TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA
Tribuna
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IMC: mentiras que nos contaron

Este parámetro tan popular para medir la supuesta salud corporal no atiende a la edad, ni actividad física, ni tiene en cuenta el sexo. Pero es posible tener un cuerpo grande y estar sano, lo mismo que ser delgado y estar enfermo

Ciudadanos pasean por Madrid.
Ciudadanos pasean por Madrid.víctor sainz

Quién más o quien menos se ha hecho la trampa de decir que su peso ideal es su estatura menos 10 kilos, es decir, mido 1,72 metros, pues mi peso debe rondar los 60-62 kilos, venga, listo.

¿De dónde salió esto? No tengo ni idea, pero este es el tipo de cosas supuestamente relacionadas con la ciencia que se extienden como la pólvora y que, gracias a la repetición, se convierten en axioma. Seguramente también te hayas calculado el IMC (índice de masa corporal) para ver qué tal estaba tu salud y eso. Basta con subirte a la báscula de una farmacia, meter tu estatura y, con el peso que resulte, se supone que sabrás si estás sano o no. Este parámetro nos da una idea de nuestra salud solo con una fórmula matemática sencilla, que se calcula dividiendo el peso en kilos de una persona por el cuadrado de su estatura en metros. A través de una categorización de franjas de peso, indica si estás en infrapeso, normopeso, sobrepeso u obesidad con todas sus categorías.

Pero es un parámetro que no atiende a la edad, ni actividad física, ni tiene en cuenta el sexo, es decir, es un cálculo neutro, válido tanto para hombres o mujeres. La composición corporal entre hombres y mujeres es muy diferente. Sin entrar en más detalles específicos, los hombres tienen más masa muscular y menos grasa. Al contrario que nosotras, nuestra masa grasa es mayor, ya que estamos hechas para la supervivencia de la especie, y este extra de grasa nos ayuda con los embarazos.

Pero, ¿de dónde sale el IMC?

La idea viene de la mano del belga Adolph Quetelet, nacido en 1832, matemático, estadístico y astrólogo (se dedicaba a muchas cosas, ninguna relacionada con la salud), de hecho, en primera estancia se llamó “índice Quetelet”. Él quería encontrar una vinculación entre los rasgos humanos en el crimen y el asesinato y, a través de rasgos fisco medidos exclusivamente en hombre blancos europeos, quería establecer lo que debía ser el “hombre promedio”, es decir, quería definir un modelo estándar, el hombre ideal blanco y para ello usaba dos únicos datos, peso y estatura.

Según su criterio, si se establecían unos límites entre los que se moviera ese “hombre promedio” todo lo que saliese de ahí, por arriba o por debajo de los mismos, sería considerado patológico. Como buen matemático, quería datos, poder meterlos en una campana de Gauss que contuviese lo “normal” en el centro, lo normativo, y los extremos de la campana marcarían el desvío de la norma. Este es un extracto de su libro Sur l’homme et le développement de ses facultés. Essai d’une physique sociale (”Sobre el hombre y el desarrollo de sus facultades. Ensayo de física social): “Si el hombre medio estuviera perfectamente determinado y definido podríamos considerarlo como el tipo (o modelo) de belleza y, al contrario, todo aquello que más que asemejarse a sus proporciones o a su manera de ser se alejara de ellas, constituiría las deformidades o enfermedades”. A tal punto que aquello que se presenta como radicalmente diferente del hombre medio, no solo desde el punto de vista de la proporción y de la forma, sino considerando las diversas dimensiones de lo humano, debería ser considerado, ya no como una enfermedad, sino como una monstruosidad. Así, cuanto mayor sea la distancia que separa a un individuo del hombre medio, más se alejará este de la humanidad y más se aproximará de ese estadio intermediario entre el hombre y el animal que es la monstruosidad.

“Tenemos tan aprendido que el peso es indicativo de salud, que ante cuerpos grandes no normativos no somos capaces de ver otra cosa que enfermedad”

Es espeluznante; lo de la monstruosidad suena tan antiguo, como cuando las malformaciones se veían como fallos de la naturaleza a ocultar en casa o solo se le permitía vivir a ese ser humano como una atracción de circo. Antes de que odiemos al pobre Quetelec hay que saber que este índice lo usó para categorizar a las personas y observar la distribución de una población. El gran problema vino después, cuando médicos ante la búsqueda de consenso con la población empezaron a usar su índice como indicador de salud.

Posteriormente, se sumaron las aseguradoras americanas de salud, tras una recogida de datos de sus suscriptores, determinaron que las personas con sobrepeso tenían más riesgo de sufrir enfermedades. A partir de estos resultados, crearon una tabla rasa de precios en función a la “salud” de sus asegurados. Usando el índice valoraban el precio del seguro, los que tuvieran más peso o no se los aseguraba o bien encarecían el precio del seguro con la excusa del pronóstico a futuro de un mayor gasto sanitario. De hecho, el IMC aún se usa como un indicador de riesgo para las aseguradoras.

Seguramente te preguntes qué tiene qué ver esto con la salud. Pues que, a pesar de ser un índice antiguo, del siglo XIX, racista (ya que solo incluye al hombre blanco caucásico) y sexista, puesto que está calculado con datos sobre los hombres y excluye a las mujeres, se sigue empleando en medicina y en ámbitos de salud.

La ciencia avanza, pero el IMC es un parámetro que se sigue usando y, lo más grave, que sigue estigmatizando. Tenemos tan aprendido que el peso es indicativo de salud, que ante cuerpos grandes no normativos no somos capaces de ver otra cosa que enfermedad.

Las personas que sobrepasan el IMC sufren vergüenza, culpa y discriminación, independiente de su salud, porque es posible tener un cuerpo grande y estar sano, lo mismo que ser delgado y estar enfermo. La salud no es exclusiva de los cuerpos delgados. La salud existe en todas las tallas, pero para eso necesitamos dejar de utilizar el peso como el centro de ella. Usar el IMC como predictor de salud es tan útil como consultar el horóscopo.

NUTRIR CON CIENCIA es una sección sobre alimentación basada en evidencias científicas y en el conocimiento contrastado por especialistas. Comer es mucho más que un placer y una necesidad: la dieta y los hábitos alimenticios son ahora mismo el factor de salud pública que más puede ayudarnos a prevenir numerosas enfermedades, desde muchos tipos de cáncer hasta la diabetes. Un equipo de dietistas-nutricionistas nos ayudará a conocer mejor la importancia de la alimentación y a derribar, gracias a la ciencia, los mitos que nos llevan a comer mal.

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Sobre la firma

Azahara Nieto

Dietista- nutricionista por la Universidad Complutense de Madrid, máster en Trastornos del comportamiento alimentario TCA y obesidad por la Universidad Europea de Madrid, experta en alimentación vegetariana y vegana (ICNS)

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