Atrapadas en la prostitución: “Y luego lo llaman dinero fácil”

El Gobierno prepara dos leyes para combatir la práctica, que engulle a cerca de 350.000 mujeres en España. Un recorrido de madrugada por el polígono de Marconi, en Madrid, muestra las condiciones en las que ejercen

Voluntarios de Médicos del Mundo denuncian el estigma que sufren las prostitutas en una campaña de la ONG en la Puerta del Sol, en Madrid, el 23 de septiembre.
Voluntarios de Médicos del Mundo denuncian el estigma que sufren las prostitutas en una campaña de la ONG en la Puerta del Sol, en Madrid, el 23 de septiembre.Andrea Comas

Lo primero que hace Susana (nombre ficticio) al llegar al descampado en el que ejerce la prostitución al atardecer es esconder la ropa entre los matorrales. Nadie de su familia sabe que está aquí. Si se la roban –a veces pasa–, tendrá que volver a casa con su chaquetita de domador, las sandalias de plataforma y las nalgas al aire. Es un hábito común en este polígono industrial a unos 14 kilómetros del centro de Madrid. No solo es un cambio de ropa, otras mujeres dicen a su entorno que están trabajando en un bar o cuidando a un anciano, nunca que pasan jornadas larguísimas en este lugar, convertido en uno de los epicentros de la prostitución en la capital. Las hay que los domingos apagan el móvil para que sus hijos no lean los mensajes de los clientes fijos.

Es ya de noche y un equipo de Médicos del Mundo ―una trabajadora social, dos voluntarias y un voluntario― recorre las calles del polígono Marconi, al sur de Madrid, donde están las prostitutas, rodeadas de matorrales, basura, colchones viejos y las luces de los coches que recorren la zona en procesión. Ofrecen materiales de protección a las mujeres: una bolsa llena de condones (fresa para las felaciones, XL y natural), lubricante, mascarillas y spray desinfectante para los tejidos contra la covid. Su misión es darles acompañamiento ―bromean con ellas, se dirigen a ellas por su nombre―, escuchar sus historias, a veces terribles, y, sobre todo, tratar de sacarlas de aquí. Pero nunca es fácil. EL PAÍS les acompaña en este recorrido. El acuerdo es no tomar fotografías y ocultar identidades y nacionalidades de las mujeres.

La trabajadora de la ONG pregunta a Susana qué tal las vacaciones. Ella cuenta que ha estado con su hijo en un hotel de un pueblo de mar y que su niño le decía: “Mami, quedémonos a vivir aquí”. Lo dice sonriendo, pero el aire trivial y alegre de la conversación se desvanece enseguida cuando se refiere a la vuelta al polígono tras el verano. Cuenta que hace días un cliente quiso romper el preservativo a escondidas para tener sexo sin protección. Una de las voluntarias explica después que a veces las mujeres se quedan embarazadas tras estas agresiones. “Y luego lo llaman dinero fácil”, apostilla otra de las voluntarias. En la furgoneta con la que visitan a las mujeres llevan tests de embarazo.

España concentra el mayor porcentaje de hombres que pagan por sexo de Europa, y es el tercero del mundo después de Tailandia y Puerto Rico, según un informe de 2016 de la Fundación Scelles, de Francia, especializada en analizar la explotación sexual. Se calcula que unas 350.000 mujeres se prostituyen en España en polígonos, clubes y pisos. Hasta ahora, ningún Gobierno ha abordado de forma transversal la situación de estas mujeres. Hay dos leyes en trámite con medidas contra la prostitución. La más avanzada es la futura ley de libertad sexual que persigue castigar la explotación de la prostitución ajena.

Los zapatos de una mujer prostituida sobre el asfalto de Marconi, en una imagen de 2018.
Los zapatos de una mujer prostituida sobre el asfalto de Marconi, en una imagen de 2018. Andrea Comas

Los datos no son oficiales, son cálculos, pero la policía considera que la gran mayoría de las prostitutas en España, el 80%, son víctimas de trata sexual. Según Naciones Unidas, la trata es la acción de captar con amenazas o por la fuerza a personas para explotarlas. Les empuja la precariedad, no tienen documentos para trabajar, muchas han vivido violencia y agresiones sexuales en la infancia. Las ONG que trabajan con ellas comparan el trauma que sufren con los que viven las víctimas de tortura. El Gobierno también ha previsto una ley integral contra la trata, aún sin texto, en la que quieren atender a las mujeres aunque no presenten denuncias, crear itinerarios alternativos para que puedan encontrar un trabajo. La falta de documentación en regla es uno de los obstáculos más grandes de las que quieren dejar la prostitución y una de las razones principales, junto a la precariedad laboral, para empezar a ejercerla. Por eso Médicos del Mundo pide al Ejecutivo modificaciones de la ley de extranjería para facilitar su regulación.

Todas estas iniciativas legislativas y el ruido político que las acompaña suenan muy lejanos en la oscuridad de Marconi. Susana no tiene papeles. No puede buscar trabajo. Tampoco Belinda, una mujer negra con melena eterna. Lleva siete años en Madrid, la mayoría de las noches en este punto de la acera. La violencia y el dolor están presentes en los relatos que escuchan las voluntarias. Belinda explica gesticulando que no permite que le empujen con violencia la cabeza para las felaciones. “¡Un respeto!”, exclama. “Luego llego a casa cansada y con dolor en todo el cuerpo”.

En esta noche de mediados de septiembre, quizá porque empieza a refrescar, hay menos mujeres y menos tráfico. En el polígono, se distribuyen casi por nacionalidades. Sobre todo hay mujeres rumanas, nigerianas, latinoamericanas y algunas españolas. Otra zona es la que ocupan las prostitutas transgénero y otra, donde se encuentran las personas que sufren un mayor deterioro físico, el área de las adictas a la droga, en la que el voluntario de la ONG cuenta que muchas apenas pesan 40 kilos y caminan como zombies. “A saber qué les piden a esas mujeres, qué les harán”, dice la trabajadora. En el grupo de las nigerianas algunas van con un tanga y chaquetillas minúsculas. Son todas muy jóvenes. Hablan poco, apenas han podido aprender el castellano. Cuando hace frío, van vestidas igual y se calientan con bidones y palés que les venden hombres que pasan por la zona. A veces la policía les apaga los fuegos con agua y les ponen multas por encenderlos en la vía pública.

Juani y María se hicieron amigas en este infierno. Juani, latinoamericana, vio un día aparecer a María por el polígono y pensó que era una vecina de la zona, con su jersey sin escote y su melena rubia. María empezó a prostituirse durante la pandemia, ya pasados los 40, después de que muriera su marido. Tiene un hijo. Cada una se sienta en una silla en un extremo de la calle. A Juani le duele mucho un pecho. Le ha salido un bulto que le preocupa y enseña el pezón mientras tuerce el gesto. María le quita hierro para no preocupar a su amiga.

A unos metros, una persona hurga por el suelo junto a una caseta sucia rodeada de basura. A simple vista parece un adolescente mirón. En realidad acaba de quitarse la peluca negra larga, los tacos y la falda. Tiene algo más de 20 años. “Puteo desde los 16 años”, dice. Ahorra todo lo que gana para operarse el pecho, dulcificarse los rasgos, y quitarse el pene, “pero hacerlo bien, con clase, para que no me dejen una hamburguesa ahí abajo”. Fuma un purito fino. Al día siguiente tiene cita para pedir la hormonación. Lleva desde los 13 queriendo hacerlo. Tiene una cicatriz desde la muñeca al pliegue del codo disimulada por varios tatuajes superpuestos. Se intentó suicidar. Le ingresaron en psiquiatría. Dice que su madre es “un mal bicho” porque no quiere que se opere: qué dirá la abuela, qué dirán las vecinas. Cuenta que su padre intentó violarle. Le da vueltas a cómo podrá pagar las operaciones en negro, con dinero contante y sonante en fajos. Hoy se va después de tres horas y 115 euros. Eso es un dineral. Algunos servicios en Marconi se cobran a cinco euros.

Sobre la firma

La corresponsal de género del diario EL PAÍS está especializada en temas sociales (Igualdad, Violencia de Género, Educación) y ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Antes trabajó en Efe, Cadena Ser, Onda Cero y el diario La Opinión. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla y Máster de periodismo de EL PAÍS.

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