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Columna
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El orgullo de criar

Envuelta en la frialdad del que sabe que ya hizo lo que hizo y que lo volvería a hacer, no dije nada. Mi padre sonrió y me palmeó la rodilla

Un grupo de jóvenes escolares caminan hacia su colegio en Caracas.
Un grupo de jóvenes escolares caminan hacia su colegio en Caracas.Miguel Gutiérrez (EFE)
Leila Guerriero

Hace poco iba por la ruta hacia mi ciudad de origen. Poco antes, al llegar a otra, Chacabuco, tuve un recuerdo. En la Argentina llamamos “hacerse la rata” a escabullirse del colegio, un coqueteo con la clandestinidad. En un pueblo chico era difícil. Todos nos conocíamos. Hacerse la rata implicaba quitarse los uniformes y meternos en un sitio en el que no pudieran descubrirnos que fuera más divertido que el colegio (no era fácil: el colegio, público, era un lugar interesante). Lo hice algunas veces y en una ocasión, con otras compañeras, decidimos hacernos la rata e ir a Chacabuco, una ciudad a 54 kilómetros de la nuestra. Habíamos compartido un viaje con chicos de una escuela de allí y algunas habíamos establecido relaciones estrechas con varones a los que queríamos ver. Después de una logística compleja —llamarlos por teléfono (en años sin móviles), preguntarles si querían evadirse del colegio, averiguar horarios de autobuses—, se decidió el día. Había riesgos: un accidente en la ruta, ser descubiertas. No se nos ocurría que a una persona de 16 años en esas circunstancias pudiera pasarle nada malo, salvo un accidente o una delación. Fuimos, los vimos, regresamos. Un par de días después, de camino al colegio, mi padre me preguntó: “¿Vos estuviste en Chacabuco?”. Yo: “No”. Él: “Te vieron”. Yo: “No estuve”. Fin de la charla. Ese mediodía mi madre no me habló durante el almuerzo. Tampoco le habló a mi padre, supongo que decepcionada por considerar que mi acto merecía reprobación. Por la tarde fuimos con él no recuerdo dónde. Me preguntó: “¿Lo pasaste bien?”. Yo: “¿Dónde?”. “En Chacabuco”. Envuelta en la frialdad del que sabe que ya hizo lo que hizo y que lo volvería a hacer, no dije nada. Mi padre sonrió y me palmeó la rodilla. No era una mala manera de criar: asumir que la libertad de su cachorro lo hundiría siempre en el miedo, aceptar la responsabilidad por lo que él mismo —con orgullo— había creado.

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Sobre la firma

Leila Guerriero
Periodista argentina, su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y Europa. Es autora de los libros: 'Los suicidas del fin del mundo', 'Frutos extraños', 'Una historia sencilla', 'Opus Gelber', 'Teoría de la gravedad' y 'La otra guerra', entre otros. Colabora en la Cadena SER. En EL PAÍS escribe columnas, crónicas y perfiles.
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