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COLUMNA

Caminantes ciegos

Frente al nacionalismo opaco, está bien recordar que las decisiones que salvaron la democracia tras las guerras mundiales fueron las que combatieron la desigualdad

La nueva escultura de Banksy en el centro de Londres. ANDY RAIN (EFE)

“Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”. Así presentaba Christopher Clark Sonámbulos, magnífica obra sobre cómo Europa fue hacia la Gran Guerra. El libro recorre con minuciosidad ese cómo, escudriñando los movimientos de los diferentes líderes políticos y sus mensajes inexactos, que buscaban atraer la opinión pública de sus países y contribuyeron a una locura colectiva donde miles de personas vitoreaban la guerra antes de la guerra, todavía ajenos a su horror. La suma de decisiones y acciones de un momento, alimentadas durante años con miedo, inseguridad y venganza, abrieron paso al odio y terminaron desencadenando la guerra.

De cómo los vigilantes ciegos caminaron hacia el abismo fue el título de la reseña que escribí en 2014 sobre Sonámbulos. Y creo que esa imagen es la que me ha hecho pensar en el libro de Clark estos días, desde la aparición de la estatua de Banksy en Londres. Como muchas de sus obras, surgió de manera casi imposible. De madrugada, en pleno centro, sin autorización, sin llamar la atención. Amaneció en Waterloo Place, a dos pasos de Downing Street, junto a sedes gubernamentales, monumentos oficiales y memoriales históricos que apelan al Imperio británico. Un hombre marcha con paso decidido portando una bandera. Uno de sus pies pisa con fuerza en el aire, camino del vacío, rumbo a un abismo que no ve. La bandera se ha enredado en su rostro, dejándolo ciego.

La estatua, dicen, es una crítica al nacionalismo exaltado, a quienes se envuelven en la bandera y, cegados ante lo demás, se asoman al abismo. Un mensaje dirigido de manera especial a los políticos que promueven y se aprovechan de este tipo de nacionalismo y nos arrastran al caos. ¿A quién no se le ocurre una larga lista de posibles destinatarios de esta crítica, políticos ciegos a las consecuencias de sus decisiones, adictos a los mensajes inflamables que promueven el odio?

Frente al nacionalismo cegador, está bien recordar que las decisiones que salvaron la democracia tras las guerras mundiales fueron las que combatieron la desigualdad y fomentaron la confianza en el otro y en las instituciones. Pero también que los políticos no son los únicos que construyen y destruyen democracia. Con nuestras acciones y omisiones, con lo que normalizamos y lo que no, todos contribuimos a defender la ciudadanía o a caminar hacia el abismo.

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