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“Se nos han olvidado los 70.000 muertos de la ola de calor de 2003”

La responsable de la OMS afirma que la esperanza de vida acusa el calentamiento global

María Neira, en Madrid en 2016.
María Neira, en Madrid en 2016.

La asturiana María Neira (La Felguera, Langreo, 1960) lleva 13 años al frente del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS, en Ginebra. Orgullosa, menciona su reciente aparición en la lista de 100 personas que más contribuyen a la lucha contra el cambio climático de la organización Apolitical, una influyente red de activismo, que se dio a conocer la semana pasada.

Pregunta. ¿Le sorprende el dramatismo del informe de la Agencia de Meteorología española sobre el avance del calentamiento?

Respuesta. El sábado estuve en la celebración del Día Mundial de la Meteorología y se describió una situación parecida a la española pero a escala mundial que elevaba aún más la preocupación. Una lectura de los datos es que tenemos que tener más ambición en la transición que necesitamos para que la temperatura no suba más de esos 1,5 grados que es el punto de no retorno. Hasta en Suiza, aunque digamos que nos viene bien que suban las temperaturas, estamos teniendo unos veranos demasiado largos.

P. Usted afronta la subida de las temperaturas como parte de los efectos de la contaminación, pero el calentamiento también tiene un efecto claro en la salud.

R. Las olas de calor nos están afectando a todos, pero parece que a los europeos se nos han olvidado los 70.000 muertos de la de 2003. El calor tiene un impacto directo en las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, sobre todo de las poblaciones de más riesgo, como los ancianos y los niños. Además, también tiene un impacto en las enfermedades infecciosas. Estamos cambiando su estacionalidad y la distribución geográfica. Por ejemplo, el dengue, que es muy sensible al clima, ha aumentado la incidencia en muchas zonas porque el calentamiento favorece que el vector [el mosquito que lo transmite] se propague.

P. El diagnóstico parece claro, pero las soluciones no se ponen en práctica. ¿Por qué?

R. Todos nos hacemos esa pregunta. ¿Quién está en desacuerdo con que nuestras ciudades estén menos congestionadas, que se pueda caminar por ellas, que haya más zonas verdes, que no haya ríos con toneladas de plásticos que no sabemos qué efectos van a tener? Con esta situación la esperanza de vida está empezando a estabilizarse, y puede empezar a bajar. Nunca hemos estado en una situación igual y no tenemos datos, pero las consecuencias van a ser cada vez peores. El 90% de la población mundial está respirando aire contaminado, y no hay una razón para ello. No la hay tampoco para que sigamos consumiendo plástico como locos con esas manzanas que casi están envueltas una a una; para que no apaguemos la luz cuando salimos de una habitación ni para que no renunciemos a usar el coche aunque sea para trayectos de 15 minutos caminando.

P. ¿Y qué podemos hacer para que la situación cambie?

R. El caso es que las acciones que hay que tomar son todas de sentido común. Probablemente las medidas no se toman porque nuestras tácticas de comunicación no han sido las correctas. Se ha hablado de la protección del planeta como algo totalmente contradictorio con el bienestar, y eso es falso; ahí está el ejemplo de Suecia, que es un país muy desarrollado con una buena política medioambiental. El calentamiento es un efecto más de la contaminación debido principalmente al uso de los combustibles fósiles, y esta causa siete millones de muertes y tiene un coste sanitario de 4.000 a 6.000 millones. Cuando se habla de lo que cuesta cambiar el modelo no se tiene en cuenta esa cifra, una cantidad que ya hemos empezado a pagar en forma de enfermedad y muertes, porque el cambio climático causado por la contaminación aumenta las enfermedades respiratorias, cardiovasculares, las crónicas como el asma o la obstrucción pulmonar, los accidentes cerebrovasculares, los infartos, y ese coste nunca lo hemos incorporado al sistema.

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