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Columna

La ‘pobre’ Cargill y los ‘violentos’ indígenas

Al conquistar una victoria en la lucha contra la privatización del río Tapajós, los pueblos amazónicos son tratados como vándalos en un año electoral en Brasil

Un hombre empuña una lanza frente a una barricada instalada en el acceso a la terminal sojera de la empresa Cargill, en Santarém, en el Estado brasileño de Pará.Adriano Machado (REUTERS)

Los dos periódicos más importantes de Brasil empuñaron sus editoriales del 24 y 25 de febrero para subrayar, en año electoral, que los indígenas deben recordar cuál es su lugar en el proyecto de las élites. Respondían a la decisión del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva de derogar un decreto que autorizaba estudios técnicos para otorgar la concesión de vías fluviales en el río Tapajós a empresas privadas. El decreto ponía en manos privadas la responsabilidad de la navegabilidad (incluyendo dragados) de un río que es el hogar de decenas de pueblos originarios y ribereños, además de miles de especies, como el manatí amazónico, que está en grave peligro de extinción. Otros dos ríos de la Amazonia, el Madeira y el Tocantins, también estaban en el punto de mira. El Gobierno solo revocó su propio decreto tras un levantamiento de centenares de indígenas de 14 pueblos contra la “privatización del Tapajós”, que, entre otras acciones, incluyó un campamento frente a la terminal portuaria de Cargill, el gigante estadounidense de la soja, en el municipio de Santarém. El 21 de febrero ocuparon también el interior. En total, el levantamiento indígena duró más de un mes. Acto seguido, los periódicos O Globo y Folha de São Paulo dejaron claro que, cuando los indígenas afectan al capital, su derecho a protestar deja de ser legítimo y se vuelve antidemocrático.

“Lula se equivoca al ceder al chantaje de los grupos indígenas”, reza el titular del editorial de O Globo. “Lula cede ante los alborotos y paraliza proyectos de infraestructura”, afirma el titular de Folha. “No se puede tolerar que se invadan propiedades y se vandalicen empresas esenciales para el éxito del pujante sector agroindustrial brasileño”, enfatiza el principal periódico de Río de Janeiro. “Es legítimo que las comunidades tradicionales exijan consultas previas y expresen su preocupación por la seguridad alimentaria y el ecosistema. No obstante, estas demandas deben canalizarse por vías democráticas y no mediante amenazas a activos esenciales para la agroindustria”, defiende el principal periódico de São Paulo.

En los últimos años, los pueblos originarios han alcanzado espacios que hasta entonces les eran negados. Los artistas indígenas, por ejemplo, han ganado importancia y un lugar en las galerías de arte y exposiciones de Brasil y en el circuito artístico internacional, algo que hasta hace poco no habían logrado. Es un avance duramente conquistado por la lucha de sus pueblos, después de haber sido restringidos durante siglos a representaciones a menudo racistas y colonizadoras de artistas blancos. Se han vuelto lucrativos para este mercado voraz. Y, de esta forma, no amenazan al capitalismo.

Los propios periódicos que escribieron estos editoriales tienen ahora indígenas en sus páginas, en la Folha incluso como columnistas, en consonancia con el espíritu de la época. Pero cuando los indígenas se enfrentan a las corporaciones depredadoras de la Amazonia y otros biomas, las palabras cambian: “chantaje”, “alborotos”, “vandalismo”, “truculencia”, “fuerza bruta”. En este caso, el presidente no reconoce la legitimidad de las reivindicaciones, como parte del funcionamiento de la democracia, pero cede a los “chantajes” o a los “alborotos”.

Cargill tiene dos puertos en esa región amazónica, uno construido en 2003 y otro en 2017 sin escuchar a las poblaciones afectadas. Solo en 2024, Cargill y otras nueve multinacionales de la agroindustria dejaron de pagar al Gobierno brasileño al menos 4.200 millones de dólares en exenciones fiscales, lo que muestra dónde está la prioridad del proyecto del país. El paisaje está cambiando: grandes extensiones de selva se han convertido en monocultivo de soja, alterando brutalmente los modos de vida de las comunidades tradicionales y comprometiendo el futuro de todos. Si el proyecto hubiera tirado para adelante (y sabemos que puede volver), el dragado del río Tapajós removería un fondo contaminado por el mercurio de la minería ilegal de oro, que ya causa deformaciones en los fetos y enfermedades de todo tipo en la población mundurukú. También la relación de los pueblos, humanos y no humanos, quedaría aún más comprometida. Todo ello serviría para facilitar la salida de la producción de Cargill y otras empresas.

No obstante, para los dos periódicos más importantes de Brasil los violentos son los indígenas. Cargill es solo una víctima de la violencia de los pueblos. Para componer textos inspiradores, los intelectuales indígenas son tendencia. Pero, si al defender la vida sus comunidades afectan los intereses de la agroindustria, son violentos, chantajean y levantan la veda a los alborotos.

No se trata de un arrebato de quienes se proclaman liberales, sino de querer conservar el poder y los privilegios; defender un proyecto de país que las organizaciones indígenas desafían. La estrategia ya se repitió con el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y los movimientos de los sintecho en ciudades como São Paulo, al igual que en las manifestaciones de 2013. El impasse es permanente: los indígenas solo son tolerables si no amenazan las estructuras de poder y la lógica capitalista; pero los indígenas solo podrán seguir existiendo si cambian las estructuras de poder y la lógica capitalista. Para unos el río es una mercancía para transportar otras mercancías, para otros es un pariente, un cuerpo, una vida. Para unos es invasión, para otros es recuperación.

En este momento, después de que el Congreso haya aprobado el inconstitucional “hito temporal”, que autoriza avanzar sobre tierras indígenas de pueblos que no se encontraban en ellas en 1988 (porque fueron expulsados o huyeron para escapar del exterminio) y haya desmantelado la protección medioambiental en Brasil, el foco de atención ahora es la minería en tierras Indígenas. Todo ello obedece al proyecto mayor de ampliar las reservas de tierra —y, por tanto, los beneficios— para el monocultivo de soja, la ganadería, el aceite de palma, los minerales y el uso de pesticidas, principalmente en la Amazonia.

Al alabar a Cargill y la agroindustria y catalogar a los indígenas de violentos, también se le envía a Lula el mensaje de que debe comportarse mejor en un año electoral. Hoy, Lula está empatado en las encuestas con Flávio Bolsonaro, el hijo del extremista de derecha y expresidente Jair, encarcelado por golpe de Estado. La prensa ya no tiene el poder que tenía, pero todavía es una influencia importante, lo que supone una gran responsabilidad. En tiempos de aceleración del colapso climático, los dos mayores periódicos de Brasil nos informan de que los que protegen la naturaleza son los violentos y los que la destruyen, las víctimas.

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