La moda en París reivindica el toque humano
Del humor y la ironía en Loewe a la red global de artesanos que sostuvo la colección de Rick Owens. Elogios al cuerpo en Alaïa o Schiaparelli y defensa de la imperfección en Rabanne o Cecilie Bahnsen

La semana de la moda de París sobrepasa su ecuador con colecciones que buscan aportar una mirada humana como respuesta al escenario cada vez más hostil que se ha convertido en nueva normalidad. La guerra en marcha en Oriente Próximo solo está presente en las pasarelas por medio de la ausencia que han dejado las clientas que tuvieron que cancelar su viaje a la capital francesa a causa del conflicto. Los debates giran en torno a otras temáticas, muchas cuestionándose el papel de las nuevas tecnologías que anticipan un nuevo giro copernicano para la creatividad. La pregunta que sobrevuela en muchos desfiles es qué puede aportar un diseñador que no consiga ya la inteligencia artificial.
Hay pocas cosas más humanas que el humor, así que a él recurrieron Jack McCollough y Lazaro Hernandez, los directores creativos de Loewe. Al humor, al arte y también a la artesanía, que ya es sello de la casa. La ironía estaba presente nada más entrar al espacio en el que se celebraba el desfile (un cubo envuelto en cuadros vichy en el patio del Château de Vincennes): con grandes peluches en forma de pulpos, cangrejos o delfines, sentados como si fueran invitados. Eran esculturas de la artista alemana Cosima von Bonin, que maneja los códigos de la mordacidad a través de figuras pop cargadas de un humor incisivo al que sin embargo es muy fácil aproximarse. Colores y formas atractivos en la superficie pero que le sirven para poner en cuestión todo tipo de estructuras.

Algo así hicieron los diseñadores con su colección, apostar por prendas muy seductoras y atrayentes a primera vista, con dobleces más allá de la superficie. Pero en lugar de significados, ellos recurrieron al trabajo artesano como herramienta para experimentar. “Se trataba de que hubiera recompensa y alegría. Y humor y ligereza en la idea de crear cosas. Celebrar ese aspecto de la artesanía y hacerlo lúdico. Es lo que el mundo necesita ahora mismo”, explicaban entre bambalinas al terminar el desfile. La colección, su segunda femenina, incluía también línea masculina, la primera vez en este campo para el dúo que fundó Proenza Schouler: “Pensábamos que sería muy diferente, pero luego nos dimos cuenta de que el proceso es exactamente el mismo”, contaban.

A modo de expedición submarina su apuesta avanzaba donde la dejaron la pasada temporada, porque tienen por delante la titánica tarea de definir cómo será el Loewe de los próximos años. De momento llevan buen rumbo. “Queríamos aprovechar lo que empezamos la temporada pasada, ese optimismo radiante, y hacerlo divertido. Seguimos pensando en construir un universo, construir marca a través de las campañas, la imagen… todo debe hablar el mismo idioma”, añadían. “Hoy en día hay que mantener una visión muy precisa o la gente se confunde con lo que representa la marca, así que no se trataba de desechar lo que hicimos en octubre, sino de seguir desarrollando aquellas ideas”.

Al igual que para von Bonin los tejidos son una base con la que dar forma a estructuras irónicas, para Jack y Lazaro las prendas son una excusa para jugar y explorar todo lo que pueden conseguir los talleres de la casa. Hubo muchísima experimentación y juegos o trampantojos. Los peluches de von Bonin servían de inspiración en chaquetas, solo que no estaban confeccionadas en pelo, sino en lana de oveja (procedente de la industria ganadera), concretamente un borrego peinado y afeitado como los caniches. Látex líquido como el océano en vestidos lenceros y camisetas, confeccionado a partir de un molde en 3D, chaquetas acolchadas como si hubieran sido infladas, cazadoras con triple capucha o vestidos hechos de flecos que de cerca eran pulseras de cuentas con motivos florales de von Bonin.

Muy personal y continuista fue también la última colección de Pieter Mulier para Alaïa. Hace solo unas semanas se anunciaba que el belga se convertirá en julio en el nuevo director creativo de Versace, así que abandona la casa francesa donde en solo cinco años ha sido capaz de dar forma a una identidad potente más allá del legado de su fundador, fallecido en 2017. Actualizando las ideas sobre el cuerpo de Azzedine a los nuevos tiempos, con propuestas que juegan con el movimiento. Gracias a la labor de Mulier Alaïa hoy es mucho más que Azzedine, es una marca con una base sólida para el que le tome el testigo (un nombre que aún no ha sido anunciado).

Su canción de despedida se centró en subrayar sus hitos y reforzar la visión con un repaso por los códigos que ha desarrollado: construcciones precisas y desprendidas de ornamentos o prendas en tejidos de punto que esculpen. Una síntesis de su trayectoria que aplaudieron con ganas desde la primera fila sus compañeros Raf Simons y Matthieu Blazy.

Este verano el Palais Galliera de París acogió una retrospectiva dedicada a Rick Owens y titulada Temple of love, templo de amor. Una frase que el diseñador recogía en su nueva colección, Tower, “como en templo de amor, torre de luz. Fuerza y protección”. Una propuesta que abraza el cuerpo o lo defiende. Abrió con solidez. Con piel de toro rígida que daba forma a un vestido palabra de honor, en el que la dureza del material creaba volúmenes afilados. O experimentando con kevlar, una fibra más resistente que el acero que se usa en prendas de protección. Cazadoras acolchadas con cuellos que cubrían la nuca; bolsos inmensos pero mullidos, cruzados sobre el pecho para liberar las manos, o suéteres de terciopelo drapeado que parecían abrazar. Pero también pantalones muy cortos, inmensos abrigos de pelo (que era lana de colores) o botas que elevaban a las modelos como torres.

Owens no es simplemente un diseñador, es un técnico del diseño que se aproxima a las creaciones a través del corte, así que tampoco faltaron los volúmenes ni los patrones de proporciones extremas. La inspiración era la figura de Marlene Dietrich y todas sus personalidades. A veces glamurosa, a veces severa, siempre ambigua. Una estética a ratos apocalíptica entre la niebla que, sin embargo, escondía detrás de cada pieza una comunidad humana que colabora a través de una red global de artesanos y productores. Lana procedente de Italia en ovillos trazables que garantizan tanto el bienestar animal como la sostenibilidad medioambiental o la responsabilidad social. Cashmere tratado en colaboración con la artista textil Julia Trofimova. O fieltro hecho a mano en un pequeño atelier en Rajastán, al norte de India.
Julien Dossena en Rabanne tampoco tenía nada que demostrar, porque ya ha dado cuenta de su valía a la hora de crear una marca redonda y reconocible, inscrita en el histórico de la casa pero capaz de seducir a la audiencia actual. En esta ocasión exploraba su idea de feminidad: para él, algo que rechaza un acabado demasiado pulido y perfecto. Dossena observa con atino para trasladar a la pasarela una manera muy actual de consumir moda; esto es, editando el propio armario a base de novedades, prendas del pasado y otras tantas recontextualizadas. En su desfile hubo por ello referencias a distintas décadas o a diversas influencias, todo agitado en su particular coctelera para conseguir una propuesta final reconocible. Trajes de cuadros, siluetas años cuarenta, vestidos boho y por supuesto piezas metalizadas que esta vez asomaban bajo chaquetas de lana.
Una exposición era también el punto de partida para la nueva colección de Daniel Roseberry para Schiaparelli, pero la suya aún no ha abierto sus puertas. Schiaparelli: Fashion Becomes Art repasará a partir del próximo día 28 en el Victoria & Albert de Londres la relación de Elsa Schiaparelli con el arte. Una retrospectiva que le ha servido al texano para hacer una nueva aproximación a la obra de la fundadora de la casa. “Schiaparelli siempre ha sido radical”, reconocía el diseñador en las notas del desfile. “Pero nunca lo ha sido hasta el punto de alienar a sus mujeres. Y quizás ese sea el legado definitivo de lo que Elsa creó: ropa que hacía que las mujeres se sintieran más vivas con el sueño de ser quienes eran... y al mismo tiempo cómodas con quienes realmente eran”.

Esta nueva mirada sobre el trabajo de la italiana llevó esta vez a Roseberry a jugar con los volúmenes del propio cuerpo, al que se aproximó como si fuera material artístico. Primero enredándolo en dobleces, frunces o plisados y después esculpiéndolo con corsés, sujetadores de cono o estructuras que parecían rígidas pero no lo eran tanto. También hubo trajes contundentes, vestidos cubiertos de strass o trampantojos. Como un jersey de punto Aran combinado con tul transparente que hacía que pareciera que la lana flotaba. Porque los detalles irónicos brotaron por toda la colección, ya fuera en forma de pequeños animales dorados colocados en las espaldas, de botones en forma de cerraduras o de cuerpos desnudos sobre vestidos de punto a modo de trompe-l’oeil.
Los lazos con la historia eran evidentes en Lanvin nada más entrar al espacio en el que se celebró el desfile, la Galería de Mineralogía y Geología del Museo de Historia Natural. Entre vitrinas donde se expone una colección que se inició en 1625, el director creativo Peter Copping presentó un “diálogo entre generaciones, una conversación sin edad entre hoy y mañana”. Él también anda batallando con la tarea de reconstruir los códigos de una casa centenaria que, tras la salida de Alber Elbaz en 2015, andaba desubicada.

El inglés lleva un año y medio al frente de la marca para la que está trazando una nueva identidad. En la nueva colección estuvo presente la fluidez de Jeanne Lanvin, pero si Elbaz la reformulaba simplificando a base de gasas de colores, Copping apuesta por tejidos densos como la lana o el cuero para aligerarlos con cortes que los hacen volar. Con faldas al bies asimétricas o con suaves volantes, o con americanas que se fruncen a la cintura. También había muchos accesorios y flappers en los vestidos de noche. Porque en el Lanvin de Copping no faltan ni los complementos ni las propuestas para la alfombra roja (donde se está convirtiendo en asiduo), dos vías aceleradas pero imprescindibles para construir una marca hoy.

En un tiempo en el que la máquina puede ofrecer un acabado perfecto en segundos, Cecilie Bahnsen quiso reivindicar el jueves el valor de la práctica. La prueba y el error como parte del proceso humano, pero también como única manera de evolucionar la creatividad. “En la moda, como en la danza”, escribía la diseñadora danesa, “se aprende haciendo, a través de fijar, descoser, ensayar, afinar”. Transformó su desfile en una clase de baile (coreografiada por la bailarina Myrto Georgiadi), para la que contó con modelos, pero también con bailarinas musculadas. Estas últimas aportaron una variedad de cuerpos refrescante y positiva en una temporada marcada por el regreso de la delgadez extrema.

El imaginario de la danza siempre ha estado muy presente en las propuestas de Bahnsen, que en este caso aludía al movimiento para relajar y modernizar su lenguaje. Bailarinas que superponían tutús bordados con camisetas de algodón o mochilas de montañismo del archivo de North Face. Faldas de quillas con tops de tirantes o manoletinas inspiradas en las zapatillas de media punta y cubiertas de lentejuelas.

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