Revisiones nostálgicas y actualizaciones del pasado en la pasarela en París
Pierpaolo Piccioli continúa explorando el archivo de Balenciaga, Michael Rider seduce a las ‘huérfanas’ de Phoebe Philo con nuevas formulaciones y Duran Lantink transforma el lenguaje de Jean Paul Gaultier

Hay mucha gente hoy, mayoritariamente joven, que siente nostalgia de tiempos que ni siquiera vivió. El fenómeno se da también en la moda, donde el furor melancólico es menos peligroso, pero donde genera una serie de paradojas. Entre un presente visto desde un pasado idealizado, que pocas veces lleva a buen puerto. Aún hoy hay quien considera que después de John Galliano o Alexander McQueen la moda no ha hecho nada bueno (ni por supuesto nada mejor), aunque muy pocos en la calle vistieran aquellas prendas impracticables. Gente que cree que un vestido de archivo de hace treinta o cuarenta años tiene más valor sobre una alfombra roja que uno diseñado antes de ayer; porque hace treinta años, sin redes sociales de por medio, el diseño habría sido mucho más auténtico y libre. Curiosamente es la misma gente que pide que un desfile les entretenga en esas mismas redes, gente que mira al espectáculo por encima del producto.
El tema de la nostalgia se complica si, además, hablamos de marcas con un legado famoso, sea porque su fundador es un mito o porque la propia marca tiene una influencia peculiar en el imaginario colectivo. Este fin de semana en París, muchas de las colecciones han tratado de sortear, con mayor o menor acierto, el peso del pasado y la influencia que la nostalgia tiene en la lectura del presente.

Quién no idolatra a Cristóbal Balenciaga. El genio que supo hacer que el vestido trascendiera el cuerpo que lo viste, que obró el milagro de crear estructuras tan arquitectónicas como ligeras y, con ellas, liberar de pesos y presiones la anatomía del cuerpo femenino. Pier Paolo Piccioli, actual director creativo de Balenciaga, siempre ha definido al maestro como su héroe personal. Es un diseñador de oficio, al fin y al cabo. Sin embargo, en este segundo desfile para la casa propiedad del grupo Kering, se notaba la presión que ejerce sobre él esa idea de actualizar el legado: no tanto como para no ser reconocible, pero lo suficiente para ser considerado actual.

Por eso el desfile, llamado Claroscuro, en referencia a la tecnica barroca, lo abrían una serie de abrigos negros de espalda cocoon que remitían directamente a Cristóbal y, a media que avanzaba el show, se mezclaban con leggings o se convertían en prendas deportivas (un guiño a su antecesor en el cargo, Demna) que conservaban las estructuras más famosas del fundador de la firma. Se notaba claramente la intención de llevar el pasado al presente en vestidos drapeados, prendas de exterior con capucha o chaquetas de cuellos amplios. En un decorado ideado por Sam Levinson, el creador de Euphoria, los modelos se movían entre columnas que proyectaban imágenes de todo tipo (ciudades nocturnas, rostros en primer plano, animales o la superficie de la Luna).

El claroscuro, esa tensión entre la luz y la sombra, es la forma que ha tenido Piccioli de aludir al diálogo entre forma, color y función que está en la base de Cristóbal Balenciaga, pero también es la forma de aludir, a modo de narrativa subyacente, a las tensiones de las sociedades actuales, y a la idea optimista de ver luz al final del túnel, un mensaje al que siempre ha recurrido desde su etapa en Valentino. En cualquier caso, su homenaje al fundador de la casa para la que trabaja, aunque bien intencionado, sigue resultando algo confuso. Piccioli es un gran diseñador, pero quizá sienta demasiado el peso de los hitos del pasado (y de la influencia reciente de Demna) y la presión por encontrar una mirada propia entre tantas influencias externas.
En menos de un año Michael Rider ha sido capaz de reformular el imaginario de Celine y crear un nuevo lenguaje totalmente reconocible. El hito se sentía ya entre los invitados a su desfile celebrado en el patio de L’Institute de France la mañana del sábado. Pañuelos de seda estampados con colores, mocasines, gabardinas, americanas azul marino, múltiples acentos dorados en detalles bolsos, anillos o colgantes... o los botines blancos que compartían en primera fila Naomi Watts y Marie Gummer. El diseñador aterrizó en la casa el pasado verano, desde Ralph Lauren (y tras haber multiplicado las ventas de esta), con la peliaguda tarea de sustituir a Hedi Slimane que había impreso su sello durante siete años.

Con su nueva colección Rider cristaliza definitivamente su visión alejándose de Slimane. Si este último vestía a adolescentes rebeldes, Rider opta por hablar a mujeres más maduras e intelectuales. Su visión es probablemente más cercana a la de Phoebe Philo, que en su década en la marca (entre 2008 y 2018), cambió la manera de vestir de las mujeres más allá de Celine. De Philo hay ecos en forma de inteligencia minimalista en trajes sobrios, abrigos precisos de amplios hombros o camisas estructuradas. Pero Rider le suma satisfactoriamente capas de sportswear americano y detalles preppy. Americanas con vuelo en el bajo, forros de cuadros o gabardinas de colores para seducir a las huérfanas de Philo en 2026.

Curiosamente, el claroscuro también era el leit motiv de la colección de otoño de Nadége Vanhee para Hermés. Un camino sepenteante en penumbra cubierto de musgo servía para ilustrar el anochecer en un paraje remoto, y a la diseñadora para hablar a través de las prendas de libertad y misterio, con esos colores que más que oscuros, resultan ensombrecidos. Hablar del legado de Hermés es incluso hasta redundante. Más que una casa de moda, es una especie de mega empresa dedicada al patrimonio cultural a través de la artesanía. Lo curioso es que Hermés es mucho más y mejor de lo que la gente sabe, es mucho más que una marca de bolsos exclusivos y lujo hecho a mano. De hecho, solo miran atrás en lo que respecta a técnicas de fabricación, no en término de diseño. Por la dirección creativa de la casa han pasado nombre como Martin Margiela o Jean Paul Gaultier, poco sospechosos de ser clásicos o tradicionales. Nadége, que lleva más de una década en la casa, no hace prendas vanguardistas, pero sí innovadoras, donde el tacto y la mirada detallada son necesarias para entenderlas en su totalidad. Ella tampoco busca entretener ni alimentar el algoritmo, sino realizar productos que solo se entienden cuando se vive dentro de ellos.
Como Hermés, Lacoste es una especie de emblema francés, más cultura que moda en sentido estricto. En su caso, porque fue la primera marca deportiva en tener un impacto real en la moda urbana. Y porque su fundador, el tenista René Lacoste, supo apoyar soluciones técnicas tanto a las prendas como a las herramientas de juego. Pelagia Kolotouros, su actual directora creativa, contaba en una entrevista reciente con este periódico que es esa capacidad de solución de lo cotidiano lo que le inspira de la marca para la que trabaja. Por eso este domingo la pista central de Roland Garros estaba cubierta en su totalidad por la lona que cubre la tierra batida. Un audio de un partido de Lacoste en el que empezó a diluviar y el público tiró sus periódicos y sus chubasqueros para que el partido pudiera continuar daba inicio al desfile; esa misma tela protectora daba forma a prendas con patrones propios de la sastrería. Piezas inspiradas en los años sesenta y setenta se convertían en piezas contemporáneas a través de los tejidos técnicos. Había precisión, innovación y mucha comodidad. Kolotouros no mira al pasado con nostalgia ni pretende reproducir el archivo, por eso su propuesta es tan interesante, porque escoge la ética de la marca para hacer evolucionar su estética.
En Nina Ricci Harris Reed también miró al pasado, pero él mezcló diferentes épocas. Compuso una colección inspirada en Maria Antonieta, pero como si la malograda reina del rococó se hubiera ido al festival de Glastonbury en los años noventa del pasado siglo. De fondo sonaban Parklife o Girls and Boys de Blur o Babies de Pulp para enfatizar la idea de la inspiración y de una feminidad que no es delicada, sino exagerada y teatral. En la pasarela, siluetas aristocráticas del siglo XVIII, pero lucidas como se luce cualquier prenda tras varias horas de festival. Hubo panniers, crinolinas o corsetería visible, pero los corsés se llevaban a medio abrochar (o a medio desabrochar). Tejidos brocados, a rayas o con animal print, como muchos de los que pueden verse en la exposición dedicada a la influencia de Maria Antonieta que en los últimos meses ha estado expuesta en el museo Victoria & Albert de Londres.
Yohji Yamamoto frenó el ritmo del día a última hora del viernes con un desfile pausado y largo, como respuesta a la filosofía del impacto que solo es capaz de mantener la atención a través de la velocidad. “Yohji Yamamoto os anima a estar presentes y experimentar la presentación con vuestros ojos en vez de con vuestras pantallas. Dejad que el momento, el movimiento y las prendas os hablen. Están pensadas para ser apreciadas con los sentidos no grabadas digitalmente”, aconsejaba una nota de la marca. Valía la pena dejar el móvil a un lado y degustar la belleza de su propuesta, que se llevó una de las ovaciones más largas y calurosas de la semana.

A sus 82 años el japonés es de los últimos creativos de una generación que entendió la moda al margen de las audiencias globales alcanzadas en redes sociales. Los tejidos bailaban en sus manos, se retuercen y se recomponen. Como las piezas de cerámica rehechas según los preceptos del kintsugi que aparecieron como tocados en algunas de las cabezas de las modelos. El negro en todos sus matices esta vez se acompañó por grises, malvas o azules desvaídos sobre abrigos o chaquetas que exploraban los patrones del kimono.
El primer desfile de Duran Lantink en Jean Paul Gaultier generó muchas opiniones encontradas. El propio Gaultier tuvo que salir en su defensa argumentando que si él hubiera sido joven ahora, habría tenido el mismo enfoque que él: el de una rave, un espacio seguro que no entiende de géneros ni identidades binarias y en el que las prendas acompañan el disfrute y la liberación. Hoy, en su segunda colección, Lantink ha callado las bocas de todos esos nostálgicos que le criticaban “ser poco Gaultier”, con una colección casi negra al completo en la que la sastrería, la corsetería y otras referencias al archivo dialogaban a la perfección con la identidad de Lantink, esas protuberancias que transforman la silueta, a veces a base de rellenos y otra a base de drapeados, pero que sorprendentemente parece hasta cómodas. Como al fundador de la casa, a Lantink le interesan esas prendas que se pueden convertir en otras, ese lado lúdico del vestir que ahora practicamos tan poco y que tiene que ver con ingenio a la hora de combinar. El propio Duran Lantink en su marca homónima, la que le ha llevado a Gaultier, tiraba de prendas recicladas y de retales desechados para construir una de las marcas independientes más relevantes de los últimos años. Lo hacía por pura necesidad, pero esa actitud lo une al universo Gaultier. Porque más que de constreñir, se trata de liberar y amplificar las líneas del cuerpo a base de ingenio. Lo ajustado convivía con lo fluido y piezas con estructuras muy interesantes se combinaban con otras aparentemente sencillas. El negro, además, hacía que el foco se pusiera en el modelaje y el proceso de construcción de la prenda. Con esas mismas prendas vestía a una serie de personajes nocturnos, divertidos, vanguardistas e incluso desafiantes, diferentes, muy en la linea de los roles en los límites que siempre ha puesto en valor la marca. Está claro que a Lantink, uno de los talentos más prometedores de la actualidad, había que darle tiempo.
Quizá el problema de la moda actual no sea la nostalgia, sino lo fácil que es caer en ella. Idealizar el pasado es mucho más sencillo que esforzarse por entender el presente. Pero la moda, por definición, no puede vivir de recuerdos. Necesita diseñadores capaces construir algo nuevo a partir de ellos. Y una audiencia dispuesta a mirar las colecciones con ojos curiosos y mentes abiertas.
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