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Lula da Silva
Columna
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A Lula ya no le sirven los viejos eslóganes del pasado

De su primer Gobierno en 2003 a la fecha, cambió la clase media que se ha inclinado a la derecha y no quiere más pequeñas ayudas a los más pobres. Los pobres de ayer quieren ser protagonistas de los nuevos tiempos en Brasil

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, tras un encuentro con Gustavo Petro, su par de Colombia.Mauricio Dueñas Castañeda (EFE)
Juan Arias

Que el tercer Gobierno de Lula fue una bendición para la amenazada democracia brasileña urdida con la intentona de un golpe militar del ultra Bolsonarista, no cabe discusión. Y en este año y pico, al frente del Gobierno de centro izquierdo, Lula se ha esforzado para rescatar fuera y dentro del país el huracán de extrema derecha golpista. Y lo está haciendo con tesón. La pregunta es por qué entonces todos los sondeos indican que está perdiendo consenso mientras le sigue a los calcaños los derechistas y Bolsonaro, que prepara para los días próximos otra gran manifestación pública como la pasada de São Paulo, pero ahora en Río de Janeiro. La oposición a Lula sigue firme.

Es lógico ese desasosiego de Lula al que tanto le debe la democracia brasileña y la gran proyección que consiguió del país en las sedes mundiales. Los analistas políticos más serios ofrecen un atisbo de explicación: Lula cree que su política y sus consignas en las elecciones en las que acabó triunfando en el pasado podrían servirle igualmente en este momento. Solo que quizás no ha calculado que de sus dos primeros gobiernos a hoy no el mundo ha cambiado a la velocidad de la luz. Y que Brasil es otro país.

He repescado algunos de los eslóganes que le crearon en sus primeros gobiernos los gurús de la publicidad política. Como: “Trabajador vota en trabajador”, “Brasil es un pueblo único”, “Brasil va a mudar de cara”, “Lula es la solución” y el ya clásico “Sin miedo de ser Brasil” o “La esperanza va a vencer al odio”.

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En sus primeros gobiernos, la revolución social lanzada por el tenaz sindicalista centrada en llegar con su ayuda económica a las encrucijadas del hambre, de la pobreza absoluta, de la vergonzosa diferencia de clases, fue aplaudida por el mundo. Y Brasil llegó a ser menos miserable en sus millones de pobres, desempleados, analfabetos y en su aislamiento del mundo tras la larga y sangrienta dictadura militar.

Hoy Lula sigue con el mismo activismo en su entrega a la política externa pero se enfrenta con graves dificultades en la política interna, con un Congreso hostil dominado por las fuerzas más conservadoras de un Bolsonaro derrotado en las urnas, pero no muerto, de una derecha que no le votó y que crece en el país.

No, las viejas consignas labradas por los creadores de imagen de las pasadas Administraciones de Lula se han quedado viejas porque hoy el mundo es digital y no analógico. Prima la ironía y la burla, las palabras gruesas, las mentiras a medias o enteras, las provocaciones. Y aquel Brasil idílico pergeñado para el Lula del pasado ya no existe. No es cierto que hoy trabajador vota en trabajador. Ha cambiado hasta la idea del trabajo. Los jóvenes no quieren ya trabajar en una fábrica, quieren ser ellos empresarios.

No se dejan ilusionar con viejas banderas e ideologías. La derecha y la ultraderecha que vivía agazapada ha salido a la luz del día. Ellos son los dueños del dinero y de los votos.

Es justo y digno el nuevo eslogan de Lula de que con su Gobierno el país va a cambiar de cara, sin miedo de ser feliz, sin guerras internas y con pequeñas mejoras sociales como las del pasado. Pero ese Brasil quizá ya no exista. Ha cambiado la clase media que se ha inclinado a la derecha y no quiere más pequeñas ayudas a los más pobres. Los pobres de ayer quieren ser protagonistas de los nuevos tiempos y más que ayudas sociales quieren instituciones sólidas que revelen a la luz del sol que el Gobierno no quiere dar limosnas sino un Estado que les ofrezca participar como actores principales.

Lula esta vez ganó por un puñado de votos. Fue una alarma y ganó porque hasta el centro y una parte de la derecha más sana no quería la derecha burda y golpista del bolsonarismo. Eso es y será clave para el resto de su Gobierno y más aún para sus deseos de volver a ser reelegido, si el físico se lo permite, en 2026.

Pensar que Brasil votó a Lula porque sigue siendo de izquierdas puede ser una grave ilusión. Fue votado esta vez a pesar de su partido, el PT, y no hubiese ganado sin la ayuda del centro. De ahí que sus consejeros de imagen deberán recordarle que no sea verdad el eslogan de que con él “Brasil va a mudar de cara”.

Pensar que la gran victoria de Lula y una derrota al bolsonarismo pueda ser una simple vuelta a los viejos símbolos políticos podría ser fatal. De ahí que los asesores de imagen de Lula deberían recordarle que no le va a bastar reconquistar los colores de la bandera nacional con solo añadirle el rojo de la vieja izquierda de su partido.

Hoy ser de izquierdas es algo más complejo, profundo y revolucionario de lo que fue en el pasado. Hoy el mundo nuevo que está naciendo más que sangre y conflictos, quiere dignidad e igualdad de oportunidades y no simples limosnas para él y para sus hijos.

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