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Columna
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Necesitamos hablar más de los ángeles que de los demonios

Ángeles son todos esos anónimos que vigilan la seguridad de la noche, la de las cárceles, los bomberos de guardia. Los invisibles para la sociedad que disfrutamos de su trabajo duro y anónimo.

Las enfermeras celebran el año nuevo con un saludo en un hospital en Brasil.
Las enfermeras celebran el año nuevo con un saludo en un hospital en Brasil.Amanda Perobelli (REUTERS)
Juan Arias

Sé que no es fácil creer en un Dios que permite morir de cáncer a niños inocentes. Más fácil es creer en los ángeles, no solo en los invisibles, sino en los de carne y hueso. De los que están a nuestro lado y nos consuelan en los momentos de dolor. Yo hoy, tras haber sufrido días atrás la tragedia de ver a mi mujer devorada por tres perros feroces, sé que los ángeles existen y sigo apostando por la esperanza. Llegan a mi puerta anónimos a traerme consuelo, a veces solo compañía, en silencio. Esta mañana uno de esos ángeles llegó casi al alba a traerme tres panecillos calientes para el desayuno. No sé quién era.

Los demonios que hoy convulsionan y amenazan la paz del mundo tienen nombres y apellidos. Los ángeles son más bien anónimos, sin poder. El mundo sigue en pie por ellos. Son en verdad los verdaderos protagonistas. Los que trabajan las noches sin ver la luz del día para que la gran rueda de las ciudades siga girando. Son los invisibles. Recuerdo, estando en un hospital en Río, una joven enfermera de una favela que para estar a las seis en el hospital salió de noche de su casa y tomaba tres autobuses. Y otros tres a la vuelta ya de noche. Y se sentía feliz de tener trabajo y haber conseguido el diploma de enfermera. Ángeles son todos esos anónimos que vigilan la seguridad de la noche, la de las cárceles, los bomberos de guardia. Los invisibles para la sociedad que disfrutamos de su trabajo duro y anónimo.

De los demonios no quiero hablar. Son demasiado conocidos. Ellos sí tienen nombre y apellido. Y hay quién se siente fascinado por ellos. Recuerdo que en 2009, la editorial, Espasa Calpe, me pidió que les hiciera un libro sobre los demonios. Mi mujer Roseana me lo impidió. “Si quieren un libro tuyo que sea sobre los ángeles”. Nació así “La seducción de los ángeles”. Trabajé meses investigando la idea de los ángeles y me sorprendió ver que la figura de ellos es tan antigua como el mundo. Mucho más que la de los demonios. La imagen del ángel tiene en todas las culturas más antiguas, en los cultos religiones, en el arte, en la literatura, en la ciencia, en la música, en la arquitectura, en la pintura y hasta en la moda un lugar privilegiado que nunca tuvieron los demonios.

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Quedé impresionado personalmente al constatar que ni uno solo de los grandes poetas desde la antigüedad a hoy había dejado de hacer poemas sobre los ángeles: desde los griegos y romanos a los más modernos como Shakespeare, Rilke, García Lorca, Borges, Pessoa, todos los grandes. El argentino Borges escribe en su poema Del infierno y del cielo que “Dios no necesita del esplendor del fuego”. Y no hay ningún genio de la pintura que no haya dibujado un ángel.

Rilke, el duro, escribe de los ángeles: “Tempranas perfecciones, vosotros, miembros de la creación, altas cordilleras, crestas arreboladas de aurora, del mundo creado, polen de la fluorescente divinidad, articulaciones de luz, pasadizos, escaleras, tronos”.

Y es que en un mundo donde los demonios, los vivos, los que despedazan la alegría de vivir, los que se adueñan de los sueños de los justos, de los que no saben que existen los ángeles de carne y hueso sin los cuales ellos no conseguirían vivir, esos ángeles humanos invisibles, para ellos parias de la historia, comodines de sus juegos sucios existen solo para eso, para ser los nuevos esclavos del mundo moderno.

En mi columna pasada recordaba que basta un justo, un ángel, para salvar al mundo, pero también a veces basta un demonio para destruirlo. Quiero agradecer hoy los comentarios de los lectores solidarios con el drama vivido con mi esposa que se debatía en ese instante entre la vida y la muerte. En esos comentarios sentí las pulsaciones del deseo y la urgencia de las personas de algo que las redima de los demonios, los de carne y hueso que dominan el mundo y de la ansiedad del alma ante la incertidumbre de los demonios que parecen querer devorarles. Y apuestan por la esperanza. Braun Retrofuturo me escribe: “El mundo está lleno de ferocidad, pero aún hay sitio para el amor”. Y Francisco Álvarez : “Casi siempre que comento sus columnas lo hago para disentir con usted. A veces lo hago con ironía y sarcasmo, a veces con dureza. HOY LO HAGO CON EL CORAZÓN… Hoy lo hago para agradecerle el haber escogido el periodismo como ejemplo de vida. Hoy lo hago para abrazarlo de lejos, resignado a que jamás podrán estas líneas plasmar el sentimiento que me embarga esta noche. Bendiciones”.

Mis colegas de esta edición de EL PAÍS América tuvieron la delicadeza de hacerme llegar para mi esposa en el hospital un ramo de flores. Sí, también los tan denostados periodistas tenemos corazón. A los que yo considero los ángeles invisibles de esta profesión, los que no aparecen pero hacen posible que podamos cada mañana leer el periódico, mi abrazo y, por favor, que no tengan miedo a los demonios. Los ángeles, no los del cielo sino los que pasan a nuestro lado sin conocerlos fueron, son y serán más fuertes y fecundos que todos los demonios juntos. Ellos nos salvarán de la barbarie demoniaca de la ferocidad sin alma de nuestro mundo, que a pesar de todos los pesares ,apuesta por la “esperanza” que es la mejor y más consoladora divinidad.

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