“Me pasa que tengo la regla”

La gran mayoría de las mujeres han sufrido en alguna ocasión dolores incapacitantes por el periodo o síntomas premenstruales que afectan a su estado de ánimo, pero sigue siendo un problema poco investigado

Alejandra Vidal, de 26 años, padece algunos periodos que le incapacitan.Foto: Massimiliano Minocri | Vídeo: Minocri /Almodóvar /L. Bueno

Puede llegar acompañada de dolor, de tristeza, de hinchazón. Puede deprimir, cabrear, causar contracciones intensas, molestas cefaleas, sangrados abundantes... También puede pasar prácticamente desapercibida. En el mundo viven 1.800 millones de mujeres en edad menstrual, y la regla se manifiesta de tantas formas y está tan poco estudiada que ni siquiera los especialistas tienen del todo claro lo que significa un “periodo normal”. Lo evidente es que produce procesos fisiológicos que trastocan la vida de millones de mujeres todos los meses: les puede cambiar el humor o dejarlas baldadas, unos síntomas que todavía producen estigma, generan tabú y poca comprensión de parte de la sociedad y el propio sistema sanitario, cuya solución a menudo se limita a eliminarlo con píldoras anticonceptivas y antinflamatorios.

“Yo no sé si estoy mal hecha. Hay gente que tiene regla y no le pasa nada, pero a mí me sienta fatal”, cuenta Virginia Olmedo que, con 53 años, lleva 43 menstruando y todavía no ha llegado a la menopausia. En los días previos al periodo sufre una “profunda tristeza”, entre otros síntomas que incluyen cansancio, acidez, estreñimiento, insomnio, tensión mamaria y el agravamiento de cualquier problema físico o mental por el que atraviese. “Suena a coña, pero son momentos en los que te quieres suicidar, aunque sepas que pasará en unos días”, asegura.

Su caso está en el extremo del síndrome premenstrual y la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo reconoció en su catálogo de enfermedades en 2019 con el nombre de trastorno disfórico premenstrual. Aunque faltan estudios más exhaustivos y actualizados, una revisión de 2004 calculaba que lo sufrían entre un 3% y un 8% de las mujeres (otros han arrojado mayor prevalencia entre occidentales que asiáticas). La cifra se eleva hasta el 75% entre las que han padecido signos más leves del síndrome premenstrual, una amplia variedad de dolencias físicas y alteraciones conductuales que afectan a las relaciones sociales durante la última mitad del ciclo y entre las que pueden aparecer: irritabilidad, ansiedad, agitación, enfado, insomnio, dificultad para concentrarse, letargia, depresión, cansancio extremo, retención de líquidos, aumento transitorio de peso, dolores mamarios, pesadez o presión en la pelvis, dolor de espalda, cefaleas, vértigo, parestesias (un trastorno de la sensibilidad) en las extremidades, síncope, palpitaciones, estreñimiento, náuseas, vómitos y cambios en el apetito, acné y neurodermatitis.

No está del todo claro cómo funciona el mecanismo fisiológico que los causa, pero se cree que son el resultado de la interacción de los neurotransmisores centrales y los cambios hormonales menstruales normales. Aunque no se limita a un perfil concreto y puede sufrirlo cualquier mujer, ocurre con más frecuencia en las que están entre finales de la veintena y los 40 años, con al menos un hijo y antecedentes familiares o personales de depresión.

La endocrina Carme Valls, que lidera el programa Mujer, Salud y Calidad de Vida en el Centro de Análisis y Programas Sanitarios, asegura que el periodo no debería ser un problema en una mujer sana. En su libro Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing) escribe: “La menstruación no debe producir dolor, en todo caso una ligera molestia. No debe ser precedida de síntomas corporales ni de labilidad en el estado de ánimo [...]. Y sus problemas no se han de vivir en silencio porque, en realidad, cuando se presentan fuera de los parámetros normales, sus características anómalas son claros indicadores de problemas de salud, de mala nutrición o de estrés físico y mental”.

En mujeres a las que no se les detecta otro problema físico —como la endometriosis, que afecta a entre un 1% y un 5% de las mujeres, según el Ministerio de Sanidad— las afecciones de la menstruación se pueden dividir en dos grandes tipos: todas las relacionadas con el síndrome premenstrual, que comienzan a mitad de ciclo, con la ovulación, y los dolores propiamente menstruales, que tienen que ver con el proceso en el que el útero se desprende de su revestimiento y puede comenzar entre uno y dos días antes del sangrado. Según la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, casi tres de cada cuatro mujeres han padecido dolores que no les han permitido seguir con sus actividades en alguna ocasión.

Alexandra Vidal D’oleo, de 26 años, padece cada tres o cuatro periodos uno que la incapacita. “En mi caso el problema no es tanto el dolor, como muchas náuseas, mareo: no puedo tenerme en pie. Me baja la tensión y me entran ganas de devolver. Me pasa siempre el primer día de regla y cuando me da fuerte no puedo hacer nada. Si estoy en el trabajo me tengo que ir. Y tiene que ser en taxi, porque no puedo caminar”, explica esta joven, que se queja de la “falta de herramientas” de los ginecólogos que la han tratado: “No me han dado una solución real al problema”.

Un estudio publicado en 2019 en la versión online de British Medical Journal afirmaba que las mujeres pierden un promedio de nueve días al año de productividad por culpa de la regla. En la investigación participaron más de 32.000 mujeres en Países Bajos de entre 15 y 45 años: el 14% había pedido ausentarse de su puesto por culpa del dolor menstrual. A menudo su justificación era que estaban enfermas, sin especificar por qué. Un 81% aseguró que continuaba en su puesto a pesar de los síntomas, lo que producía un gran descenso de su productividad. “Es un tema del que no se habla abiertamente. A pesar de haber pasado casi dos décadas del siglo XXI, es todavía un tabú”, concluyen los investigadores.

Alexandra ha sentido bastante comprensión en sus últimas experiencias laborales. Pero no cuando se sacaba un dinero durante la carrera como azafata de congresos: “En uno me puse muy mal y mis jefas, mujeres, me echaron la bronca. No me volvieron a llamar en mucho tiempo”. Otras mujeres que han preferido no salir con su nombre y apellidos en este reportaje reconocen que prefieren silenciar las dolencias menstruales y los cambios de humor en el trabajo porque les hace sentirse vulnerables ante sus colegas. Optan por intentar ocultar estas alteraciones que experimentan ―irascibilidad, tristeza...― para evitar que se cuestione su profesionalidad.

Algunos países asiáticos (como Japón, Indonesia o Corea del Sur) contemplan en su normativa laboral la baja por motivos menstruales, pero ningún Estado europeo ha implantado algo parecido. En España, los ayuntamientos de Castellón y Girona permiten a sus funcionarias un permiso menstrual, para que puedan ausentarse unas horas semanales. Maria Àngels Planas, concejal de Hacienda y Régimen Interior del Ayuntamiento de Girona, explica que fue fruto de una demanda sindical: “Proporcionamos ocho horas al mes que después se pueden recuperar a lo largo del año. Normalmente, son indisposiciones que no ocupan todo el día, hasta que te tomas la medicación y puedes ir tirando”. La norma lleva en vigor solo unas semanas y el Consistorio todavía no tiene datos de su uso.

Pocas soluciones

Media docena de ginecólogos consultados denuncian carencias de investigación para solucionar los problemas menstruales, que ni siquiera se entienden del todo bien. “Muchas mujeres no saben lo que es un periodo normal. Y muchos expertos en el ciclo, los ginecólogos, tampoco, porque ven a pacientes enfermas, no a mujeres sanas. Así que tienen un conocimiento distorsionado de su experiencia”, señala Jerilynn Prior, directora del Centro para la Investigación del Ciclo Menstrual y la Ovulación de Vancouver (Cemcor, por su acrónimo en inglés), el único especializado en esta materia en el mundo.

Para entender mejor la regla, el Cemcor está realizando un estudio con mujeres de forma aleatoria para que apunten todas las características de su periodo, cómo es y cómo lo sienten. Una vez que lo completen analizarán todos los datos y tratarán de sacar conclusiones. Pero el interés de la industria y las administraciones públicas por los problemas menstruales es limitado. “Pedí una beca, pero me dijeron que no era un tema relevante. No hubo manera de que me dieran dinero”, ejemplifica Carme Valls, convencida de que habría mucho más conocimiento si el problema afectara a los hombres.

La farmacología es la principal solución que ofrece el sistema sanitario público a las mujeres. Josep Perelló, adjunto de Ginecología y Obstetricia en el Hospital Sant Pau, explica que para el dolor lo más eficaz es el ibuprofeno: “Pero no cuando el dolor es fuerte, sino justo cuando empieza a asomar. Es la forma más efectiva”. En esto coincide Prior, quien asegura que 400 gramos de ibuprofeno con las primeras molestias suelen ser suficiente para frenarlo y, si no remite, añadir 200 más, sin esperar que pasen ocho horas. Ambos insisten en no dejar que la molestia se desarrolle. “Muchas mujeres aguantan el dolor para evitar los fármacos y acaban tomando los mismos cuando ya no pueden más; cuando lo mejor para ellas habría sido evitarlo desde un principio”, subraya Perelló.

Para las afecciones del síndrome premenstrual se recurre muy a menudo a píldoras anticonceptivas, que cortan el ciclo. Eliminada la regla, resuelto el problema, sería la teoría. “Pero lo que realmente se eliminan son los síntomas, no se va al fondo. Los anticonceptivos tienen enormes cantidades de hormonas y sirven para controlar la natalidad, no la regla”, enfatiza Prior, que cree que recetar estos fármacos es de “médicos vagos”. “Es más fácil eso que interesarse por el estilo de vida, por la alimentación y el estrés que sufre la paciente”, añade esta especialista. Aunque no hay recetas sencillas, el ejercicio, la alimentación saludable y el equilibrio del estrés es lo que esta ginecóloga prescribiría a la mayoría de mujeres con síntomas premenstruales.

A raíz de su experiencia con la regla, Paloma Alma decidió montar Cyclo, una empresa que imparte cursos para ayudar a las mujeres con sus periodos. “La única solución que han dado a la mayoría de mujeres que acuden a nosotras es ibuprofeno y anticonceptivos. Cada vez son más los profesionales que se mantienen informados en torno a la menstruación, pero siguen siendo pocos los que ante los problemas te recomiendan que visites al nutricionista o al fisioterapeuta de suelo pélvico. O que busque problemas subyacentes”, asegura.

Las formas más graves de trastorno disfórico premenstrual son también tratadas con antidepresivos, que tienen buenos resultados entre un 40% y un 60% de las mujeres después de entre 12 y 18 meses de tratamiento, según el psiquiatra Sergio Oliveros Calvo. Virginia Olmedo estuvo un tiempo tomando Prozac. “Me fue bien, pero lo que realmente me cambio la vida fue el DIU [un dispositivo intrauterino que se usa como anticonceptivo]”, cuenta. Lo usa desde hace ocho años y, desde entonces, sobrelleva mejor los síntomas de un problema que le condicionaba la vida: “Es algo que te hace sentir fatal, que afecta todos los niveles y la mente, lo ves todo negro, no tienes esperanza, es una depresión en toda regla”.

Este estado puede llevar a situaciones extremas a quienes lo sufren. Una paciente de Oliveros Calvo llegó a agredir a un policía y a pasar la noche en el calabozo. “Es un tema que prácticamente no llama la atención de la investigación. Sabemos lo mismo que en los últimos 20 años. A los efectos funciona como si fuera una enfermedad rara y no es nada rara”, confiesa el psiquiatra.

Más allá de situaciones extremas, los cambios de humor y de ánimo son muy comunes con el periodo y algunos especialistas recomiendan posponer decisiones a momentos hormonales más tranquilos. Prior le solía decir a su marido en esos momentos: “Mira, no me encuentro como para hablar de esto ahora mismo. Estoy en mi periodo, y puede que esté rara, no te culpo a ti. Pero quiero que hagas la promesa de que hablemos cuando esté mejor, en unos días”.

Sobre la firma

Pablo Linde

Empezó a escribir sobre el coronavirus prácticamente cuando se descubrió y desde entonces se ha dedicado a cubrir la pandemia. Comenzó a publicar en EL PAÍS en 2007, centrado en asuntos relacionados con la sanidad y la salud, lo que le ha valido ganar varios premios nacionales, como el Prismas de divulgación científica o el Boehringer de medicina.

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