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Consumo
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Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Lo que se aprende al comer legumbres o llevar mascarilla

A veces nos sorprendemos al escuchar a negacionistas del calentamiento global o del coronavirus, sin percatarnos de que con algunas de nuestras decisiones diarias nos convertimos en algo similar, resistiéndonos a pequeños cambios que benefician a todos

Una protesta en Buenos Aires frente a la embajada China por un acuerdo a favor de la ganadería intensiva.
Una protesta en Buenos Aires frente a la embajada China por un acuerdo a favor de la ganadería intensiva.Juan Ignacio RONCORONI (EFE)

Lo hemos visto recientemente con la polémica campaña Menos carne, más vida. Mientras compramos un coche eléctrico de última generación porque queremos ser más neutros, nos cuesta ver el impacto de nuestro plato de comida, que cada vez es menos local y de temporada. Mientras se apoyan políticas billonarias de construcción de energías renovables, dudamos de datos científicos más que contrastados sobre la principal fuente de emisiones y de pérdida de biodiversidad a escala mundial: nuestro sistema alimentario y los cambios de uso del suelo que provoca.

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Es difícil comunicar sobre un reto complejo como la transformación de nuestros hábitos alimentarios, en el que existen tantos grupos de interés y tantos matices y en el que las consecuencias no se ven a corto plazo. A los medios les cuesta profundizar en cómo nuestras decisiones influyen en el cambio climático que está detrás de las olas de calor, inundaciones o incendios.

Seguimos denominando con las palabras genéricas “carne” o “ganadería” a todo un universo de opciones. Sin embargo, no tiene el mismo impacto en nuestra salud ni en la del planeta la oveja que pasta en la dehesa, que el cerdo de macrogranja alimentado con pienso de soja transgénica importada desde la Amazonía. No son iguales los huevos de gallinas de corral, que los de 23.000 millones de pollos de engorde, con tratamientos de hormonas y antibióticos.

Las campañas no dudan de que la ganadería extensiva es necesaria para mantener ciertos ecosistemas naturales, como es el caso de los rebaños de ovejas y cabras en las dehesas que tenemos tan cerca. Es el que crea más empleo, fija población en los pueblos y mantiene el territorio. Durante mi viaje a las 28 provincias con mayor despoblación entrevisté a muchos de estos pastores, que conocen el carácter de cada una de sus ovejas y que casi mantienen el oficio por devoción, más que por ganancia. Las dificultades administrativas, el papeleo y el elevado margen de los intermediarios provoca que no lleguen a ser competitivos con la industria cárnica.

Lo mismo ocurre con la agricultura, que va abandonando las prácticas tradicionales de cuidado de la tierra, para pasar a una agroindustria en la que se desperdicia alrededor del 30% de la producción y en la que puede que el productor solo reciba el 1% de lo que pagamos. La nueva Política Agraria Común (PAC) europea sigue sin resolver estos fallos de mercado y sin incorporar las externalidades negativas de lo que compramos. Aunque haya jóvenes que se atrevan a trabajar en el sector primario, el mercado les arrastra a sistemas intensivos de producción agraria y ganadera, en los que la ganancia llega de la cantidad más que de la calidad, en los que no premiamos el cuidado de nuestra salud y la de los ecosistemas.

Y así los pueblos se han vaciado de personas dedicadas al pastoreo y a la cultura agrícola. Y se vacían las dehesas de rebaños, para llenarse de paneles solares y monocultivos. Y nuestro paladar y bolsillo van prefiriendo los tomates que no saben a tomate y los embutidos procesados para los que solo hay que abrir un envoltorio plástico que nos devolverá el mar en 30 años.

Parece inherente a la condición humana pensar que aspirar a vivir mejor es hacer cotidiano lo que para nuestros abuelos era excepcional

Parece inherente a la condición humana pensar que aspirar a vivir mejor es hacer cotidiano lo que para nuestros abuelos era excepcional; es acercarnos lo más posible a la forma de vida que proyectan las personas con más recursos. Esto provoca que miles de millones de personas habitemos el planeta muy por encima de las capacidades que este puede soportar, y que los otros miles de millones quieran acercarse a ese perfil.

En lo relativo a la alimentación, la demanda diaria de proteína animal, en cantidades mucho mayores de las que necesitamos para tener buena salud, ha disparado la creación de macrogranjas y sobreexplotación pesquera. Los datos sobre el impacto de la ganadería intensiva en las emisiones, deforestación, contaminación por químicos o monocultivos para pienso se vienen repitiendo hace más de una década. Al igual que el daño de la pesca de arrastre que ya no solo explota los océanos, sino que libera casi tres millones de toneladas de CO² al día.

Pero, ¿cómo ser capaces de frenar nuestras ansias por devorarnos la Tierra en un par de generaciones como si no tuviera límites suficientemente marcados? En definitiva, ¿cómo vencer nuestra inmunidad al cambio como humanidad?

La pandemia es algo mucho más cercano y visible que lo es el cambio climático. Cada habitante del planeta ha tenido que estar en confinamiento y conoce a alguna persona fallecida por covid-19, más o menos cercana. Ya sabemos que se trata de un virus de transmisión aérea, que incluso vacunados podemos contagiar y que la mascarilla resulta imprescindible. El hábito de la mascarilla, ventilación y distancia es mucho más claro, inequívoco y temporal que los que tenemos que adquirir para revertir el cambio climático. Sin embargo, nos cuesta mantener la mascarilla por encima de la nariz, saltamos de alegría cuando quitan la obligatoriedad, cerramos las ventanas para mantener la temperatura y aún en medio de la quinta ola nos cuesta ver que cualquiera puede ser vector de contagio.

Estos meses de pandemia con una ola tras otra nos demuestran que cambiar hábitos no es tarea fácil, y que tampoco lo es percibir el impacto positivo que pueda llegar a tener la suma de los cambios individuales.

¿Carne o pescado?

Hace unas semanas participé en un encuentro presencial con un centenar de representantes de todos los sectores, desde administración a empresa, desde universidades a emprendimiento. Nos unía la intención de transformar la realidad viendo las consecuencias de la pandemia (aunque solo un 4% llevaba mascarilla en espacios abiertos). Para elegir el menú de la cena, la pregunta era “¿carne o pescado?”. En la España rural, sin costa cercana y sin dar más explicación sobre qué carne era. “¿Carne o pescado?”.

A nadie le extrañó la pregunta ni se hicieron intentos por cambiar el menú al de huerta castellana de temporada. Solamente una persona preguntó por opciones vegetarianas y otra se interesó por la procedencia de los alimentos y porque no sobrara comida. Si ésta es una elección puntual de agentes de cambio preocupados por temas ambientales, ¿cómo será la decisión cotidiana de familias que necesitan llenar el carro de la compra al menor coste posible y sin tiempo para cocinar? La respuesta está en la compra de productos procesados y envasados, sin mirar procedencia, ni huella, ni cómo es la carne.

Sería clave comenzar a introducir las externalidades negativas en los precios y acelerar políticas públicas valientes

La pandemia ha sido la alarma más clara, global y simultánea posible. Sigue y seguirá sonando aún dramáticamente en muchos países, recordándonos que no será la última crisis, si continuamos sin garantizar una base social justa para todas las personas, dentro de los límites que nos marcan los ecosistemas. Unos límites que hemos sobrepasado, como nos enseñan también las más de 700 muertes por calor en Canadá, las inundaciones en Alemania, los incendios en Siberia o un Amazonas que ahora emite más CO² del que es capaz de capturar.

Sería clave comenzar a introducir las externalidades negativas en los precios, acelerar políticas públicas valientes, y darnos cuenta de que si logramos como consumidores que una marca se enriquezca, también podemos beneficiar a los pequeños agricultores de cercanía que cuidan de nuestras raíces y de la tierra.

Para la transformación radical que necesitamos, no bastará con esperar políticas millonarias del transporte eléctrico, ni una vacuna que nos salve del cambio climático, ni serán suficientes las políticas coercitivas. Para la regeneración que compense la deuda ecológica acumulada nos necesitamos unos a otros, cambiando la manera en la que como ciudadanía y como organizaciones habitamos el planeta. Nuestra alimentación o el uso continuo de mascarilla son ejemplos claros de cómo pequeños hábitos adquiridos globalmente pueden llegar a ser tan significativos a la hora de vencer la inmunidad al cambio que tenemos como sociedad.

Rosa Castizo lleva trabajando 16 años en desarrollo sostenible y cambio climático para América Latina. Impulsa la regeneración rural y la innovación social a través de iniciativas de incidencia y emprendimiento.

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