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Anatomía de Twitter
Columna
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Viva el ‘Cristo gay’

La polémica abierta por el cartel de la Semana Santa de Sevilla muestra que el juicio del alma pasa en nuestros días por el cuerpo

El artista Salustiano García posa junto a su cartel para la Semana Santa sevillana.
El artista Salustiano García posa junto a su cartel para la Semana Santa sevillana.CRISTINA QUICLER (AFP)
Nuria Labari

La primera vez que vi al Cristo gay fue en una publicación de Instagram de la revista Mongolia y pensé que era obra de sus diseñadores, porque no explicaban que se trataba del cartel oficial de la Semana Santa de Sevilla, creado por el artista Salustiano García. Para colmo, los editores de Mongolia acompañaban la publicación con un pie de foto propio de su línea editorial: “YILF (Yesus I’d Like to Fuck)”. Entonces la imagen aún no se había hecho viral y change.org no había lanzado una campaña para exigir la retirada del cartel al estimar que no representa “los valores cristianos, la tradición y el fervor religioso de esta ciudad”. Pero los comentarios ya amenazaban tormenta viral. “Yo era ateo pero ahora creo”. “El próximo año que salgan también los doce apóstoles”. “El cuerpo de Cristo, amén”. “Sugar Yisus”… Después vino la lucha entre cofradías conservadoras y modernas, entre la defensa del Cristo de la comunidad LGTBI y el rechazo de posturas más tradicionales. Lo mejor del caso es cómo una misma imagen puede significar cosas tan radicalmente distintas en función de la ideología de quien la está mirando.

“Esto no se puede consentir, ya estamos estudiando medidas”, publica la cuenta de Abogados Cristianos. Así, subrayando con negrita que la imagen es inadmisible. Después comparte el cartel sin más comentarios. Un Cristo blanco, delgado, castaño y de ojos claros, que no muestra ninguna emoción humana: un Cristo un poco papel cuché por el fondo rojo Ferrari, pero un Cristo del montón al fin y al cabo. Un poco Miguel Ángel, un poco Benvenuto Cellini, un poco Murillo si preferimos recurrir a referencias patrias. Sin embargo, la Iglesia más conservadora no soporta compartir el imaginario cristiano con la cultura LGTBI. Dicho de otra manera, el Cristo del cartel de Salustiano García les parece amanerado, poco hombre, un poco gay. No saben cómo decirlo, pero sí saben que deben suprimirlo.

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“El año que viene para compensar hay que hacer a un Jesús menos gay y más MACHO”, tuitea Jordi the Jar y comparte el mismo cartel colocando a Arnold Schwarzenegger en versión Conan en lugar del Cristo de la discordia. Mucho más musculado y presuntamente viril, con la espada al cinto y los calzoncillos de cuero. “Yo creo que ese es más gay jajaja” responde @angryleela2, y la polémica retrocede a la confusión inicial. Porque lo cierto es que las representaciones de Cristo en la imaginería y la pintura cristiana nunca han sido exaltaciones de la masculinidad ni del macho alfa: son casi siempre versiones de un cuerpo herido, maltratado o algo ausente de este mundo (el pantocrátor) al que vino a salvar, pero con el que no se identifica. Entonces, ¿qué hacemos con el cartel? ¿Es posible saber si Cristo es gay?

La cuestión es en qué momento la ideología del cuerpo y la belleza nos ha convencido de que el aspecto exterior puede atribuir al sujeto cualidades de lo fluido o de lo trans o de lo gay o de lo hetero, como si estas características se situaran únicamente en el cuerpo y además en un determinado tipo de cuerpo. Yo digo que la ideología cultural siempre es más profunda que las circunstancias, las posiciones políticas, la polémica de género y la actualidad en general. Y que el Cristo gay nos está contando justo eso, que el juicio del alma pasa en nuestros días por el cuerpo. Y que ello genera confusión y conduce al error. En la Semana Santa en general y en la vida en particular. Dicho de otro modo: en cuestiones de cuerpo, abstenerse de montar cristos.


Sobre la firma

Nuria Labari
Es periodista y escritora. Ha trabajado en 'El Mundo', 'Marie Clarie' y el grupo Mediaset. Ha publicado 'Cosas que brillan cuando están rotas' (Círculo de Tiza), 'La mejor madre del mundo' y 'El último hombre blanco' (Literatura Random House). Con 'Los borrachos de mi vida' ganó el Premio de Narrativa de Caja Madrid en 2007.

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