La especie humana no ha evolucionado para soportar el frío, pero dominamos los climas más gélidos. Esta es la explicación

La capacidad humana de adaptarse a través del comportamiento fue decisiva para nuestro éxito evolutivo

Un hombre inuit, con su canoa y sus perros.
Un hombre inuit, con su canoa y sus perros.Justin Lewis (Getty)

Los seres humanos somos una especie tropical. Hemos vivido en climas cálidos durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, lo cual podría explicar por qué tantos de nosotros pasamos el invierno acurrucados bajo una manta, agarrados a una bolsa de agua caliente y soñando con el verano.

De hecho, todos los simios que existen viven en los trópicos. Los fósiles del linaje humano (homínidos) más antiguos conocidos proceden de África central y oriental. Los homínidos que se dispersaron en dirección norte, hacia latitudes más altas, tuvieron que enfrentarse por primera vez a temperaturas gélidas, días más breves que acortaban el tiempo para buscar alimento, nieve que dificultaba la caza y un viento glacial que empeoraba la pérdida de calor corporal.

Considerando nuestra limitada adaptación al frío, ¿cómo es que nuestra especie ha llegado a dominar no solo las tierras cálidas ancestrales, sino todas las regiones del planeta? La respuesta está en nuestra capacidad de desarrollar complejas soluciones culturales a los retos de la vida.

Los primeros indicios de la presencia de homínidos en el norte de Europa proceden de Happisburgh, en el condado de Norfolk, en el este de Inglaterra, donde se han encontrado huellas de pisadas y herramientas de piedra de 900.000 años de antigüedad. En aquella época, allí predominaban los bosques de coníferas acompañados de inviernos fríos similares a los del sur de Escandinavia en la actualidad. Los datos no parecen indicar que los homínidos permanecieran mucho tiempo en el lugar, lo cual hace pensar que no tuvieron oportunidad de adaptarse físicamente.

Sigue siendo un misterio cómo aquellos primates hominoideos sobrevivieron a las duras condiciones tan diferentes de las de sus remotas tierras africanas. En la zona no hay cuevas ni restos de lugares en los que cobijarse. Los artefactos de Happisburgh son simples, lo cual indica la ausencia de una tecnología compleja.

Las pruebas de la existencia de hogueras deliberadas en esa época son polémicas. Los útiles para confeccionar prendas adaptadas al cuerpo y resistentes a la intemperie no aparecen en Europa occidental hasta casi 850.000 años después. Muchos animales migran para evitar el frío estacional, pero los homínidos de Happisburgh habrían tenido que desplazarse unos 800 kilómetros hacia el sur para que la diferencia fuera significativa.

Resulta difícil imaginar que aquellos seres sobrevivieran a los antiguos inviernos de Norfolk sin fuego ni ropa de abrigo. Sin embargo, el hecho de que hubiera homínidos tan al norte significa que tuvieron que encontrar una forma de resistir el frío, así que quién sabe lo que los arqueólogos encontrarán en el futuro.

Los cazadores de Boxgrove

Los yacimientos correspondientes a asentamientos más recientes, como el de Boxgrove, en Sussex Occidental, en el sur de Inglaterra, proporcionan más pistas acerca de cómo sobrevivieron los antiguos homínidos a los climas septentrionales. El yacimiento de Boxgrove data de hace casi 500.000 años, cuando el clima se deterioró hasta alcanzar uno de los periodos más fríos de la historia humana.

Tenemos pruebas sólidas de que esos homínidos cazaban animales, desde huellas de corte en huesos hasta un omóplato de caballo probablemente atravesado por una lanza de madera. Estos hallazgos concuerdan con los estudios de pueblos cazadores-recolectores actuales, que muestran que los que viven en zonas más frías dependen más de los animales que cazan que los que habitan en climas cálidos. La carne es rica en las calorías y las grasas necesarias para resistir al frío.

La tibia fósil de un homínido de Boxgrove resulta robusta en comparación con los humanos actuales, lo cual indica que perteneció a un individuo alto y fornido. Los cuerpos más grandes con extremidades relativamente cortas disminuyen la pérdida de calor al reducir al mínimo la superficie.

La forma óptima para evitar que se pierda calor es la esfera. Por eso los animales y los seres humanos de climas fríos se acercna lo más posible a ella. Asimismo, para esta época hay pruebas más claras de la existencia de hogueras.

Especialistas en climas fríos

Los neandertales, habitantes de Eurasia hace entre 400.000 y 40.000 años aproximadamente, vivían en climas glaciales. En comparación con sus predecesores africanos y con nosotros tenían extremidades cortas y robustas y torsos anchos y musculosos aptos para producir y retener calor.

Sin embargo, su cara protuberante y su nariz aguileña son lo contrario de lo que se podría considerar adaptativo en una era glaciar. Al igual que los macacos japoneses que viven en zonas frías y las ratas de laboratorio criadas a bajas temperaturas, los seres humanos actuales de climas fríos suelen tener una nariz relativamente alta y estrecha, y pómulos anchos y planos.

Las simulaciones por ordenador de esqueletos antiguos indican que la nariz de los neandertales era más eficiente que la de especies anteriores, adaptadas a temperaturas más altas, a la hora de conservar el calor y la humedad. Al parecer, la estructura interna es tan importante como el tamaño total del órgano respiratorio.

Aun con su físico adaptado al frío, los neandertales seguían siendo rehenes de su linaje tropical. Por ejemplo, carecían del espeso pelaje de otros mamíferos de la Europa glaciar, tales como los rinocerontes lanudos o los bueyes almizcleros. En su lugar, desarrollaron una compleja cultura para sobrevivir.

Tenemos pruebas arqueológicas de que confeccionaban prendas de vestir y construían refugios con pieles de animales. Los restos que demuestran que cocinaban y utilizaban el fuego para elaborar una cola a base de brea de abedul para fabricar herramientas evidencian un sofisticado control de esta fuente de calor.

Más polémica es la afirmación de algunos arqueólogos de que los huesos de los primeros neandertales del yacimiento de la Sima de los Huesos, en Atapuerca, de 400.000 años de antigüedad, presentan deterioros estacionales debidos a la ralentización del metabolismo para hibernar. Los autores sostienen que los huesos muestran ciclos de crecimiento y curación interrumpidos.

Solo unas pocas especies de primates hibernan, como algunos lémures de Madagascar y el gálago menor africano, así como el loris lento pigmeo del norte de Vietnam.

Esto podría hacer pensar que los humanos también pueden hibernar. Pero la mayoría de las especies que lo hacen tienen el cuerpo pequeño, salvo excepciones como los osos. Los seres humanos seguramente seamos demasiado grandes para ello.

Bueno para todo

Los primeros fósiles del linaje Homo sapiens datan de hace 300.000 años y proceden de Marruecos, pero hasta hace unos 60.000 años no salimos de África para colonizar todos los rincones del planeta. Esto nos convierte en unos relativamente recién llegados a la mayoría de los hábitats que ocupamos en la actualidad. En los miles de años transcurridos desde entonces, los habitantes de lugares gélidos se han adaptado biológicamente a su entorno, aunque a pequeña escala. Un ejemplo famoso de esta adaptación es que en las zonas con poca insolación, el Homo sapiens desarrolló tonos de piel claros, mejores para sintetizar la vitamina D. Los genomas de los inuit actuales de Groenlandia demuestran su adaptación fisiológica a una dieta marina rica en grasas, beneficiosa en ambientes fríos. Una prueba más directa es la proporcionada por el ADN de un cabello de 4.000 años de antigüedad conservado en el permafrost de Groenlandia. El cabello contiene indicios de cambios genéticos que dieron lugar a una forma corporal fornida que maximizaba la producción y retención del calor, igual que pasaba con el homínido del yacimiento de Boxgrove del que solo se conserva una tibia.

Nuestra herencia tropical significa que seguiríamos siendo incapaces de vivir en lugares fríos si no hubiéramos desarrollado maneras de resistir las temperaturas. Por ejemplo, la tradicional parka inuit, que proporciona un aislamiento mejor que el del moderno uniforme de invierno del ejército canadiense.

La capacidad humana de adaptarse a través del comportamiento fue decisiva para nuestro éxito evolutivo. Incluso en comparación con otros primates, la adaptación física de los humanos al clima es más lenta. La adaptación a través del comportamiento es más rápida y más flexible que la biológica. Los seres humanos somos el summum de la capacidad de adaptación, y prosperamos casi en cualquier nicho ecológico posible.

Laura Buck es profesora ayudante de Antropología Evolutiva de la Universidad John Moores de Liverpool.

Kyoko Yamaguchi es profesora titular de Genética Humana de la Universidad John Moores de Liverpool.

Este artículo fue originalmente publicado en The Conversation.

Traducción de NewsClips

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