Tanzania y su particular pandemia de teorías conspiratorias

Ni las medidas sanitarias, ni la campaña mediática sobre la covid–19 impulsada por la nueva presidenta del país africano Samia S. Hassan, han conseguido borrar el daño hecho por el Gobierno negacionista de Magufuli

Una trabajadora prepara protectores faciales contra la covid-19 en Dar es Salam, Tanzania, en mayo de 2020.
Una trabajadora prepara protectores faciales contra la covid-19 en Dar es Salam, Tanzania, en mayo de 2020.STRINGER (Reuters)

Tanzania era un país de susurros. Ni siquiera los médicos tenían libertad para hablar sobre la covid–19. Debían ocultar sus diagnósticos o compartirlos con sus pacientes en privado, pero nadie podía contradecir el discurso de las autoridades, que insistían en que los tanzanos habían derrotado el coronavirus con oraciones. Para muchos ciudadanos, sobre todo los que observaban en los medios de comunicación internacionales cómo la pandemia mundial avanzaba por otras naciones, al miedo a enfermar se sumó el de terminar en la cárcel.

“Los periodistas observamos cómo las tasas de mortalidad aumentaron bastante, sobre todo entre las personas con un nivel adquisitivo más alto”, recuerda Sandra Kitinga (nombre ficticio para proteger su identidad). “Por eso, muchos de nosotros sentíamos la responsabilidad de hablar sobre esas muertes, probablemente relacionadas con el coronavirus, aunque temíamos la reacción de las autoridades. Era normal recibir llamadas del Ministerio de Información, que nos preguntaba por los detalles de nuestras historias. Si mencionábamos al virus en nuestros artículos, nos acusaban de asustar a la población”.

Bajo el liderazgo de John Magufuli, que empezó a presidir Tanzania en 2015, ese tipo de intimidaciones para limitar la libertad de prensa eran tan comunes que se convirtieron en una rutina. Las autoridades pusieron en su punto de mira a todos los periodistas que, como Kitinga, cuestionaron sus decisiones. Además de perder su acreditación para cubrir los actos gubernamentales, esta reportera de 30 años, que ahora trabaja en uno de los mayores diarios del país africano, recibió numerosas amonestaciones. Pero esas bravatas no la detuvieron.

—¿Informaste sobre la covid-19, a pesar de las amenazas? —

—Sí —responde Kitinga—. Pero debíamos hacerlo con muchísimo cuidado. La censura gubernamental nos obligó a imaginar todo tipo de tácticas para seguir trabajando. Por ejemplo, en el periódico con el que colaboro escribíamos sobre el crecimiento de casos de “neumonía” en Tanzania en las mismas páginas donde también mencionábamos los números de muertos por coronavirus en otras regiones del mundo. Así, los lectores podían relacionar ambas noticias.

Una de las teorías conspiratorias más extendidas en Tanzania insiste en que las vacunas esterilizan a las mujeres, un bulo que podría explicar por qué el número de hombres inmunizados es casi el doble que en el caso de ellas

Esos días de susurros duraron hasta el pasado 6 abril de 2021, dos semanas después de la muerte repentina del presidente John Magufuli. En ese momento, su sucesora, la presidenta Samia Suluhu Hassan, decidió dar un golpe de timón e impulsar una comisión de expertos para investigar el estado de la pandemia en el territorio. Poco tiempo después, su Gobierno confirmó la presencia del nuevo coronavirus. Las imágenes de su gabinete con mascarillas, así como las de la mandataria recibiendo la vacuna contra esa enfermedad, se convirtieron en símbolos de un cambio de rumbo.

Sin embargo, esta transformación está ocurriendo a un ritmo más lento del esperado. Ni siquiera la campaña mediática para hablar sobre la covid–19 que impulsó Hassan ha borrado las marcas de 10 meses de discursos negacionistas. Las cicatrices de la Administración anterior todavía oscurecen este país: son notables tanto en los despachos de los médicos, que esquivan todas las conversaciones sobre el tema porque las consideran polémicas, como en las calles, donde solamente un puñado de transeúntes lleva mascarillas.

La conspiranoia sigue en pie

La locura empezó en junio de 2020, cuando, según el presidente Magufuli, Tanzania se convirtió en un país libre de coronavirus. Por eso, no era necesario seguir las precauciones que las autoridades sanitarias dictaban en el resto del mundo. Los tanzanos podían continuar con sus rutinas. En vez de llevar tapabocas o vacunarse, la ministra de Salud, la doctora Dorothy Gwajima, propuso tres alternativas en la televisión estatal: rezar; ingerir un brebaje de jengibre, ajo y limones, e inhalar vapores de hierbas.

Diez meses después de la muerte de Magufuli (17 de marzo de 2021), los discursos del mandatario perduran tanto en la calle como en los círculos políticos. El parlamentario Josephat Gwajima, que también es un pastor evangelista con millones de seguidores, ha declarado la guerra a las normas sanitarias que ahora propone la presidenta tanzana. En este pulso, Gwajima insiste en que las vacunas modifican el ADN humano hasta transformarnos en zombis, entre otras teorías acientíficas.

El parlamentario Josephat Gwajima insiste en que las vacunas modifican el ADN humano hasta transformarnos en zombis, entre otras teorías acientíficas

Mano a mano con el presidente Magufuli –al que le gustaba identificarse en público como una persona enormemente religiosa–, las iglesias se transformaron en los altavoces de muchas conspiraciones sobre la covid-19, llegando a todas las esquinas de esta nación. Pero los centros religiosos no son los únicos portavoces de estas teorías. Las redes sociales, así como el boca a boca, también están desempeñando un papel importante.

Las conspiraciones, de hecho, todavía son un obstáculo para la campaña de inmunización. Hasta el momento, las autoridades sanitarias han vacunado a poco más del 2,11% de sus 57 millones de ciudadanos –1,2 millones de dosis administradas, según datos gubernamentales–, una de las tasas más bajas del planeta. El Gobierno anunció su intención de vacunar al menos al 60% de la población, pero muchas personas han rechazado inocularse.

Una de las teorías conspiratorias más extendidas en Tanzania insiste en que las vacunas esterilizan a las mujeres, un bulo que podría explicar por qué, en este país, el número de hombres inmunizados es casi el doble que en el caso de ellas.

“Te sorprendería lo extendidos que están estos rumores”, lanza Syriacus Buguzi, un periodista tanzano especializado en temas científicos, desde su hogar en Dar es Salam. “Según un estudio médico reciente, aún sin publicar, una buena parte de los trabajadores sanitarios del país también cree en estos bulos relacionados con el coronavirus y sus vacunas. He escuchado todo tipo de teorías. Sin ir más lejos, esta mañana he oído que los científicos que diseñaron las vacunas quieren cambiar las creencias religiosas de las personas que se inmunizan”.

“Este escenario es insostenible”

No todos los ciudadanos rechazan las vacunas. Judith Kitomari (nombre ficticio para proteger su identidad) nunca aceptó los discursos negacionistas de su presidente. En la calle, o durante las conversaciones con conocidos, escondía sus opiniones. Pero, en vez de aprobar las medidas del Gobierno, esta guía de safaris de 27 años las escuchaba con preocupación. Mientras sus ahorros desaparecían de sus bolsillos, Kitomari tenía la sensación de que Tanzania estaba entrando en un laberinto sin salida. Aunque las autoridades mantuvieron abiertas en todo momento las fronteras internacionales, las restricciones en otros países hicieron que el número de visitantes se desplomase. En esta nación, donde hasta el 11,7 % de su Producto Interior Bruto (PIB) dependía del turismo, esto significó un golpe duro para millones de personas, desde conductores hasta cocineros y recepcionistas de hoteles. Por eso, Kitomari no lo duda: “Necesitamos volver a la normalidad. Este escenario es insostenible. Decidí vacunarme para aportar mi granito de arena. Todos queremos que esta pandemia termine”.

Hasta el 80% de los tanzanos infectados ni siquiera sabe que han enfermado porque no presentan síntomas ni acuden a un hospital

El Gobierno empezó a enumerar los casos positivos de coronavirus a finales de julio, un año después de que el presidente Magufuli congelase el contador. Sin embargo, en realidad, nadie conoce con precisión el estado de esta epidemia. Las autoridades sanitarias han registrado 26.480 infecciones, así como 734 muertes relacionadas con esta enfermedad. Pero admiten que los números reales probablemente son mucho más altos: hasta el 80% de los tanzanos infectados ni siquiera sabe que han enfermado porque no presentan síntomas ni acuden a un hospital, según cálculos gubernamentales.

En el resto del continente se repiten escenarios parecidos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las autoridades detectan uno de cada siete infecciones en suelo africano. Al escaso número de pruebas realizadas se suma, entre otros factores, la juventud de su población, más propensa a enfermar de covid-19 sin desarrollar síntomas graves. La edad media de Tanzania –cerca de 18 años– es más de dos veces menor que la de España, que supera los 44.

Mientras que la pandemia se extiende en silencio, con la variante ómicron como más reciente amenaza, los síntomas del deterioro económico de esta crisis global son mucho más visibles. El Consejo Empresarial del Este de África (EABC, por sus siglas en inglés) puso cifras a este desastre: en 2020, esta región perdió más de 4.200 millones de euros, así como dos millones de puesto de trabajo, debido al desplome del turismo.

Olvidar la covid-19

El periodista Syriacus Buguzi emplea palabras rotundas para describir el Gobierno de Magufuli: su régimen, además de impulsar una avalancha de bulos sobre el coronavirus, también creó una epidemia de miedo. Durante los primeros días de su mandato, la presidenta Hassan permitió la reapertura de varios medios de comunicación prohibidos por la Administración anterior, pero aún se necesitan reformas más profundas para devolver a los tanzanos su libertad de expresión.

“El Estado tanzano siempre ha tenido un control férreo de todas las instituciones”, dice Buguzi. “Magufuli, simplemente, se aprovechó de este hecho para aumentar todavía más su poder. No era difícil. Partiendo de esa base, creó una serie de leyes estrictas para controlar los medios de comunicación tradicionales e incluso a los usuarios de internet. Por ejemplo, desde julio de 2020, no podemos hablar sobre pandemias o desastres a no ser que el Gobierno nos lo autorice”.

—¿Por eso muchos médicos tanzanos no quieren hablar con nosotros, los periodistas, a pesar de que ahora tienen, en teoría, libertad para reconocer que el coronavirus está presente en Tanzania? —preguntamos a Buguzi.

—Las leyes que he nombrado todavía permanecen en el Código Penal. Incluso después de la muerte de Magufuli, muchos tanzanos no se sienten seguros. No tenemos claro si podemos hablar con libertad o no. En realidad, solamente unos pocos doctores se atreven a opinar libremente. El régimen anterior creó una atmósfera de miedo. Y se aseguró de que ese miedo fuese grande. Miedo verdadero.

—Para los médicos de Tanzania debe ser frustrante trabajar con su libertad de expresión reducida y pocas medidas sanitarias en las calles…

—No estoy de acuerdo. He hablado con muchos trabajadores sanitarios. Mi conclusión es que ellos, como la inmensa mayoría de la población tanzana, no identifican el coronavirus como un problema importante para este país. Muchos tanzanos ahora piensan que la covid–19 ataca únicamente a las personas occidentales. Y, como los hospitales no están tan abarrotados de pacientes con la enfermedad, los médicos no están demasiado preocupados por ella.

Según Buguzi, los tanzanos simplemente quieren olvidarse del coronavirus cuanto antes. Sin mirar atrás.

Puedes seguir a PLANETA FUTURO en Twitter, Facebook e Instagram, y suscribirte aquí a nuestra ‘newsletter’.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS