La crisis del coronavirus

De contener la pandemia a verse engullidos por la segunda ola: ¿qué ha pasado en Europa central?

La falta de prevención y un exceso de confianza explican que países como República Checa hayan pasado de ser un modelo de control a tener una de las tasas más altas de contagios del mundo

Un trabajador desinfecta la estatua del presidente checoslovaco Tomáš Garrigue Masaryk en la plaza con su mismo nombre en la ciudad de Praga (República Checa) el 27 de marzo de 2020.
Un trabajador desinfecta la estatua del presidente checoslovaco Tomáš Garrigue Masaryk en la plaza con su mismo nombre en la ciudad de Praga (República Checa) el 27 de marzo de 2020.MARTIN DIVISEK / EFE

“Hemos sido víctimas de nuestro propio éxito. Gestionamos tan bien la primera ola del coronavirus que nos creímos invencibles”. La socióloga Dana Hamplova resume así lo que ha sucedido en República Checa, que ha pasado de ser un modelo de contención y gestión de la pandemia a encontrarse ahora entre los países del mundo con las mayores tasas de infección diarias. La mañana del viernes los checos batían un nuevo récord diario: 8.618 nuevos infectados, su recuento más alto en un solo día desde que estalló la crisis sanitaria en primavera, en un país de apenas 10 millones de habitantes. Pero no son los únicos. Desde primeros de septiembre el aumento vertiginoso de contagios se extiende como una nube negra por el centro y este de Europa. Día tras día se multiplican los casos. Vuelven las restricciones. Desde Praga a Budapest, Varsovia, Bratislava o Bucarest, los médicos advierten de que empiezan a escasear las camas, los respiradores, el personal. “En Polonia el número de hospitalizados se ha duplicado en los últimos 10 días. Empezamos a estar exhaustos”, cuenta Wojciech Szczeklik, jefe de Cuidados Intensivos del hospital militar de Cracovia.

Polonia registró el jueves 4.280 nuevos infectados y 76 fallecidos, la cifra más alta de muertos por covid-19 del país en solo 24 horas. En Hungría de poco ha valido el cierre de fronteras decretado por el Gobierno de Viktor Orbán el pasado 1 de septiembre. Allí el número de infectados ha aumentado en el último mes aproximadamente un 276%. Pero, ¿cómo es posible que los mismos países que contuvieron de manera tan eficaz y estricta la extensión de la pandemia en primavera estén sufriendo ahora el azote de esta segunda ola?

“Hemos tenido la sensación de falso peligro porque nosotros no hemos vivido lo que los españoles o los italianos. Muchos ciudadanos criticaron al Gobierno por haber decretado el estado de alarma en marzo cuando en República Checa no había apenas casos. La economía se resintió, fue como un mal sueño”, explica por teléfono Hamplova, del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias Checa. “Luego llegó el verano, se relajaron las medidas y parecía que nada había pasado. Ahora acabamos de tener elecciones regionales en el país y la pandemia entró en campaña. Si llevabas mascarilla es porque defiendes al Gobierno, y si no, es porque votas en contra”.

Politización de la pandemia

La situación es bastante parecida en la vecina Polonia. El exceso de confianza por haber conseguido frenar el número de infectados durante la primera oleada ha relajado a una sociedad muy dividida en la que el coronavirus se ha convertido también en un instrumento político. Y hasta religioso. “Los mensajes de nuestros gobernantes han sido contradictorios: al principio tomaron medidas muy restrictivas, cerraron las fronteras. Hasta no se celebró la Semana Santa", cuenta por videoconferencia Grzegorz Brozek, profesor del departamento de Epidemiología de la Universidad Médica de Silesia.

"Pero ellos aparecían continuamente en sus comparecencias públicas sin mascarilla, convocaron elecciones presidenciales en julio a pesar del riesgo al contagio, nos animaron a volver a las calles sin tener ningún plan de prevención”, añade Brozek. “Por otro lado, parte de la Iglesia entró en cólera cuando se prohibió dar la comunión directamente en la boca de los fieles y se propuso entregar la hostia en las manos como medida menos contagiosa”, añade. “Un debate absurdo, pero ya sabemos la influencia que tienen los curas en este país”.

A la polarización del virus hay que añadir el daño económico que ha ocasionado el parón de la actividad durante el confinamiento en estos países. En Polonia (con 38 millones de habitantes) sobrevuela el fantasma de una recesión que el país no ha sufrido desde la caída del régimen comunista. La Comisión Europea estima una leve contracción del PIB del 4,3% en la sexta economía de la UE. “El factor económico y político ha prevalecido al discurso científico. En el debate público no se dice que nuestro sistema de salud no está preparado para una oleada tan fuerte como la que vive España”, dice por videoconferencia Brozek.

Sistemas de salud frágiles

Esa sensación de soledad y falta de interés por la situación del personal médico y científico también la comparte Peter Álmos, vicepresidente de la Cámara Médica Húngara. “Durante la primera ola tuvimos tiempo de reacción porque el Gobierno entendió la situación y se tomaron las medidas adecuadas. Ahora no”, cuenta desde Budapest este doctor en Medicina Clínica de la Universidad de Szeged.

Álmos apunta a la falta de personal como una de las mayores debilidades del sistema sanitario húngaro. Actualmente hay unos 19.300 facultativos públicos en el país (con casi 10 millones de habitantes). “Solo en 2018 emigraron 900 colegas en busca de mejores condiciones laborales”, asegura. Para frenar esta fuga en plena pandemia, Orbán acaba de aprobar una ley que aumenta su salario. Aunque Álmos señala que la trampa de esta norma está en la letra pequeña: “A cambio, el Gobierno nos obliga a renunciar a la plaza fija. Nos pueden cambiar de destino para mudarnos allí donde no haya personal suficiente", comenta por teléfono desde Budapest. “Lo que necesitamos ahora son más médicos intensivistas, más personal de enfermería especializado en cuidados intensivos. Hay que prepararse para el frío invierno”.

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