Ir al contenido
_
_
_
_
COLUMNA

Orgullo de empollona

Mujeres que se dirigen sin complejos a otras como ellas se han reapropiado el término

La escritora Sara Barquinero, en febrero de 2024. Álvaro García

“Siempre he sido una empollona”, dijo hace unos días la escritora Sara Barquinero a Sergio C. Fanjul en este periódico. La autora acaba de publicar La chica más lista que conozco, un libro sobre una joven que acaba envuelta en un grupo de universitarios crueles y cultos, y explica que siempre le gustaron “esas novelas que dicen cómo empieza el curso, qué asignaturas tienen los protagonistas, qué notas sacan, ese tipo de cosas”. Barquinero es doctora en Filosofía con una tesis sobre lo sublime kantiano y su anterior obra pesó cerca de un kilo. A las autoras siempre se les ha presupuesto la sofisticación intelectual, pero últimamente estamos viendo cómo ―especialmente dentro de la cultura digital― el término empollona se lo han reapropiado mujeres que lo exhiben orgullosas y se dirigen sin complejos a otras como ellas, sin rastro de ese origen despectivo ligado al colegio. Tampoco parece que sientan ya la necesidad de encajar con los tópicos de la alta cultura, tradicionalmente masculina. Son nerds cómo y sobre lo que a ellas les parece.

Pienso, por ejemplo, en Carmen Urbita y Ana Garriga, Las hijas de Felipe, dos intelectuales que se conocieron en la Universidad de Brown, adonde acudieron para estudiar a las monjas del Barroco y a cuya divulgación han dedicado, aparte de su obra académica, un popularísimo podcast y un libro recién publicado, Instrucción de novicias. Pienso también en Inés García y Paula Ducay, las Punzadas sonoras, graduadas en Filosofía, que triunfan con su programa dedicado a explorar temas culturales de forma fresca y encomendadas a Roland Barthes, cuya inopinada reedición española de Fragmentos de un discurso amoroso han provocado. Reconocen su inspiración en Deforme Semanal, que llena teatros con su revisionismo cultural feminista. También al análisis del mundo contemporáneo se dedica otra referencia, Ciberlocutorio. Como era previsible, el formato escrito (especialmente la plataforma Substack, efervescente de jóvenes autoras) es popular entre las empollonas, pero fue el formato conversacional el que les sirvió como refugio donde desatarse y encontrar a su audiencia. El truco ha consistido en ser divertidas. Que es solo otra forma más de demostrar la inteligencia, como dice la escritora Carmen Pacheco —que igual habla de física que de alquimia o literatura en su newsletter Flecha—. Noelia Ramírez, creadora junto a Begoña Gómez Urzaiz de Amiga date cuenta, reflexiona sobre la dualidad de la empollona en su ensayo Nadie me esperaba aquí: “Entre las paredes de nuestro noveno piso siempre fui la buena estudiante, la lectora y la ejemplar delegada de clase, con notables en historia y dieces en griego. La que limpiaba el polvo y el baño cada sábado por la mañana para vivir la calle sin restricciones”.

“Empollona. Repelente. Lista. Todo, incluso los halagos, puede arrojarse como insulto. A la defensiva, te acostumbraste a ocultar cuánto te apasiona aprender”, escribió Irene Vallejo, que fue víctima de bullying y se vengó retroactivamente de sus acosadores escribiendo una declaración de amor a los libros que se convirtió en un superventas, El infinito en un junco. Nos fijamos mucho en el internet de los influencers inanes dispuestos a todo con tal de vendernos algo, pero hay mucha esperanza en esos miles de chicas que escuchan estos podcasts, se suscriben a esos boletines, cultivan sus lecturas en Goodreads, encuentran aspiracionalidad en la inteligencia, se ríen y no se avergüenzan de ello en absoluto.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_