En el conflicto con Ucrania, Moscú se aferra a las coartadas del pasado

El historiador anglogermano Orlando Figes, gran experto en Rusia, repasa las claves históricas que explican el pulso que Putin mantiene con Occidente usando al país vecino como campo de batalla

Nikita Jruschov (brazo en alto) en Kremenchuk (Ucrania) en una imagen sin datar. En 1954 el mandatario soviético regaló Crimea a Ucrania para celebrar el 300 aniversario de la unificación de Rusia y Ucrania, en el Tratado de Pereyáslav de 1654.
Nikita Jruschov (brazo en alto) en Kremenchuk (Ucrania) en una imagen sin datar. En 1954 el mandatario soviético regaló Crimea a Ucrania para celebrar el 300 aniversario de la unificación de Rusia y Ucrania, en el Tratado de Pereyáslav de 1654.TASS (TASS via Getty Images)

Después de la reunión “franca” pero fría que mantuvo la semana pasada con el ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, se mostró pesimista sobre los intentos de frenar la agresión del Kremlin contra Ucrania. “Para ser benévolos, se puede decir que, a veces, Rusia y nosotros tenemos diferentes interpretaciones de la historia”, dijo Blinken, y tiene razón, porque la historia es uno de los factores que más hay que tener en cuenta en este conflicto.

Blinken y su homólogo ruso dedicaron gran parte de la reunión a discutir sobre la historia del periodo 1989-1991, en particular sobre el significado de una frase que dijo James Baker, entonces titular del puesto de Blinken, a Mijail Gorbachov en febrero de 1990, tres meses después de la caída del Muro de Berlín, con el fin de intentar convencerle de que aceptara la reunificación de Alemania. Baker preguntó al presidente soviético si prefería que Alemania se mantuviera independiente, fuera de la OTAN, o que estuviera dentro, “con la seguridad de que la jurisdicción de la OTAN no avanzaría ni un centímetro más hacia el este desde sus fronteras de aquel momento”.

Según los estadounidenses, no fue más que una sugerencia, no una promesa ni una garantía. Pero el Kremlin considera que la expansión posterior de la OTAN a países del antiguo Pacto de Varsovia fue una traición de ese “acuerdo internacional”. Independientemente de lo que de verdad quisiera decir Baker, la opinión de Putin de que fue una promesa rota se ha convertido desde entonces en una obsesión, un motivo de agravio y resentimiento hacia Occidente que ha alimentado su política exterior y su nacionalismo antioccidental. Todavía el pasado mes de diciembre, en su rueda de prensa anual, volvió a dejar claro lo que piensa: “‘Ni un centímetro más hacia el este’, nos dijeron en los noventa. ¿Y qué pasó? ¡Que mintieron, nos engañaron descaradamente!”

Ucrania, cuyo nombre significa ‘zona fronteriza’, siempre fue la entrada de la cultura occidental en Rusia

Cuando cayó el Muro de Berlín, Putin era un agente del KGB destacado en Alemania del Este. El espíritu democrático de aquellos años no le afectó en absoluto. Vivió la desaparición de la Unión Soviética como una humillación para su patria, “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, declaró más tarde, por la que “decenas de millones” de rusos “se encontraron fuera del territorio de Rusia”, en Ucrania, los Estados Bálticos y Kazajistán.

En su versión de la historia, Occidente se aprovechó de la debilidad crónica de Rusia en los años noventa. Estados Unidos y sus aliados del Atlántico Norte actuaron como si hubieran “ganado” la Guerra Fría y no fuera necesario consultar a Rusia, la potencia “derrotada” sobre las consecuencias del derrumbe soviético en unas regiones en las que los rusos tenían intereses y sentimientos históricos.

Eduard Shevardnadze (izquierda, sentado), ministro de Exteriores de la URSS en 1990, intercambia una estilográfica con James Baker, secretario de Estado de EEUU. Detrás, Mijail Gorvachov y George Bush.
Eduard Shevardnadze (izquierda, sentado), ministro de Exteriores de la URSS en 1990, intercambia una estilográfica con James Baker, secretario de Estado de EEUU. Detrás, Mijail Gorvachov y George Bush.Diana Walker (Getty Images)

Para el Kremlin, la primera señal inequívoca de este orden mundial dominado por Estados Unidos fue la intervención unilateral de la OTAN para apoyar a los albanokosovares en su guerra de independencia contra Serbia, el más antiguo aliado de Rusia en los Balcanes, en 1999. Moscú rechazó las afirmaciones de la OTAN de que había actuado para evitar la limpieza étnica de albaneses por parte del régimen serbio de Milosevic y acusó a la Alianza de tener ambiciones expansionistas en los Balcanes, que Rusia consideraba parte de su propia “esfera de influencia”. Es fácil desechar la idea de una misión de Rusia en los Balcanes como un simple mito imperialista y paneslavo, pero es la base de las políticas del Kremlin. Además, Moscú utilizó la intervención occidental para justificar sus guerras en Georgia, en 2008 (cuando las tropas rusas ocuparon Abjasia y Osetia del Sur para poner fin a la esperanza de los georgianos de entrar en la OTAN), y en Ucrania, que comenzó con la anexión de Crimea en 2014 y la intervención en el Donbás y Lugansk, donde Moscú apoya a los separatistas.

La auténtica ruptura con Occidente se produjo con la expansión de la OTAN hacia el este y el apoyo occidental general a las revoluciones democráticas “de colores” que se produjeron en Georgia y Ucrania en 2003-2004, lo que hizo que Putin temiera un levantamiento democrático contra su dictadura en Rusia. Además, la influencia cada vez mayor de Occidente en los territorios vecinos reabrió una herida más profunda en la conciencia histórica del país: su viejo terror a verse cercado por unas potencias extranjeras empeñadas en su desmembramiento.

El Imperio ruso se extendió desde el siglo XVI por las grandes llanuras euroasiáticas, unas tierras que no tenían fronteras naturales, ni mares ni cordilleras, que las protegieran de una invasión extranjera ni de la influencia de los estados vecinos. En distintos momentos de su historia, Rusia sufrió invasiones de polacos y lituanos, suecos, franceses, británicos y alemanes, para no hablar de las 14 potencias aliadas que intentaron derrocar el régimen soviético entre 1917 y 1921, todas ellas con planes para dividir su imperio en territorios más pequeños.

Escenario de la batalla de Balaclava, fotografiado por Roger Fenton en 1855, después de la carga de la Brigada Ligera durante la guerra de Crimea. 
Escenario de la batalla de Balaclava, fotografiado por Roger Fenton en 1855, después de la carga de la Brigada Ligera durante la guerra de Crimea. UniversalImagesGroup (Getty Images)

Ucrania era especialmente vulnerable a esas invasiones. Era una región fronteriza entre el Imperio ruso y Occidente (su nombre deriva de la palabra rusa okraina, que significa “periferia” o “zona fronteriza”) que tenía fuertes vínculos históricos con la Mancomunidad de Polonia-Lituania y el Imperio otomano. Además, servía de conducto para que entraran las ideas y la cultura occidentales en Rusia, una influencia que la hacía valiosa pero peligrosa para el Estado autocrático ruso. Separar Ucrania de Rusia —la máxima prioridad de los alemanes en ambas guerras mundiales— era el único método para conseguir que Rusia dejara de ser una “gran potencia”.

Al tomar posesión como presidente en el año 2000, Putin se marcó el objetivo de restablecer esa condición de “gran potencia”, para lo que debía reconstruir la economía estatal y poner en tela de juicio el “mundo unipolar” dominado por Estados Unidos. Con la renacionalización de las empresas petroleras y los medios de comunicación de los oligarcas, que habían construido sus fortunas en el corrupto caos legal de los años de Yeltsin, el gobierno de Putin amasó un enorme fondo de reservas de divisas, gracias a las exportaciones de gas y petróleo. En 2007, sus reservas de capital estaban ya entre las mayores del mundo. Ese dinero le permitió llevar a cabo una política exterior más enérgica sin dejar de mantener un nivel de vida aceptable para la mayor parte de la población rusa, que estaba acostumbrada a apretarse el cinturón por motivos “patrióticos”.

Putin dejó claras sus intenciones el 10 de febrero de 2007, con una crítica feroz de la hegemonía mundial de Estados Unidos durante la reunión anual de la Conferencia de Seguridad en Múnich. La expansión de la OTAN hacia el este era “una grave provocación” contra Rusia, por lo que esta iba a dejar de respetar las viejas reglas internacionales a la hora de defender sus intereses. A partir de ese momento, Putin habló cada vez más de la “rusofobia” de Occidente, su “doble moral” y su “hipocresía”, así como la “falta de respeto” hacia Rusia al no tener en cuenta sus preocupaciones.

Sus palabras remitían en gran parte a la retórica de los nacionalistas paneslavos del siglo XIX, cuya ideología antioccidental se basaba en el mito del “alma rusa” y sus “valores espirituales” como contrapunto al materialismo de Occidente. Ese antioccidentalismo se había visto reforzado por un profundo sentimiento de que Occidente había cometido una gran injusticia con Rusia durante la Guerra de Crimea (1853-1856). La alianza anglo-francesa de entonces contra Rusia, argumentaban de forma que hoy nos resultará familiar, había tenido como propósito —pese al pretexto de defender la “libertad” contra la agresión rusa— promover sus propios intereses imperiales, para lo que se aliaron con los turcos. En un acto de diplomacia armada similar al de Putin en Ucrania ahora, el zar Nicolás I reunió sus tropas en los territorios balcánicos de Turquía para obligar al sultán a defender los intereses de Rusia en el Mar Negro y en Tierra Santa, donde los ortodoxos estaban en guerra con los católicos —apoyados por los franceses— por el acceso a los Santos Lugares. Tras la derrota de Rusia en Crimea y la paz humillante impuesta por las potencias occidentales, los pensadores paneslavos empezaron a decir que Occidente era una amenaza existencial para la civilización ortodoxa rusa. “Europa”, afirmó Nikolai Danilevski en 1869, “no solo nos es ajena sino incluso hostil; sus intereses no pueden ser los mismos que los nuestros y, en la mayoría de los casos, serán los contrarios”.

El presidente ucranio Viktor Yushchenko (izquierda) y Vladimir Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero de 2007.
El presidente ucranio Viktor Yushchenko (izquierda) y Vladimir Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero de 2007.Johannes Simon (Getty Images)

Putin partió de estas ideas para construir su concepto del “mundo ruso” (Russkii mir), una idea que vinculó a la defensa de los “valores rusos tradicionales” dentro de las fronteras de la antigua Unión Soviética. El concepto de “mundo ruso” lo había propuesto ya el patriarca de la Iglesia Ortodoxa para promover la idea del legado espiritual de la Rus de Kiev, un vínculo roto por la independencia de Ucrania; pero Putin se apoderó de él y a partir de 2012 lo convirtió en una rama de su política exterior. El “mundo ruso”, dijo, era una “familia” de eslavos, los rusos, los ucranianos y los bielorrusos, que compartían una historia, una religión, una lengua y una herencia cultural comunes desde la Rus de Kiev, el primer Estado “ruso”, entre los siglos IX y XIII. Esta era la endeble base histórica con la que Putin justificó sus intervenciones en Ucrania y Bielorrusia. No los consideraba países reales y soberanos, sino miembros menores del “mundo ruso”.

Ucrania era el campo de batalla de este “choque de civilizaciones” (así lo llamó el propio Putin) entre Rusia y Occidente. El país estaba dividido desde siempre entre las regiones occidentales, que habían formado parte de la Mancomunidad Polonia-Lituania y después del Imperio austrohúngaro y en las que casi todo el mundo hablaba ucranio, y las regiones orientales, en las que el ruso era el idioma dominante. A partir de 1991, no hubo ningún gobierno ucraniano que pudiera aproximarse demasiado a Rusia o a Occidente sin correr el riesgo de desencadenar una guerra civil.

Dos acontecimientos alteraron el equilibrio. El primero fue el plan de Putin a largo plazo, que cobró impulso a partir de 2012, de incluir a Ucrania en una Unión Económica Euroasiática con Rusia, Bielorrusia y Kazajistán. Putin preveía que la Unión Euroasiática se convirtiera algún día en algo parecido a la Unión Europea bajo el liderazgo de Rusia: un bloque euroasiático para contrarrestar a Occidente. La segunda fue la Revolución de Maidán de 2013-2014, un levantamiento popular contra el gobierno prorruso de Yanukóvich después de que este se retirara de las negociaciones para alcanzar un Acuerdo de Asociación con la UE.

El Kremlin consideró que la revolución era un golpe ilegal orquestado por los partidos de la oposición con la complicidad de Occidente. Sus medios de comunicación se referían sin cesar al gobierno nacionalista ucraniano que sustituyó a Yanukóvich diciendo que era una “junta” respaldada por “neonazis” y “fascistas”, una burda táctica propagandística para apelar a los sentimientos nacionalistas rusos asociados al recuerdo de la guerra, durante la que algunos ucranianos habían colaborado con los alemanes. Moscú acusó al gobierno de Ucrania de amenazar con un “genocidio” contra los rusos del país (una afirmación alarmista basada en la desacertada decisión del parlamento de Kiev de derogar una ley que protegía el ruso y otras lenguas minoritarias). La versión de los hechos que daba el Kremlin encontró oídos bien predispuestos en la mayoría de los rusoparlantes del Donbás y Crimea, cuya anexión iba a justificarse por el deber histórico de Rusia de proteger los derechos de esa población.

Cuando Jruchov regaló Crimea a Kiev en 1954 nadie le dio importancia: todo era Unión Soviética

Desde que empezó a retumbar esta guerra sorda hace ocho años, Putin no ha dejado de insistir en que los rusos no luchaban contra Ucrania sino contra Occidente, encarnado por la OTAN, en suelo ucraniano. En julio del año pasado escribió un largo artículo en el que afirmaba que Ucrania, un país históricamente hermanado con Rusia, se había convertido, por culpa de sus dirigentes nacionalistas y las potencias occidentales que le proporcionaban armas, en su enemigo. El tono del texto era beligerante:

“Lo más despreciable es que a los rusos que habitan en Ucrania se les obliga no solo a negar sus raíces y a generaciones enteras de antepasados, sino a creer que Rusia es el enemigo. No es exagerado decir que la vía de la asimilación forzosa, la formación de un Estado ucraniano étnicamente puro y agresivo con respecto a Rusia tendrá unas las mismas consecuencias que si se emplearan armas de destrucción masiva contra nosotros”.

Por eso, en su opinión, es por lo que ha acumulado tantas tropas en las fronteras de Ucrania: para ocupar el Donbás, si es necesario, antes de que lo capturen las fuerzas de Kiev, armadas y empujadas por la OTAN. Asegurar la autonomía de la región a través de los Acuerdos de Minsk o seguir manteniendo el pulso en el Donbás son la única forma de que el Kremlin pueda aspirar a impedir que Ucrania entre en la OTAN o en la UE.

Los Acuerdos de Minsk siguen siendo la única esperanza de resolver esta crisis sin que haya una guerra abierta. Para aplicarlos habría que desmilitarizar las regiones orientales, y dar a estas últimas autonomía dentro de una Ucrania descentralizada pero soberana. En las negociaciones intermitentes de los últimos siete años se ha avanzado poco, y Putin se siente cada vez más frustrado por la actitud intransigente del gobierno de Zelenski, que ahora, presionado por su base nacionalista, considera que cualquier acuerdo aceptable para Rusia será un acto de traición contra Ucrania. Ese es el motivo de que Putin haya acumulado más tropas en la frontera ucraniana: es una demostración de fuerza, un acto de diplomacia armada, para presionar a Ucrania.

Todo esto no importaba en absoluto en la Unión Soviética, en la que Rusia y Ucrania eran repúblicas dentro de una federación multinacional donde las fronteras eran artificiales. Cuando Nikita Jruschov, en 1954, regaló Crimea a Ucrania para celebrar el tricentenario de la unión entre los dos países, nadie le dio mucha importancia. Hoy la URSS es un recuerdo lejano. Los lazos que unían familias, comunidades y economías de Rusia y Ucrania han desaparecido, y las fronteras entre los dos países, en manos de sus respectivos líderes nacionalistas, se han convertido en los indicadores de un conflicto étnico, una lucha por la sangre y el suelo, que amenaza con convertirse en una guerra a gran escala.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Orlando Figes es autor de libros como ‘La revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924)’, ‘El baile de Natasha. Una historia cultural de Rusia’ y ‘Los europeos’.

Lecturas que explican la crisis

ANDREA AGUILAR

Hambruna roja: la guerra de Stalin contra Ucrania, de Anne Applebaum (Debate, 2017). En este monumental estudio la historiadora y periodista estadounidense reconstruye la brutal política de Stalin que causó más de tres millones de muertos por inanición en Ucrania entre 1931 y 1933. Sobre esta tragedia ya escribió Vasily Grosman en su novela póstuma Todo fluye (Galaxia Gutenberg, 2008) cuando el protagonista, Iván, recién salido de los campos de trabajo escucha al personaje de Anna narrar aquel horror estalinista. En su libro, Anne Appleabaum no solo amplía estudios previos, como el de Robert Conquest, con la documentación disponible tras la caída de la URSS, sino que establece claras conexiones y vínculos con la presión y tensión que Rusia mantiene en el siglo XXI con Ucrania.

El último territorio, de Yuri Andrujovich (Acantilado, 2006). Esta colección de ensayos del escritor, poeta y traductor ucraniano con mayor proyección internacional se mueve entre el pasado austrohúngaro, la tragedia de Chernobil y la Ucrania postsoviética. “Geopoética” es un término recurrente al referirse al trabajo de este autor cuyas novelas Moscoviada (Acantilado, 2010), Perverzion (2012) o Los doce anillos (2007) permiten asimismo un acercamiento implacable a la realidad de la independencia de este vapuleado país tras la desaparición de la URSS. Nacido en Galitzia en 1960, Andrujovich ha sabido como ningún otro de su generación retratar la historia y la vida en esa tierra de fronteras que es literalmente lo que significa Ucrania, y su compleja relación con la expansionista Rusia.

El futuro es historia. Rusia y el regreso del autoritarismo, de Masha Gesen (Turner, 2018). Analista del semanario The New Yorker, Gessen nació en Rusia y llegó en la adolescencia a Estados Unidos, donde terminó sus estudios. Tras la caída de Gorbachov, regresó a Moscú y allí arrancó su carrera periodística, aunque acabó volviendo a Nueva York tras chocar con el régimen de Putin. Esta vida entre dos tierras la convierte en una fina y certera intérprete de la realidad rusa. Con El futuro es historia obtuvo el National Book Award y sentó las bases para entender qué pasa al otro lado de los Urales, qué patrones históricos se van repitiendo, qué fallos y fallas han ido creciendo. Antes, Gessen trazó un demoledor perfil del líder de la Rusia actual en El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladimir Putin (Debate, 2012).


La frontera. Un viaje alrededor de Rusia, de Erika Fatland (Tusquets, 2021). Un largo periplo por los 14 países colindantes con la nación gobernada por Putin, permite a la periodista y antropóloga noruega reconstruir la historia y la relación presente con el bravucón vecino de lugares tan dispares como Corea del Norte, Noruega, Azerbaiyán, Georgia, Polonia o Finlandia. El libro de viajes, las entrevistas con la gente que vive en la misma frontera y el análisis histórico y político forman parte del gran puzle que la autora construye.


Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich (Debolsillo, 2015). Si en los años treinta fue la brutal hambruna, en los ochenta el desastre de la central nuclear ubicada en Ucrania marca un nuevo hito funesto en la trágica historia del país y el papel que el imperio soviético jugó en todo aquello. La premio Nobel bielorrusa entrevistó a cientos de personas a lo largo de muchos años y con sus testimonios hizo este libro coral, una obra inolvidable que retrata el valor, la miseria, la mentira y la incompetencia de uno de los capítulos más oscuros de la historia soviética.

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