La devastación del volcán en primera persona: “Mi madre no tiene ni una chaqueta. No nos queda otra que pedir ropa y comida”

Aníbal Díaz, víctima de 25 años que charló este jueves con los Reyes, relata la semana de pesadilla que ha vivido junto a su familia desde que viera explotar el volcán a un kilómetro de casa

Anibal Díaz, este jueves en Los Llanos (La Palma).
Anibal Díaz, este jueves en Los Llanos (La Palma).Samuel Sánchez

“Mi nombre es Aníbal Díaz, tengo 25 años, vivía en Las Manchas, muy cerca del volcán de La Palma, y mis padres y yo lo hemos perdido todo. La tarde anterior al domingo, en una reunión, nos dijeron que estallaría por Jedey, a varios kilómetros. Pero, por si acaso, mi madre, mi padre y yo preparamos una maletita con documentos y algo de ropa. No pensábamos que tuviéramos que utilizarla.

Esa mañana, yo paseé por el monte y, en un momento, sentí que un globo gigante pasaba por debajo de mis pies. Vi cómo el coche, a lo lejos, se movía. Parecía que hubiera olas debajo de la tierra. Y empezaron los terremotos. Sé que eran cinco cada minuto porque enviaba audios por el móvil a los amigos en los que los contaba.

A las tres y cuarto explotó, muy cerca de donde yo había estado paseando por la mañana, a poco más de un kilómetro de mi casa. Se fue la luz. La puerta del garaje dejó de funcionar. Cogimos la maletita y los perros. Vino un guardia civil y nos dijo que por favor nos diéramos mucha prisa. Pero el problema era mi gato, que no aparecía. Estaba muy asustado y huyó. Le pedí al guardia civil un minuto. Al final, ya con mis padres en el coche, lo encontré, lo metí adentro y nos fuimos adonde nos dijeron, al campo de fútbol de El Paso.

De allí pasamos al piso de mis abuelos, en Los Llanos. No sabíamos qué pasaba con la casa. No nos informaba nadie. No había imágenes en las televisiones porque a esa lengua de lava, más pequeña que la de Todoque, le hacían poco caso. Pero un agricultor de la zona amigo nuestro, con un dron que tenía, hacía vídeos y nos los pasaba a los vecinos. Así supimos que íbamos a perder la casa. Ayer pude ir gracias a unos concejales. Cogí el ordenador, ropa para mí y para mis padres, las fotos de la familia, lo metí todo en unas bolsas, tranqué la puerta y me fui de vuelta. Tardé menos de 15 minutos. No había más tiempo. Ni siquiera el coche podía subir la cuesta debido a que resbalaba por la cantidad de ceniza que acumulaba el acceso. Hoy he visto que la lava ya está al lado de mi casa, a punto de echarla abajo.

Soy bombero forestal. El lunes, al día siguiente de lo del volcán, fui a trabajar. Pero luego no he podido.
Aníbal Díaz

Soy bombero forestal. El lunes, al día siguiente de lo del volcán, fui a trabajar. Pero luego no he podido. Ya no he podido. Me han dado de baja. Me muero de tristeza. Estoy viendo a los psicólogos que nos mandan. Mi padre trabaja en la construcción, pero la empresa queda en la zona que han desalojado. Mi madre es empaquetadora de plátanos. Y le pasa lo mismo. No saben si recuperarán su trabajo. Mi padre está destrozado. Y mi madre, aún peor. Mi hermano vino de Barcelona en cuanto se enteró. Yo tengo solo un suéter. Mi padre una chaqueta. Mi madre no tiene nada, ni una chaqueta. No se la cogí cuando fui a la casa ayer, y por eso no tiene. Creo que esta tarde iremos al campo de fútbol de El Paso, donde dan ropa y comida. No nos gusta pedir, nunca hemos pedido nada, pero no nos queda otra. Tenemos todo arriba.

Hemos ido al banco y la directora de la sucursal le dijo mi padre que el seguro no cubre los volcanes. No nos cobrará, dice, el montante de la hipoteca durante un año, pero sí los intereses. Le he preguntado a mi madre cuánto nos falta por pagar de la hipoteca, pero ahora no se acuerda. Mi padre le respondió a la del banco que si tampoco están asegurados los muebles, la nevera, la televisión… Y tampoco. No sé entonces para qué están los seguros. No lo sé.

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Y si hablo aquí no es solo por mí, sino por todos los vecinos nuestros, porque casi todos están igual que nosotros. Los conozco a todos. Siempre viví ahí, en esa casa. Nací allí. La construyó mi padre. Teníamos un terreno, y animales: gansos, gallinas y patos. Antes de irnos les dejamos la puerta abierta para que escaparan. Vete a saber dónde están. Me acuerdo de una cosa: de mi cama. Me la compré hace un mes, y estaba muy contento porque era muy cómoda y me gustaba mucho. Me da mucha rabia porque ahí se quedó…

Tienen que venir las ayudas. Pero de verdad, que yo sé de qué va esto, que soy bombero forestal y sé lo que pasa después de los incendios con las ayudas que se prometen. Que las ayudas lleguen, y que lleguen pronto, por favor, que no pongan pegas, que se haga, que esto va en serio, que no sabemos qué hacer, que esto no es un espectáculo. Porque incluso hay gente que está peor que nosotros, porque nosotros tenemos el piso de mis abuelos, podemos meternos ahí aunque es pequeño para todos, pero otros no tienen adónde ir, yo los conozco.

Hemos llamado a Servicios Sociales del Ayuntamiento y nos han dicho que nos llamarán de vuelta. Pero hasta ahora no ha llamado nadie. Hoy [por el jueves], por la mañana, hemos estado en La Laguna con el Rey y la Reina. Mi madre les ha explicado lo que nos ha pasado. Nos han asegurado que España entera está con nosotros y que no se van a olvidar de nuestro caso. Eso espero.

Mis padres ya no quieren volver. Quieren irse a otro lugar, a lo mejor a otra isla, pero nunca a Las Manchas, nunca a donde vivíamos. Allí no. Dicen que van a alquilar. Lo que sea, pero alquilar, que nunca más van a comprar una casa”.

Sobre la firma

Es reportero de EL PAÍS y escritor. Fue corresponsal en París, Lisboa y São Paulo. También subdirector de Fin de semana. Ha escrito dos novelas, 'Deudas pendientes' (Premio Novela Negra de Gijón), y 'La botella del náufrago', y un libro de no ficción ('Así fue la dictadura'), firmado junto a su compañero y amigo Pablo Ordaz.

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