_
_
_
_
_
ANATOMÍA DE TWITTER
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Los adoptados se mecen solos

Una joven concita el interés de decenas de miles de usuarios coloreando fotos de víctimas del fascismo y contando su vida con naturalidad

Una imagen de 'La zona de interés', con el jardín de la casa del comandante de Auschwitz y, al fondo, el muro del campo de exterminio.
Una imagen de 'La zona de interés', con el jardín de la casa del comandante de Auschwitz y, al fondo, el muro del campo de exterminio.
Ferran Bono

Tirar del hilo es una añeja expresión que ha cobrado actualidad con las redes sociales. Si tiras del hilo de una cuenta de Twitter (ahora X), por ejemplo, puedes encontrar historias extraordinarias, interesantes, inesperadas o sugerentes, protagonizadas por gente sin relevancia pública o alejada del estrépito de los nombres que no ocultan nada detrás de sus campanillas mediáticas. Historias como las de Luda Merino, aunque no se trata de una desconocida. Su cuenta Restaurando su dignidad, que se presenta de forma directa como “Restauro fotos de víctimas del fascismo”, tiene casi 167.000 seguidores. Hace unos días, desveló su identidad.

“Al contrario de lo que muchos creéis”, escribe, “esta cuenta no es ningún perfil institucional. Tampoco pertenece a ninguna asociación ni partido político. Soy solo yo, y aunque muchos puedan pensar que soy un hombre mayor, en realidad me llamo Luda Merino, tengo 22 años y vivo en Madrid”. Luego explica que es diseñadora gráfica y que hace unos años quiso colaborar con entidades relacionadas con la memoria y el Holocausto y, como no tenía dinero, decidió aportar sus conocimientos coloreando fotografías. A la vista está la repercusión de su iniciativa; incluso fue contactada por la productora de la película La sociedad de la nieve, de J. A. Bayona, para ver si ayudaba a colorear fotos de aquellos accidentados de los Andes, aunque al final el proyecto no prosperó.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

También cuenta que dio una charla en un instituto sobre el campo de exterminio de Auschwitz y advirtió a la profesora de que algunas fotos eran duras, como la de un cuerpo esquelético en la boca de un horno crematorio. La profesora la miró y dijo: “Esta, mejor no”. “Ya, es durilla, lo entiendo”, comentó Luda. “No, es que está desnudo”. “Me dijo que me lo comentaba por los padres, que a veces son ‘un poco tiquismiquis’. ‘Padres, por favor, no seáis así. Soy la primera que a veces no muestra ese tipo de fotos en institutos, pero es por lo duras que son, no porque se le vea el pito a un muerto”, apunta.

En La zona de interés, la impresionante película de Jonathan Glazer, no se muestra el horror de manera explícita, porque está implícito en la cotidianidad, en esa esposa de un gerifalte nazi que le enseña a su madre el casoplón con jardín donde viven, pegado al citado campo, y le comenta su intención de poner unas enredaderas en el muro por encima del cual no cesa de salir humo. El filme de Glazer es otro título de una excepcional cartelera en la que coinciden Fallen Leaves, Anatomía de una caída, Los que quedan, Perfect Days o Pobres criaturas.

Tirar del hilo de la cuenta personal de Luda también merece la pena. Recuerda que es una niña adoptada, que nació en Rusia y que vive en España desde los tres años. Aunque su orfanato “estaba bastante bien”, desarrolló varios traumas y comportamientos poco habituales “por falta de atención”. Explica, por ejemplo, que mueve la cabeza de un lado a otro de manera sistemática, justo antes de dormirse como una forma de acunarse, porque en el orfanato había pocos cuidadores y no podían “dedicarse a mecer a los niños para que se duerman”.

El post con vídeo sobre su costumbre de mecerse sola despertó de inmediato numerosos comentarios de tuiteros que se ven reflejados, muchos de ellos adoptados: “Yo soy adoptada de Rumania y hago exactamente lo mismo”. O “trabajé con niños y niñas en adopción internacional y se suele denominar a esta conducta rocking o balanceo. Es muy característico de aquellos niños y niñas institucionalizados que, efectivamente, les ayuda a calmarse y consolarse solos”. Pero no solo es costumbre de niños adoptados, aunque entre ellos esté más extendido, como señalan varios tuiteros, que enumeran todo un catálogo de balanceos y movimientos constantes en busca del sueño.

Sobre la firma

Ferran Bono
Redactor de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana. Con anterioridad, ha ejercido como jefe de sección de Cultura. Licenciado en Lengua Española y Filología Catalana por la Universitat de València y máster UAM-EL PAÍS, ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria periodística en el campo de la cultura.
Tu comentario se publicará con nombre y apellido
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_