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editorial

Cuba ante el abismo energético

La oferta de diálogo con Estados Unidos lanzada por el presidente Díaz Canel debe traducirse en pasos concretos y urgentes hacia la democracia

La escasez de combustible ha dejado Cuba paralizada: largas filas para obtener unos pocos litros de gasolina, transporte público reducido a casi nada, apagones que superan las 12 horas diarias y la falta de productos básicos que atraviesa cada aspecto de la vida cotidiana. El desastre, tal como lo describen muchos cubanos, se siente apocalíptico.

Este escenario no surgió de la nada. Donald Trump ha apostado por una presión máxima sobre el régimen cubano, que ha resultado en un bloqueo económico y energético de facto. Trump ha asegurado que aplicará aranceles a países que suministran petróleo a la isla, bloqueado envíos desde Venezuela e impulsado una retórica beligerante que sitúa a Cuba como una “amenaza” que debe ser aislada. La primera consecuencia ha sido asfixiar aún más a una población que ya venía cargando décadas de estrecheces.

La rigidez de las autoridades de La Habana ha profundizado la crisis. La economía no ha sido reformada; el sector productivo sigue anclado en esquemas ineficientes, y la dependencia de suministros externos nunca fue sostenible. En un momento en que se requería apertura, las políticas han repetido fórmulas del pasado, dejando al país en una situación de vulnerabilidad extrema.

En ese contexto, las recientes declaraciones del presidente Miguel Díaz-Canel en las que admite la disposición de Cuba a dialogar con Estados Unidos son un paso necesario hacia una desescalada. La oferta de diálogo es una oportunidad que no puede desperdiciarse. No es simplemente un gesto diplomático: es una invitación a negociar soluciones concretas que permitan aliviar el sufrimiento. Para tener impacto, esas palabras deben traducirse en acciones rápidas y verificables, no en retórica vacía.

La apertura al diálogo debe tener como prioridad el restablecimiento del suministro de combustibles y energía, la facilitación de importaciones esenciales y la creación de mecanismos de cooperación humanitaria que no estén sujetos a tensiones geopolíticas. Cuba necesita combustible para hospitales, escuelas, transporte y servicios básicos.

El sufrimiento del pueblo cubano no debe ser moneda de cambio en las luchas de poder entre Washington y La Habana. El bloqueo económico, prolongado y agresivo, ha demostrado ser una herramienta ineficaz y cruel que castiga a la ciudadanía más que a la élite gobernante. Por su parte, el régimen cubano no puede seguir refugiándose en un discurso de victimización para escapar de sus propias responsabilidades de gobierno. La apertura de mercados, la protección de derechos civiles y la modernización económica que lleven a un futuro de democracia son urgentes, no opcionales. La situación exige una salida práctica, negociada y humana. No hay victoria posible en una escalada. El diálogo propuesto debe comenzar ya, con objetivos claros y calendarios estrictos. Cuba no puede seguir al borde del abismo. Es hora de una salida.

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