Una mujer de la tribu turkana camina a través de un enjambre de langostas en Kenia, a principios de julio.
Una mujer de la tribu turkana camina a través de un enjambre de langostas en Kenia, a principios de julio.BAZ RATNER (REUTERS)
Plagas

Una batalla que deja 440.000 millones de langostas muertas en África

La fumigación masiva del brote de insectos en el Cuerno de África reduce su impacto, pero la amenaza sigue

El enorme esfuerzo realizado para acabar con el brote de langostas del desierto que se extiende desde comienzos de año por el Cuerno de África comienza a dar sus frutos. En febrero, los insectos habían llegado a una docena de países en ambas orillas del Mar Rojo, devorando todo a su paso. En la actualidad, tras la fumigación de unas 650.000 hectáreas con biopesticidas y la muerte de unos 440.000 millones de langostas, los enjambres están en retroceso. Sin embargo, aún es pronto para cantar victoria.

“Hemos evitado lo peor, pero el trabajo no ha terminado”, asegura desde Nairobi, la capital de Kenia, Cyril Ferrand, responsable del Equipo de Resiliencia de la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en África del Este. “El riesgo de infestación es alto en algunos países, sobre todo Etiopía, Sudán y Yemen. Va a depender en buena medida de las condiciones climáticas”, añade el experto. La FAO monitorea desde hace años los brotes de langostas del desierto y lidera la respuesta de la comunidad internacional y los gobiernos afectados.

Este brote comenzó en el desierto de Rub al-Jali, en Arabia Saudí, después de que una inusual temporada de ciclones en el océano Índico en 2019 creara el ambiente propicio, según asegura el investigador Keith Cresman. La humedad creada por las lluvias caídas en este desierto favoreció la explosión en el número de langostas que luego cruzaron el mar Rojo y penetraron en el Cuerno de África. Tan solo un enjambre que mida un kilómetro de largo, formado por millones de insectos, puede comer lo mismo que 35.000 personas en apenas 24 horas y, con vientos favorables, avanzar hasta 150 kilómetros al día. La peor plaga de langostas de la que se tiene constancia duró 14 años, entre 1949 y 1963, y afectó a África, la península Arábiga y el suroeste asiático. La crisis actual se considera un brote, no una plaga.

El ejemplo de Kenia, uno de los países más afectados, ilustra cómo el actual combate contra los enjambres está teniendo éxito. A principios de 2020 había nada menos que 29 regiones del país afectadas; hoy tan solo quedan dos y se espera que en el próximo mes de agosto apenas resistan pequeños focos. “En Somalia también comenzamos a ver los resultados de la intervención. Hasta el mes de mayo no tuvimos una gran capacidad para controlar el brote, pero luego, gracias a los helicópteros que usamos para la fumigación, las cosas han mejorado mucho”, explica Ferrand.

La otra buena noticia es que el riesgo de que las nubes de insectos se extendieran hacia Chad y África Occidental a través de Sudán ha disminuido en las últimas semanas. Los expertos habían calculado que los enjambres existentes en Kenia podían desplazarse hacia el sur de Sudán antes de la llegada de las lluvias. Sin embargo, ya han caído las primeras precipitaciones estacionales y los insectos no han emigrado todavía, lo que significa que una vez lleguen a Sudán permanecerán allí al encontrar condiciones favorables para alimentarse y reproducirse.

El país africano que más preocupa en este momento es Etiopía, donde la crisis se va a mantener al menos hasta finales de año. Allí han golpeado dos generaciones de langostas y permanecen grandes enjambres que además se han visto alimentados por la llegada de insectos procedentes de Kenia, Somalia y la península Arábiga. Pese a que se ha hecho un gran esfuerzo de fumigación alcanzando a unas 325.000 hectáreas, la gran superficie del país y la llegada constante de enjambres desde otros territorios ha empeorado el brote.

Yemen, amenazado

Fuera del continente africano es Yemen donde están encendidas todas las alertas. Las langostas se han instalado allí cruzando el mar Rojo gracias a condiciones climáticas favorables y sin que se hayan podido poner en marcha operaciones de fumigación y control a gran escala debido al conflicto que vive este país árabe. Asimismo, en los últimos días se ha detectado un desplazamiento de los enjambres de Somalia a través de Puntland hacia el suroeste asiático. “Irán, Pakistán e India también se han visto afectadas, pero esta es una región con capacidad, experiencia y recursos para hacerle frente, a diferencia del Cuerno de África donde hacía décadas que no vivían algo igual”, explica el responsable de resiliencia de FAO en la zona.

Naciones Unidas temía en febrero que hasta 30 millones de personas podían caer en una situación de emergencia alimentaria si no se reaccionaba con la suficiente rapidez debido a la capacidad de las langostas para devorar tanto las cosechas de cereales, que en esta región son sobre todo de maíz y sorgo, como las plantas que se usan como pasto del ganado. Finalmente, gracias a las operaciones de fumigación con biopesticidas, las personas afectadas han sido muchas menos: 2,5 millones.

La FAO estima que el coste total de la respuesta al brote de langostas en el Cuerno de África será de unos 200 millones de euros, de los que ya se han cubierto unos 140. “Aún falta dinero, pero hemos podido trabajar en la región. La movilización de los donantes ha sido fuerte”, asegura Cyril Ferrand. La irrupción de la pandemia de covid-19 complicó la logística y provocó retrasos, pero Naciones Unidas optó por diversificar el origen de los productos necesarios para la respuesta, trayéndolos no solo de Asia sino también de Europa y del propio continente africano. Los biopesticidas, por ejemplo, procedían de Marruecos.

La evolución futura del brote dependerá sobre todo de las lluvias, pero si no se producen precipitaciones importantes de aquí a final de año podría controlarse al menos en el Cuerno de África. La situación en Yemen invita menos al optimismo. La ONU trabaja con los gobiernos de la región, sobre todo Kenia, Etiopía, Somalia y Sudán, para reforzar las capacidades y mejorar la fiabilidad de los sistemas de vigilancia ante futuros brotes, cuya frecuencia se podría incrementar debido a las alteraciones en el clima global.

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