China se encalla en la covid: alertas, pruebas y confinamientos en más de 30 ciudades

Mientras gran parte del planeta ha aceptado la convivencia con el virus, el hartazgo se extiende entre la población de la única de las grandes potencias que sigue fiel a una estricta política de coronavirus cero

Una mujer se somete a una prueba PCR en una calle de Shanghái, el 5 de septiembre.
Una mujer se somete a una prueba PCR en una calle de Shanghái, el 5 de septiembre.ALEX PLAVEVSKI (EFE)

Vibra el móvil, llega un mensaje nuevo de las autoridades de Pekín, es un recordatorio: “Cumple con tu deber y obedece las reglas antipandémicas, y todo el mundo te alabará como buen ciudadano”, exhorta, tras recordar que recientemente ha habido quien, nada más poner un pie en la ciudad, fue a ver a amigos, al gimnasio, a nadar, “a comprar y consumir”. “Si tienes un historial de viajes o vives fuera de Pekín, por favor no te reúnas ni vayas de fiesta ni vayas a lugares densamente poblados en los primeros siete días”, reclama. En China el coronavirus sigue muy presente: está en las alertas que envían las autoridades, puebla las aceras en forma de casetas donde la población acude a hacerse pruebas PCR cada dos o tres días, vive en cada código QR que uno ha de escanear con el móvil en el umbral de cualquier comercio, bar, hospital o taxi.

Mientras gran parte del planeta ha aceptado la convivencia con el virus, China es la única de entre las grandes potencias que sigue en la batalla a través de una estricta política de covid cero. Lo cual se traduce, dos años y medio después de que arrancara la pandemia, en testeos masivos de la población y una campaña de cierres de ciudades en cuanto surge un brote, para atajar de inmediato el problema.

El martes, China registró un ligero ascenso en el número de contagios, con 1.695 nuevos casos, según Reuters, una cifra muy pequeña para los estándares globales. Pero alta en términos chinos. En estos momentos, 33 ciudades del país se encuentran bajo medidas de aislamiento “parcial o total” que afectan a más de 65 millones de personas, según un recuento elaborado el lunes por Caixin, un medio chino con sede en Pekín. Unos días antes, el jueves, cayó el cerrojo sobre Chengdú, la capital de la provincia de Sichuan, una macrourbe de 21 millones de habitantes a los que las autoridades decidieron confinar en sus hogares tras detectar más de 700 casos la semana anterior.

El aislamiento prosigue y comienza a hacer mella: “Creo que ahora la mayoría de la sociedad tiene más miedo a la política antipandémica que al virus”, dice desde su confinamiento en un piso de 40 metros cuadrados en Chengdú una mujer de 31 años, joven profesional, que prefiere guardar anonimato para hablar con mayor libertad. “Estas medidas son demasiado dramáticas”, protesta tras dos semanas encerrada en casa (en su distrito las medidas de contención comenzaron una semana antes).

En su opinión, la persistencia en esta política por parte de las autoridades chinas sigue “una lógica de gobierno” relacionada con el “control” y el “poder centralizado”. Y explica que las bajas cifras de contagios y muertes desde el estallido de la pandemia han sido motivo de “orgullo” en el país, lo que hace difícil que los dirigentes den marcha atrás o modifiquen el rumbo.

“Creo que la política de covid cero este año es absurda”, concluye, y estima que los episodios vividos en Shanghái, que permaneció esta primavera más de dos meses bajo medidas de aislamiento, deberían ayudar a un cambio. “Ahora la transmisión del virus es más rápida. Tras tantos casos en Shanghái, la tasa de mortalidad es baja. Siento que las personas que murieron por otras razones causadas por el confinamiento o agraviadas por los cierres, no figuran en las estadísticas. Esto tiene un gran impacto en la economía y en la vida diaria de la gente”.

China es uno de los países del mundo con menores tasas de contagios y fallecidos por covid, a un abismo de distancia, por ejemplo, de Estados Unidos, que supera el millón de muertos. Desde enero de 2020, el país asiático ha registrado 25.058 defunciones, según datos aportados por Pekín a la Organización Mundial de la Salud (cifras que algunos epidemiólogos cuestionan). También se han administrado más de 3.450 millones de dosis de vacunas, pero en lo peor de los cierres de Shanghái, incluso Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, llegó a criticar la severidad de la fórmula de contención. “No creemos que sea sostenible”, dijo en una comparecencia en mayo, “un cambio sería muy importante”. Pekín tachó estos comentarios de “irresponsables” a través de un portavoz de Exteriores.

El presidente Xi Jinping ha llamado a no bajar la guardia en diferentes ocasiones. “La perseverancia es la victoria”, ha señalado sobre esta pelea contra el virus. “Debemos adherirnos siempre a la supremacía del pueblo y de la vida, adherirnos a la limpieza científica precisa y dinámica, y frenar la propagación de los brotes de covid lo antes posible”, definió la estrategia en marzo. Esta política de covid cero dinámica “no consiste en lograr el objetivo de la infección cero, sino en controlar la covid-19 con el mínimo coste social y en el menor tiempo posible para proteger eficazmente al máximo la salud, la vida normal y la producción de los 1.400 millones de chinos”, según la explicación que aportó un portavoz del Ministerio de Exteriores.

Alumnos de primaria acudían el miércoles al colegio, en Pekín.
Alumnos de primaria acudían el miércoles al colegio, en Pekín.Andy Wong (AP)

Numerosos analistas consideran que poco va a cambiar antes de que arranque el 16 de octubre el 20º Congreso del Partido Comunista de China, el gran evento político quinquenal de China, en el que se prevé que Xi renueve la batuta de mando del país hasta 2027.

Mientras, se cierran urbes como Chengdú, la séptima ciudad con mayor PIB de China, y se restringen los movimientos en Shenzhen, uno de los centros tecnológicos del país, donde tienen su sede compañías como Huawei y Tencent.

“Es difícil determinar con exactitud el impacto [de esta política]”, explica al teléfono Xinran Andy Chen, un analista de la consultora Trivium China, radicado en Shanghái. En términos económicos, esboza, “se vuelve más difícil alcanzar el ya imposible objetivo del 5,5% de crecimiento del PIB” fijado para el 2022 por Pekín. Y la población, además, comienza a estar “cansada y fastidiada” por los cierres y restricciones. “Está causando quejas sociales”, añade. “Pero hasta ahora la gente todavía es cumplidora: van a hacerse los test, se quedan en casa”. Unos disturbios sociales están “muy lejos de suceder en China”.

Chen aventura que la población apoya la política de covid cero“como principio”. Esto es: “Ponen la vida de las personas por delante del crecimiento económico”. Pero además, “el coste de no cumplir es demasiado alto” como para que tomen cuerpo protestas: uno corre el riesgo de ser detenido o de ir a la cárcel, asegura. “El cálculo de la gente es que no merece la pena: ‘Es más fácil si me quedo en casa”.

La pregunta “del trillón de dólares”, añade, es cuándo se le dará un vuelco a esta política. Él ve poco factible un cambio antes de principios del año que viene o incluso la primavera de 2023. Pero tampoco lo tiene claro: “Todo lo que puedo decir es que no va a suceder antes del Congreso del Partido Comunista”. Y ve inviable un giro inmediato justo después. “No sucederá de la noche a la mañana con declaraciones llamativas”. Entre otros motivos, afirma, porque la política de cero covid lleva la “firma” de Xi Jinping. Y cambiarla justo después del Congreso, concluye, equivaldría a mostrar “un signo de debilidad”.

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Sobre la firma

Guillermo Abril

Es corresponsal en Pekín. Previamente ha estado destinado en Bruselas, donde ha seguido la actualidad europea, y ha escrito durante más de una década reportajes de gran formato en ‘El País Semanal’, lo que le ha llevado a viajar por numerosos países y zonas de conflicto, como Siria y Libia. Es autor, entre otros, del ensayo ‘Los irrelevantes’.

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