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TRIBUNA

Trump y Netanyahu abren la caja de Pandora en Irán

El ataque pretende crear una situación caótica que impida al régimen mantener el control de la situación, mientras se estimula a la población a que se atrevan a movilizarse para bloquear el país

Una columna de humo emerge del centro de Teherán después del ataque de Israel y Estados Unidos.Mehrnews (EFE)

Son muchos los motivos por los que se puede criticar al régimen iraní, pero eso no impide entender que el ataque lanzado nuevamente por Estados Unidos e Israel es un acto de agresión que viola el derecho internacional. No cabe entenderlo, como argumentan sus promotores, como un ataque preventivo para neutralizar amenazas inminentes antes de que se materialicen, no solo porque ese supuesto no se ajusta a las reglas vigentes del uso de la fuerza (legítima defensa y mandato del Consejo de Seguridad), sino porque la actual debilidad de Teherán hacía descartable cualquier acción ofensiva por su parte ante el temor de un castigo insoportable. Y menos aún se puede calificar de intervención humanitaria, como sostiene hipócritamente el heredero del último shah, Reza Pahlevi.

A diferencia de la denominada “Guerra de los Doce Días” (junio de 2025), la operación Furia Épica (para EE UU) o Rugido de León (para Israel) va mucho más allá de desbaratar el programa nuclear iraní, limitar su capacidad para fabricar misiles balísticos de largo alcance y cerrar el grifo por el que alimenta a sus peones regionales. Pretende, en línea con un plan que tiene más que ver con Benjamin Netanyahu que con Donald Trump, redibujar el mapa regional, echando abajo un régimen que cuestiona el statu quo vigente. Se confirma así que no se buscaba realmente un nuevo acuerdo (ya había uno que Irán cumplía escrupulosamente hasta que Trump lo invalidó en mayo de 2018), sino la eliminación de un enemigo. Para ello, aprovechando la debilidad de Teherán tras los golpes recibidos en su propio territorio y a través de Hezbolá, Hamás y Ansar Allá, ahora ambos mandatarios han decidido desarrollar una campaña general de acoso y derribo.

El extraordinario despliegue aeronaval estadounidense ya indicaba que en esta ocasión no se trataba de realizar un golpe quirúrgico como elemento adicional de presión para forzar al tándem Alí Jamenei-Masud Pezeshkian a que firmaran un nuevo acuerdo. Daba igual, por tanto, que Teherán estuviera dando claras señales de ir aceptando los términos que se le imponían en la mesa de negociaciones ―como el abandono del programa nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio―, aunque solo fuera para garantizar su propia supervivencia, tratando de revertir el malestar social a través del alivio de las sanciones internacionales.

Con un grupo de combate aeronaval en el Golfo liderado por el portaviones Abraham Lincoln ―encargado del ataque junto a los aviones israelíes― y otro en el Mediterráneo oriental, encabezado por el portaviones Gerald Ford ―más centrado en la interceptación de los misiles iraníes contra Israel― estamos ante la repetición de la táctica de “conmoción y pavor”. La eliminación de líderes, políticos y militares, y la destrucción de instalaciones nucleares y de fabricas de misiles, suprimiendo de paso las defensas antiaéreas y todos los medios ofensivos posibles, pretende crear una situación caótica que impida al régimen mantener el control de la situación, mientras se estimula a la población (crecientemente crítica con sus gobernantes) a que se atrevan a movilizarse para bloquear el país.

Lo previsible es que este primer ataque sea seguido por nuevas oleadas, en una dinámica que irá acompañada por represalias iraníes no solo contra Israel sino también contra los intereses estadounidenses en la región. A partir de ahí, se multiplican las incógnitas no tanto sobre la voluntad política ―los atacantes ya han mostrado que van a por todas y los atacados saben que se juegan su propia existencia―, como sobre las capacidades. Y en este plano Irán está inicialmente en desventaja. Sometido a sanciones desde hace tiempo y capitidisminuido militarmente por los ataques ya recibidos, Teherán parece menos capacitado para mantener el pulso con unos enemigos más dotados y con más músculo industrial para plantear una campaña prolongada.

Mientras Trump y Netanyahu pueden concentrar toda su atención en un solo país, Jamenei-Pezeshkian ya han lanzado misiles no solo contra Israel, sino también contra Arabia Saudí, Bahréin, EAU, Jordania, Kuwait y Qatar (países que habían pedido contención a Trump para evitar una confrontación regional que ahora parece ya declarada). Y por muchos problemas que puedan tener los primeros para disponer de un arsenal voluminoso y diversificado de drones, aviones y misiles, muchos más son lo que tendrán los segundos (contando con que nada parece indicar que ni Rusia ni China estén dispuestos a ir más allá de algunos apoyos puntuales). Esto lleva a pensar que, sumido en una guerra existencial, el régimen iraní empleará todo lo que tiene en sus manos para evitar su derribo, aunque eso quizás no lo libre de tener que aceptar más adelante un acuerdo aún más abusivo. Y, del mismo modo, los agresores seguramente optarán por reiterar esfuerzos hasta doblegar la resistencia de su oponente. Un panorama que apunta más a la apertura de la caja de Pandora, con consecuencias incalculables, que a un Oriente Próximo estable.

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