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Cuánta gente salvaban los bares

Convivir puede ser complicado, lo ideal sería convertir el hogar en una película de Lubitsch, lleno de ligereza y sofisticación, puertas que se abren y se cierran con sorpresas, pero es difícil estar a esa altura

Una niña juega en una pista de chapas montada en su casa de Almería.
Una niña juega en una pista de chapas montada en su casa de Almería.Carlos Barba / EFE

Por primera vez las vacaciones de los niños nos han hecho más ilusión a los padres que a ellos. Fenómenos inverosímiles de la epidemia. El telecolegio, tan moderno, se ha convertido en un dolor de cabeza, te pasas el día haciendo conexiones y de técnico, atendiendo emergencias de tus hijos, a gritos desde su cuarto, para arreglar el audio. Luego tienes 400 mensajes en el chat, que voy a contratar un personal shopper solo para que nos organice los deberes, y ya de paso que los haga. Los profesores están igual, acaban agotados, meten más horas que una pitonisa de teletienda.

El ruido bullicioso de fondo era un problema al principio, trabajando en casa. Se supone que eres una persona seria, resolviendo graves cuestiones en un silencio de biblioteca, y si en una llamada se oían gritos infantiles, peleas con insultos, querías que te tragara la tierra. Cerrabas la puerta tirándote en plancha, intentando que tu respiración no denotara que estabas corriendo, aparentando normalidad. Ahora ya pasas, porque tu interlocutor está igual. La primera vez que al otro, aunque fuera director general de lo que sea, le irrumpía el niño en el despacho para enseñarle el camión de bomberos ya te quedabas más tranquilo. Ha nacido un nuevo sentimiento de fraternidad. Los gritos de los niños son el nuevo sonido de la oficina.

También hay gritos de los adultos, surgen por las cosas más inesperadas. Te ves gritando cuando no lo tenías para nada previsto, solo querías hacer una intervención clarificadora sobre el modo de cerrar un cajón, por ejemplo. La procesión va por dentro, seguramente. En los niños supongo que también, aunque parezca que no se enteran. No veo la hora de que algunos se hagan escritores, artistas, y saber qué vieron, qué descifraron en esta extraña situación que nosotros no comprendemos por completo. Te inventas lo que sea para pasar el rato con ellos: hay quien planta la tienda de campaña en el salón y duerme allí. Un día improvisamos una mesa de ping-pong y fue el acontecimiento de la jornada.

El aburrimiento puede llevar a buscar la aventura a toda costa, como ese helicóptero de la Guardia Civil que el otro día, en una intrépida acción, descendió y se posó junto a una señora que paseaba el perro en Llanes para reñirla. Los demás ni podemos bajar al bar. Bernardo Atxaga cuenta en Obabakoak que, viviendo el protagonista en un solitario pueblo, un vecino le regaló un reloj: “Hace mucha compañía”. “Comprendí cuánta gente habían salvado los bares”, reflexionaba. Ahora ni eso. La gente pasará la tarde discutiendo con el reloj.

Convivir puede ser complicado, lo ideal sería convertir el hogar en una película de Lubitsch, lleno de ligereza y sofisticación, puertas que se abren y se cierran con sorpresas, pero es difícil estar a esa altura. Eso es lo más duro, estar a la altura. Fíjense en algunos políticos. Estás desorientado, necesitas inspirarte en alguien, copiarle directamente, un modelo a seguir, y si nunca hay muchos, ahora menos. Es que no puedes ni meterte en una secta, no te dejan salir de casa. Si unos iluminados quedaran para un suicidio colectivo por el fin del mundo les arrestaría la Guardia Civil con su helicóptero.

Billy Wilder tenía un cartel sobre su mesa al escribir un guion: “¿Cómo lo hubiera hecho Lubitsch?”. En su época, Lubitsch, judío berlinés emigrado a Estados Unidos, siguió con horror el auge del nazismo y el comunismo, y lo que hizo fue reírse de los dos. Ser o no ser y Ninotchka son aportaciones cruciales a la humanidad. Quizá una televisión pública a la altura debería tener una programación especial de películas así en la cuarentena, aunque en Semana Santa volverán a dar Ben Hur y ya.

El encierro recuerda que la cultura no puede dejarse solo en manos del colegio o el Estado, y no es tan fácil como pedir un pin parental (ay, ¿recuerdan cuando dedicábamos el día a discutir estas tonterías?). Podría aplicarse el lema de un gimnasio virtual que me ha llegado: “¡A por tu mejor versión!”. Por qué limitarse a los abdominales y no intentar también ser menos burro. En eso nos conformamos con lo que viene de serie. Por eso dar clase en casa tiene sus momentos. Es bonito explicar la era cuaternaria con tus palabras. Mirándolo antes en Google, claro. Aprovechas para intentar transmitir alguna lección humana, cosas que no les dicen en el colegio ni salen en la play. Adelantas bastante poniéndoles películas de Lubitsch, ven lo que es un carácter jovial (¿por qué hay tan pocos? ¿cuándo se pasó de moda?) y, sobre todo, un toque de clase. Viene bien tanto para un cóctel como en una pandemia.

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