hasta la mayoría de edad, de culpa por sobrevivir, marcados por la soledad (quienes se confinaban solos pensaban en otras personas mientras una de las encerradas en compañía descubría una habitación secreta en su casa, a la que solo ella podía entrar). Pero hay que leer entre líneas.

“Creo que los sueños somos nosotros mismos pensando en un estado mental diferente sobre nuestros pensamientos y preocupaciones habituales, de una manera más visual e intuitiva, menos linear y verbal”, dice Barrett. O sea, que esta historia no es solo una de miedo, ansiedad y muerte; es también la de una humanidad aprendiendo a cambiar de rumbo, el testimonio de un esfuerzo colectivo por cerrar un capítulo y abrir el siguiente. Una buena parte de los sueños de la pandemia son la historia del coste emocional de la adaptación. Porque lo que sucede durante la vida consciente tiene una continuidad en la inconsciente. El fenómeno se conoce como hipótesis de la continuidad y está relacionado con una manera que tiene la mente de digerir por la noche la información que recibe durante el día, seleccionando la útil y podando la prescindible. “Una de las mayores funciones del sueño es consolidar los aprendizajes”, subraya Giménez, coordinadora del Grupo de Trabajo de Cognición y sueño de la Sociedad Española del Sueño. Lo que pasa es que las lecciones a veces son difíciles.


Cuando me desperté, todo lo que podía recordar es que había hecho algo mal o había violado una regla, y que mi castigo era tener que dar la mano a una línea infinita de ellas.
Los científicos llaman pesadillas idiopáticas a las que se basan en experiencias de la vigilia. Los recuerdos de estos malos sueños probablemente han servido para tener en cuenta las nuevas reglas de convivencia y seguridad. “Tener todos los mismos sueños, las mismas preocupaciones, comporta también una práctica social que es necesaria para la supervivencia”, argumenta la neurofisióloga Sandra Giménez.


La “piadosa costumbre” del general estadounidense George Patton de “llamar por teléfono a su secretario personal a cualquier hora de la noche, cuando un sueño le sugería una nueva estrategia de guerra”, según recoge El mundo bajo los párpados, está fuera del alcance de la ciencia. Si, como se dice, Gandhi soñó con la resistencia pasiva antes de usarla para ganarle a su país la independencia, solo él lo sabía (es lo que tienen los sueños, todavía son patrimonio exclusivo del soñador). Pero ¿quién duda de la influencia del ‘tengo un sueño’ de Martin Luther King? 1963 no era el fin, sino el principio.

La historia de la vigilia deja su impronta en la mente, pero lo que pasa cuando se apaga la luz también tienen alguna fuerza para cambiar el curso de la historia, más allá de la metáfora. “Lo que pensamos durante el día influye en los sueños, y su contenido, aunque en una menor medida porque se recuerda peor, también influye en nuestros pensamientos y emociones diurnas”, opina Barrett. Yo era un anticuerpo gigante. Estaba tan enfadado por la covid-19 que eso me dio superpoderes, y comencé a moverme de un lado a otro atacando todos los virus que me encontraba. ¡Me levanté tan enérgico!, cuenta uno de los relatos recogidos por la investigadora. Con el agobiante sabor de la ansiedad en los labios de millones de personas, cuesta rechazar la idea de que el peso de billones de pequeñas decisiones, en conjunto, cambie siquiera levemente el devenir de los acontecimientos. Pero no puede haber una relación causa-efecto completamente clara; no se puede saber exactamente qué han soñado los demás.

Por el contrario, parece darse por hecho que un solo sueño puede mejorar la vida de millones de personas. Dicen que August Kekulé vio en sueños la estructura molecular del benzeno, que Frederik Banting desarrolló en la cama una técnica para aislar insulina y que Otto Loewi ganó el Nobel en Fisiología o Medicina por un experimento que diseñó mientras dormía, con el que demostró que los impulsos nerviosos podían trasmitirse mediante sustancias químicas. Barrett dice que ella lo hizo sobre una sustancia que se inhala para recubrir las mucosas con unas sustancia que neutraliza el virus. ¿Surrealista? No, el sueño sobre proteínas musicales que curan el virus que le enviaron lo es, el suyo no está lejos de la realidad; poco después se publicó que el CSIC trabaja en una idea que consiste en una crema de anticuerpos para recubrir el interior de la boca y que, si funcionase, evitaría la infección durante un breve periodo de tiempo. ¿Una casualidad? Por supuesto, pero será cierto que se puede soñar despierto.

FOTOS: HENRIK SORENSEN / D-KEINE / GETTY


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