Un investigador idealista en la Amazonia peruana

Alfonso Marzal, un reconocido biólogo extremeño experto en enfermedades infecciosas emergentes, se ha especializado en el estudio de la malaria

Alfonso Marzal, en su despacho de la universidad de Extremadura.
Alfonso Marzal, en su despacho de la universidad de Extremadura.ROBERTO PALOMO

Alfonso Marzal pasó gran parte de su infancia entre las dehesas extremeñas. Los fines de semana y las vacaciones disfrutaba en el campo de su familia en Olivenza, conviviendo entre animales y naturaleza. En la escuela mostraba gran interés por las Ciencias Naturales. Más adelante, sus profesores le transmitieron el conocimiento de la biología a través de la investigación y el descubrimiento. Recuerda que de niño devoraba con avidez las novelas de aventura de Julio Verne o Jack London. Su tremenda imaginación le proyectaba en el futuro como el investigador explorador y romántico que visualizaba al leer aquellos libros. Más de 30 años después, su sueño se convirtió en realidad.

Hoy es profesor de Biología y catedrático en Zoología en la Universidad de Extremadura. Colabora con universidades y entidades de Suecia, Lituania, Francia, América y Asia. Su labor le ha valido varios reconocimientos internacionales. Proyectos de gran envergadura y prestigio que se empequeñecen al lado del que es el proyecto de su vida. “En la Amazonia peruana he podido unir mis inquietudes profesionales con las personales. Es el proyecto en el que más feliz me siento y el que más me llena”. Algo que Marzal, de 46 años, considera un privilegio.

Todo comenzó durante un congreso de malaria que organizó en Badajoz en el año 2008. Invitó al estadounidense Ravinder Sehgal, profesor de la facultad de Biología de la Universidad Estatal de San Francisco, al cual admiraba, a dar una conferencia. Congeniaron. Cuatro años más tarde, Marzal recibió un correo electrónico inesperado. El profesor Ravinder le invitó a acompañarle a dar clases de formación a profesores, estudiantes e investigadores de Perú sobre investigación en malaria. No se lo pensó. “Nuestra idea no era ir allí, investigar y volver, sino formar a investigadores locales”, recuerda. Empezaron a surgir diversos grupos de estudios y proyectos –financiados por entidades, becas y hasta con sus propios ahorros personales–, según cuenta Alfonso. Estas investigaciones continúan tras una década de colaboración y les han valido ya varias publicaciones conjuntas a él y a sus colegas peruanos. Le enorgullece sobremanera, pues ayudarles a conseguir prestigio internacional puede facilitarles sus carreras.

Sus indagaciones en Perú se han centrado en el campo de las enfermedades infecciosas emergentes. Una de las líneas principales de su trabajo nació en el centro de rescates de fauna silvestre URKU, en Tarapoto, una región clave en el tráfico ilegal de especies. Descubrieron que muchos de los animales que iban a ser traficados hacia otras partes del mundo estaban infectados. “Es como un caballo de Troya. Metemos un animal en otra parte del mundo sin ningún tipo de control y dentro van patógenos que dispersan la enfermedad. Introducimos no solo especies enfermas, sino enfermedades que pueden dar el salto a los humanos”, afirma Marzal.

Estamos observando que hay tres veces más mosquitos que transmiten enfermedades en un bosque deforestado que en otro que no ha sufrido alteraciones a solo tres kilómetros de distancia
Alfonso Marzal, biólogo

Otra de sus líneas de trabajo se centra en analizar las clases de parásitos que existen en las especies de la fauna autóctona, descubriendo, entre otras, una especie de malaria originaria de Europa. Investigar las enfermedades en aves es clave para comprobar cómo el comportamiento de estas pueden replicarse en los humanos.

También estudia los efectos de la deforestación. “Estamos observando que hay tres veces más mosquitos que transmiten enfermedades en un bosque deforestado que en otro que no ha sufrido alteraciones a solo tres kilómetros de distancia,” explica Marzal desde su despacho en la universidad de Extremadura. Según han constatado, la ausencia de sombra en los charcos donde crían las larvas los mosquitos hace que estas maduren mucho más rápidamente, multiplicando así su población. Además, han probado que, en zonas deforestadas, hay más del doble de malaria, lo que indica que las personas y los animales que viven allí tienen mucho más riesgo de contraer la enfermedad.

Marzal explica que la proliferación de enfermedades en las especies puede deberse al estrés ante un cambio en su entorno, estrés que se manifiesta en forma de enfermedades físicas. Algo similar al herpes labial que un humano puede generar en situaciones de estrés cuando el sistema inmune se encuentra deprimido.

Los resultados de estos trabajos no son tan tangibles como puede resultar el desarrollo de una vacuna o un medicamento. Su finalidad es más bien aportar el conocimiento del cual se alimentarán las posibles aplicaciones prácticas. Es tajante al reivindicar la importancia de su trabajo mediante la siguiente hipótesis: “Si hace unos años hubiera dicho que ir a investigar los virus en unos murciélagos en una cueva remota de China, seguramente me hubieran dicho que eso no tenía sentido. Y, sin embargo, cuántas vidas se hubieran salvado y cuántos miles de millones de euros nos hubiéramos ahorrado”, reflexiona, sobre la reciente pandemia global de coronavirus.

Un compromiso social

En busca de un lugar idóneo donde investigar, Marzal llegó a la pequeña comunidad indígena de San Rafael, cercana a Iquitos, la capital de la Amazonía peruana. Lo hizo de la mano de Esteban Fong, uno de sus antiguos estudiantes allí. Cuenta que una noche, conversando con unos niños, estos le dijeron que iban a plantar unos árboles para regalar a sus hijos (de seis y nueve años en aquel momento). Finalmente, acordaron que el regalo sería para la clase de primero y cuarto de primaria del colegio Sagrada Familia de Badajoz, donde estudian sus hijos.

De regreso, Marzal mostró fotografías y vídeos a los alumnos de los árboles que les habían regalado. Estos decidieron entonces escribirles unas cartas de agradecimiento a sus nuevos amigos amazónicos. Marzal fue el encargado de llevarlas a la escuela de San Rafael. “Hablando con la profesora en la comunidad, me dijo que los alumnos se habían motivado a aprender a leer y escribir gracias a esas cartas. Un gesto tan inocente hizo que se creara en ellos la inquietud de aprender”, cuenta emocionado.

Así, replicaron el gesto y las cartas llegaron desde aquella remota escuela de la selva amazónica a Badajoz. Esta vez, los pacenses recolectaron 75 kilos de material escolar que Marzal entregó. Los niños peruanos lo agradecieron liberando mariposas en el bosque. En su despacho de la universidad, el científico ya tiene preparada una caja con material deportivo que entregará próximamente en San Rafael.

Este investigador idealista considera su labor como el hecho de vivir conforme a su visión ante la vida, que sintetiza con el lema de Evergreen Institute, la organización ambiental de su antiguo alumno Esteban Fong, tomada del escritor Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

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