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COLUMNA

Prioridad racional

Cualquier simpleza política puede terminar convirtiéndose en veneno social, como el discurso ultra sobre los inmigrantes

Colas de inmigrantes del pasado 20 de abril en el Ayuntamiento de Valencia para tramitar su regularización.Mònica Torres

Ese concepto de prioridad nacional introducido en nuestra política en las últimas semanas por el populismo de derechas apela a un tópico. El lema de colocar tu castellanía por encima de cualquier mestizaje no es ajeno a nuestro pasado. También en todas las esquinas del planeta siempre hay alguien que quiere escuchar que sus políticos priorizan su pedigrí sobre el resto de perros callejeros. El último gran éxito de esta deliciosa engañifa fue la gorra trumpiana del America First. A estas alturas, los miles de militares norteamericanos empantanados desde hace meses a la boca del estrecho de Ormuz empiezan a preguntarse qué parte de América tiene capital en Teherán. La angélica idea de que las bombas perseguían, en lugar del puro negocio, liberar a la población sometida a los clérigos iraníes ya ha sido descalificada. La represión se ceba con los jóvenes que se atrevieron a protagonizar las revueltas contra el poder religioso, que ahora son presentados como traidores a la patria. Igual que los dos líderes con más ascendente sobre Trump, Putin y Netanyahu, también los ayatolás utilizan la guerra y el patriotismo que desencadena para eternizar su permanencia en el poder.

Los arrebatos de nacionalismo primario provocarían la risa si los ciudadanos no los consumieran como golosinas. Si algo ha traído la elección de Trump es la explosión imitatitva de un lenguaje agresivo, plagado de insultos y descalificaciones a los rivales. La política española se tensiona artificialmente con violencia verbal, que es la que siempre precede a la física. Bastó ver un campo de fútbol pitando el himno de la selección que se enfrentaba a la nuestra en un partido amistoso con gritos masivos contra los musulmanes para entender que la lluvia hipernacionalista ha calado hasta los huesos entre nuestros jóvenes menos sofisticados. Como los clérigos en Irán, aquí algunos están apelando a la españolidad para enfrentarlos a los demás. Si en los colegios se empieza a insultar a los compañeros de pupitre que proceden de orígenes diversos es porque los niños interpretan que la idea de prioridad nacional les concede preeminencia. Y es que cualquier simpleza política puede convertirse en veneno social.

Los jóvenes se someten a diario a la disciplina académica que basa su método de clasificación en medir el conocimiento sobre una materia. Ellos comprenden rápido que el sobresaliente no es para quien más grita, sino para quien más sabe. Una sociedad sana funciona igual. Si el mejor futbolista español del momento es hijo de inmigrantes sucede por mérito de calle y descaro. También es guineano el elegido mejor escanciador de sidra en Asturias y el mejor cortador de jamón era un nacido en Ecuador, por hablar tan sólo de dos disciplinas que uno identificaría con la españolidad. La reivindicación de la prioridad nacional es una traslación del enfado de algunos españoles cuando llegan a la sanidad pública o la ventanilla de Tráfico y perciben que en la cola de espera no todos tienen su mismo color. De una manera automática calculan lo que avanzaría su turno si los apellidos López o Gómez tuvieran prioridad. Si nadie les sacude de la ensoñación, salen del ambulatorio convertidos en nacionalistas acérrimos. Por eso, el colegio es siempre la pieza más importante del puzle social, porque de ahí se tiene que salir convencido de que el más trabajador, el más esforzado y el más inteligente obtiene mejor nota. Pero si se ha falseado hasta el mérito colegial, muchas veces vencido por el clasismo y la cartera de papá, sospechamos que la trampa está a punto de convertirse en idea fija.

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