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columna

Un poco de felicidad

La primera regla para ser feliz consiste en no desear en ser el primero en nada

Dos mujeres disfrutan de un baño en una playa.Frances Andrijich (GETTY IMAGES)

A esta edad todavía aspiro a conseguir ciertas cosas, que a mi juicio se perecen mucho a la felicidad, por ejemplo, que me siga sentando bien lo que como cada día, que mi fisiología funcione correctamente en el cuarto de baño y aprovechando que estoy allí mirarme al espejo sin despreciarme; dormir con la seguridad de que mañana ningún acreedor llamará al timbre de mi puerta; llenar los insomnios con mis aventuras de niño o de chaval como aquella vez que en la escuela gané el primer premio en un concurso de cazadores de moscas al vuelo por lo que recibí los primeros aplausos de mi vida que todavía resuenan en mis oídos; también intento alcanzar un momento de felicidad cuando, despierto al amanecer, alargo la pierna hacia ese lado fresco de la cama y luego cambio el dial de la radio, dejo que la actualidad se vaya por el sumidero de la historia y que una sonata de Scarlatti me permita seguir soñando. A estas alturas todavía aspiro a ponerme los calcetines sin gemir, a levantarme del sillón de golpe sin tener que acompañarlo con una blasfemia o una jaculatoria. He leído en alguna parte que un caballo muy sano vive más o menos alrededor de 30 años y que la vida de una persona longeva se compone de los tres caballos que uno lleva dentro; con el primero se va al galope, con el segundo se avanza al trote, con el tercero, que es mi caso, uno camina al paso. La primera regla de la felicidad consiste en no desear ser el primero en nada. Tarde o temprano con pasos cortos todo el mundo llega a su propia meta, pero hay que mirar dónde pones los pies para no pisar ningún charco. “La felicidad es un ideal de la imaginación”, dice Kant. Desde los presocráticos todos los filósofos y moralistas han tratado de dar respuesta a esta aspiración humana de ser feliz. A mi juicio, Schopenhauer ha dado tajantemente en el clavo. Dijo: “La felicidad consiste en no tener envidia”. Que ese vicio cruel e implacable no me ataque es la plegaria que elevo a los dioses todos los días.

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