Maduro en manos de Washington, una operación de manual
La debilidad militar venezolana es la que lleva a Washington a considerar que no necesita continuar con las acciones armadas

No ha sido una rendición ni una invasión, sino una operación de manual para capturar y sacar del país a Nicolás Maduro. La primera opción era muy improbable, dado que el dictador podría sospechar que un acuerdo para disponer de un retiro dorado en cualquier rincón del planeta se convertiría de inmediato en papel mojado. Para la segunda era necesario contar con muchos más medios de los que Estados Unidos había ido acumulando frente a las costas venezolanas desde septiembre pasado en el marco de la operación Lanza del Sur. Además, invadir un país de casi un millón de kilómetros cuadrados, con una orografía tan compleja, se antojaba una aventura militar con un desarrollo muy incierto. Dando por hecho, en todo caso, que el despliegue estadounidense no era una simple maniobra para presionar políticamente al dictador venezolano ni para luchar contra el narcotráfico, solo quedaba por poner fecha a una operación que nos retrotrae a la efectuada hace 36 años para hacerse con el presidente Manuel Noriega en Panamá.
Una operación que supone una frontal violación del derecho internacional y una clara demostración de la abrumadora superioridad militar estadounidense frente a un régimen mal pertrechado, por mucho que Maduro haya pretendido mostrar el apoyo de toda la nación en armas. Son pocos todavía los detalles conocidos sobre la acción desarrollada, pero cabe entender que se trataba de una operación simultánea en al menos tres ejes. El primero buscaba neutralizar aquellos activos militares venezolanos que podrían reaccionar ante la incursión, con las baterías antiaéreas, los sistemas de radar y los aviones y helicópteros estacionados en las zonas más próximas a donde pudiera estar Maduro. Y para ello EE UU contaba con sobrados medios de inteligencia y guerra electrónica muy sofisticados, que le permiten anular tanto la información que llega al enemigo como la transmisión de órdenes a través de su cadena de mando.
Simultáneamente, se habrán realizado algunas acciones de distracción, atacando otros objetivos civiles y militares, con la idea de complicar aún más la defensa y obligar a las fuerzas locales a diversificar esfuerzos para atender las distintas avenidas de ataque, al desconocer cuál de ellas llevaba el esfuerzo principal. Así, en un contexto de incertidumbre general y ante una avalancha de misiles, drones y aviones y helicópteros aproximándose desde diferentes direcciones, solo faltaba la acción de infiltración de miembros de la Fuerza Delta —unidad de élite de operaciones especiales con una larga experiencia en golpes de este tipo— para detener y exfiltrar al presidente Maduro. Una de las claves principales para que este último paso tuviera éxito era contar con información fiable sobre su localización, algo que los 50 millones de dólares que Washington ofrecía por su cabeza seguramente habrán contribuido a resolver.
Desde el punto de vista estrictamente militar, ha vuelto a quedar claro que, a pesar de sus bravuconadas y su gestualidad teatral, las fuerzas armadas venezolanas son incapaces de ofrecer una mínima resistencia a la maquinaria militar estadounidense. De hecho, dentro de la espiral de tensiones crecientes vividas en estos últimos tiempos, la única opción que se les concedía era que EE UU cometiera el error de invadir el país, de modo que quedará atrapado en una guerra irregular en la que tanto las unidades militares como las milicias y grupos paramilitares leales a Maduro pudieran ir desgastando a los invasores. Y esa debilidad es la que lleva a Washington a considerar que no necesita continuar con las acciones armadas dentro de Venezuela, a la espera de que, en el frente judicial, Maduro termine por pagar sus errores y, en el político, encuentren otras marionetas con las que anclar a Venezuela en su bando.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.






























































