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La vacunación vista desde África: cuando el mundo era liviano (y egoísta)

El Instituto Serum de la India ha decidido reducir drásticamente su exportación de vacunas contra el coronavirus, por lo que muchos países en desarrollo no las recibirán a tiempo. En Kenia se esperan para 2023 y sobre lo que eso significa y dice sobre el mundo habla la autora desde Nairobi

Un cartel anuncia las vacunas gratuitas contra la covid-19, durante el lanzamiento oficial de la campaña de vacunación de los sanitarios del Hospital Nacional Kenyatta (KNH), en Nairobi, Kenia, el 5 de marzo de 2021.
Un cartel anuncia las vacunas gratuitas contra la covid-19, durante el lanzamiento oficial de la campaña de vacunación de los sanitarios del Hospital Nacional Kenyatta (KNH), en Nairobi, Kenia, el 5 de marzo de 2021.DANIEL IRUNGU / EFE

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Y mientras mis vecinos kenianos se bañan y chapotean en una piscina de agua azulada —reminiscencia de cuando el mundo todavía era liviano— fuera, en el mundo de ahí fuera, lejos de las viviendas de ladrillo y azulejos, lejos de las cada vez más escuetas zonas verdes de una ciudad otrora poblada de naturaleza, el mundo que creíamos conocer se desvanece; enrocado en una fortaleza de miedos y asperezas.

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Se espera que Kenia vacune a cerca de 16 millones de habitantes —cifra equivalente al 33% de su población— para mediados de 2023. Dieciséis millones de personas en un periodo de dos años que hoy parecen un abismo. Qué sucederá hasta entonces —en términos de variantes, mutaciones, miles de vidas perdidas— nadie puede, sabe o quiere predecirlo.

Hace unos días el Instituto Serum de la India decidió reducir drásticamente su exportación de vacunas debido a un aumento exponencial de contagios dentro de sus fronteras, con más de 50.000 casos diarios. Y pese a que está en todo su derecho de hacerlo —ha exportado más de 60 millones de dosis a unos 75 países, desde Yibuti a Nepal pasando por el Reino Unido— este movimiento implica que quienes viven en los mal llamados países de segunda, en esas zonas nebulosas a las que se tacha de empobrecidas al tiempo que se expolian sus recursos, tampoco recibirán sus vacunas a tiempo.

Covax, el organismo diseñado para garantizar un reparto más equitativo en países de medios y bajos ingresos, estima que este parón en las exportaciones provocará entre marzo y abril un retraso de al menos 100 millones de dosis de AstraZeneca. Cien millones de salvavidas en naciones donde, tras un inicio de campaña simbólico o inexistente, trabajadores en primera línea siguen muriéndose de covid, ancianos no han sido inoculados, nadie vislumbra un plan de vacunación en el horizonte más allá de los nubarrones de una tercera ola más contagiosa y mortífera que la de hace un año.

“No existe en absoluto ninguna necesidad, ninguna en absoluto, para que la humanidad inicie una guerra de vacunas”, alertó el pasado día 25 John Nkengasong, virólogo camerunés y director de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de África (África CDC). “Todos seremos perdedores [si eso sucede]”, auguró Nkengasong, pese a ser consciente de que —como demuestra la historia— siempre hay vencedores y siempre hay vencidos.

Ya sucedió con la epidemia de sida. Solo a partir de 2003 se permitió la producción de medicamentos antirretrovirales genéricos, lo que significó que hasta esa fecha cientos de miles de kenianos en cuerpos esqueléticos murieron por no poder acceder a un medicamento asequible. Desde 1995 el mundo disponía de tratamientos efectivos, pero durante años mantuvo deliberadamente su coste en más de 10.000 dólares anuales.

Un centenar de países —liderados por India y Sudáfrica— han solicitado en repetidas ocasiones a la Organización Mundial de Comercio (OMC) eliminar los derechos de propiedad intelectual sobre las vacunas anticovid. Sin embargo, el grueso de países de la UE y EEUU, Brasil o Australia, entre otros, se oponen a ello

Desde octubre de 2020, un centenar de países —liderados por India y Sudáfrica— han solicitado en repetidas ocasiones a la Organización Mundial de Comercio (OMC) no caer en el mismo error y eliminar los derechos de propiedad intelectual sobre las vacunas contra el SARS-CoV-2. El objetivo: dar licencia de producción a otros laboratorios farmacéuticos, acelerar su distribución global, salvar —a toda costa— decenas de miles de vidas. Sin embargo, el grueso de países de la Unión Europea, Estados Unidos, Brasil o Australia, entre otros, se oponen a ello.

“Existe un imperativo económico que hace que estemos todos en esto”, aseguró hace unos días el doctor británico Anthony Costello, anticipando que tras el Brexit su país isleño deberá comerciar más con África. Un imperativo económico —dijo— que no ético, ni moral, ni humano. Porque ¿qué nos queda ético en Occidente tras la guerra de Siria, de Yemen, de una irreconocible Libia? ¿Qué nos queda de humano cuando aceptamos que el mar Mediterráneo vomite muertos?

Paradójicamente, farmacéuticas como Moderna, fundada hace poco más de una década, espera recaudar 18.400 millones de dólares en 2021 con la venta de su vacuna. Más de 15.500 millones de euros. Un beneficio inaudito fruto de un producto que no duda en comercializar a más de 30 dólares las dos dosis, haciéndola inasequible para países con pocos recursos que han tenido que optar por la de AstraZeneca: de refrigeración más sencilla y a un precio “sin ánimo de lucro” hasta que se declare el fin de este brote. ¿El final de la pandemia? ¿Dónde?

Los países que ahora están vacunando a personas jóvenes y sanas con bajo riesgo de enfermar lo están haciendo a costa de la vida de sanitarios, ancianos y grupos de riesgo de otros países, denunció el pasado lunes el director general de la Organización Mundial de la Salud

Estados Unidos acumula para sí mismo decenas de millones de dosis de AstraZeneca pese a que su uso todavía no ha sido autorizado dentro de sus fronteras. Solo una vez disponga de suficientes inyecciones para inmunizar a toda su población adulta —hito previsto para el próximo 1 de mayo, según anunció el presidente Joe Biden— se planteará donar a socios estratégicos o a través de Covax un excedente de al menos 600 millones de dosis.

Por esas mismas fechas —con una Norteamérica ya inmunizada— decenas y decenas de países del sur global seguirán esperando a que cambie su suerte, lo que en el continente africano podría ocurrir a finales de año con la llegada de 220 millones de dosis de la vacuna de Johnson & Johnson, y otros 180 millones de dosis antes de que acabe 2022, según un acuerdo firmado con la Unión Africana.

“Los países que ahora están vacunando a personas jóvenes y sanas con bajo riesgo de enfermar lo están haciendo a costa de la vida de sanitarios, ancianos y grupos de riesgo de otros países”, denunció el pasado 22 de marzo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS). “La distribución desigual de las vacunas no es solo una aberración moral, sino también económica y epidemiológicamente contraproducente”, añadió el etíope.

Sin duda, y lo vemos cada día, el virus de la covid-19 muta, evoluciona, mientras sigue matando (nos). Por lo que si no nos esforzamos por erradicarlo cuanto antes —en un Nairobi confinado, pero también en Manaos, Bérgamo o en Lahore— volverá para buscarnos. Un solo contagio y un puñado de contactos, como quizá sabe mejor que nadie la República Democrática del Congo (RDC) en su lucha contra el ébola, son suficientes para que se desate una nueva epidemia. Y ni nuestro atávico egoísmo, ni el cierre de fronteras, ni caducos anticuerpos podrán salvarnos.

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