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TRIBUNA

Trump, las palabras y las cosas

El presidente de EE UU da tumbos constantes porque su única estrategia es satisfacer su ego

Trump, el miércoles durante su comparecencia en la Casa Blanca sobre la guerra con Irán.Alex Brandon (AP)

1. Es difícil leer la política internacional cuando el primer plano, donde viene figurando Estados Unidos, lo ocupa un personaje delirante como Donald Trump, incapaz de sostener un argumento o definir una estrategia, de modo que nunca se sabe hasta dónde quiere llegar y menos todavía el modo de conseguirlo. La puesta en escena es conocida: el despliegue sin límites de una personalidad que transmite un ego desbordado por la necesidad de reconocimiento del que vive a distancia de la realidad, instalado en la autocomplacencia e incapaz de leer los límites: hasta dónde se puede llegar, hasta dónde pueden estar dispuestos a ceder los adversarios.

Sus enfáticas apariciones carecen de lógica. Trump entra convencido de ser el más fuerte, pero no sabe cómo mantener la posición (convencido de que se sostiene por sí sola con su atrabiliaria presencia), y se encharca con suma facilidad con serias consecuencias para Estados Unidos. Por fin, aparecen los primeros indicios de que la exhibición de frivolidades de Trump empieza a cundir en América y está decayendo la imagen de un personaje que deslumbra con su descaro y seduce a amplios sectores de las clases medias y populares que buscan en el autoritarismo el espacio donde encontrar el amparo en una sociedad en la que se sienten en riesgo.

Dicho de otro modo, Trump es la ruidosa versión americana del desplazamiento del electorado hacia la extrema derecha que vive Europa, donde conservadores, democristianos, liberales y socialdemócratas y los grupúsculos de izquierda han perdido el pulso a la realidad, incapaces de transmitir confianza y perspectivas a la ciudadanía. Trump ha pillado al Partido Demócrata a contrapié (la siesta de Joe Biden tiene su parte de responsabilidad), pero las alternativas europeas también están estancadas, en un momento en que se necesita atrevimiento para desafiar el giro autoritario dominante. Y, por eso, es justo reconocer el gesto de Pedro Sánchez intentando reactivar a la socialdemocracia y contribuyendo de este modo a una reacción contagiosa que ha llevado a los países europeos a desmarcarse de la agresión a Irán.

2. Ha vuelto el “No a la guerra”, una señal que pone en evidencia los límites de Trump: desde la guerra de Vietnam no había habido un desmarque tan claro de Europa respecto al belicismo americano. Y Estados Unidos se encuentra atrapado por las maneras de un presidente completamente desaforadas en los tiempos que corren. No es exagerado decir que el primer beneficiario de esta fuga de la realidad es China, la potencia al alza, que contempla los acontecimientos con un ejercicio nada inocente de prudencia y distancia, convencida de poder capitalizar los mejores dividendos de una operación nihilista condenada a fracasar.

Donald Trump no tiene otra estrategia que la autosatisfacción de un ego incapaz de conectar con los demás. Él decide qué son el bien y el mal, perfectamente moldeables en razón de sus caprichos, el principal de ellos la necesidad de reconocimiento inmediato. De ahí sus tumbos constantes. Cuando la resistencia persiste, cambia los objetivos con toda frivolidad: hoy vamos a por todas, en dos semanas la guerra se habrá terminado, o, simplemente, nos vamos y a otra cosa, mariposa.

De momento, lo que Trump ha conseguido es que Europa se distancie de Estados Unidos en la guerra de Irán, hasta el punto de declararse ajena al conflicto, poniendo en evidencia que el autoritarismo del presidente americano no arrastra. Trump ha caído en la trampa de Benjamín Netanyahu, el insolente líder de Israel que, este sí, cuando amenaza va a la guerra de verdad. Y que además, en una utilización maligna de la memoria del pueblo judío para presentarse como intocable, se considera autorizado a desbordar cualquier límite. La promesa de Netanyahu —y él sí que cumple sus promesas— de destruir todas las viviendas de Líbano que estén en la zona fronteriza es un crimen contra la humanidad, ejemplo de la agresividad del personaje. Ya lo hizo en Gaza, y todo el mundo miró a otra parte.

Trump está agotando la dinámica de promesas, amenazas y sinsentidos con los que ha construido su presidencia. Y dentro y fuera de Estados Unidos se multiplican los indicios razonables de que su declive ha empezado. A pesar del temor reverencial con que Europa mira casi siempre a Washington, esta vez se ha desmarcado del belicismo americano. Es una oportunidad que llega en un momento difícil, con el neofascismo al alza y las izquierdas desdibujadas y cuando algunos, como Feijóo, sin ir más lejos, hacen grotescos equilibrios con la guerra de Irán: no pero sí: “No a la guerra, pero que gane Trump”. La resistencia europea ha provocado otra salida de tono del presidente estadounidense: habrá que “retirar a Estados Unidos de la OTAN”. Otra amenaza que no se cumplirá. Con Trump, la distancia entre las palabras y las cosas es ilimitada.

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