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Columna

Lecturas en el cuerpo

Casi todo lo que he leído y me ha calado de algún modo ha dejado en mí una huella física. Así fue con António Lobo Antunes

El escritor António Lobo Antunes en noviembre de 2010 en Lisboa.PEDRO LOUREIRO (GETTY IMAGES)

Ha muerto António Lobo Antunes. La noticia me devuelve a un tiempo pasado que parece de otro siglo. Trabajaba en el ayuntamiento de Granollers en lo que hasta la fecha había sido mi mejor empleo y un sueldo que me permitía mantenerme a mí y a mi hijo. Cubría todos los gastos de techo, alimento y educación y de vez en cuando algún capricho, pero siendo una microfamilia monoparental sin pensión de alimentos, no podía comprar el periódico. Aspiraba entonces a cosas así: a poder llegar a ser una de esas personas que los sábados y domingos por la mañana se hacían con EL PAÍS (está mal que lo diga aquí pero era mi diario de referencia entonces) y disfrutaban de la lectura sosegada. El dueño de la cafetería a la que íbamos a desayunar, que había estudiado historia y era de familia trabajadora y gran lector, me guardaba ejemplares del diario, cuando siempre había uno en cada bar y cada café. De todo lo que leía entonces me quedaron grabados unos relatos largos que publicaba Lobo Antunes. No sabía quién era, si importante o no. Yo lo conocía por sus textos, por el ritmo que tenían, una prosodia particular. No recuerdo nada en concreto. Al cerrar los ojos toco el papel, huelo el aroma del café, veo las letras impresas y todo mi cuerpo revive ese instante. Casi todo lo que he leído y me ha calado de algún modo ha dejado en mí una huella física.

Ha muerto Lobo Antunes y a mí me ha dado nostalgia por esos años en los que estaba todo por hacer y he querido viajar en el tiempo y volver a leerlo. Internet y las hemerotecas lo permiten. Grave error porque he abierto dos colaboraciones del portugués que nada tiene que ver la una con la otra. En la primera, titulada Cómo son las mujeres, muestra un desprecio brutal contra la que debió ser su compañera de toda la vida, esa violencia que sienten algunos hombres cuando se dan cuenta de que han dejado de desear a la esposa. Compara a las mujeres con teléfonos estropeados a los que se podría arreglar golpeándolos contra la mesa. Después he dado con otro artículo titulado La mejor es la única buena, sublime descripción de la búsqueda de la voz literaria. Ojalá haber leído primero esta última y seguir con el recuerdo intacto de la particular cadencia de su prosa. Como el hermoso título de uno de sus libros “¿qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?”

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