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tribuna
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Hitchcock y las trampas de la derecha

Muchas promesas que escuchamos se han hecho para despistar y mover el foco de atención de lo importante a lo anecdótico, pero, siendo absurdas e inviables, parecen calar en la opinión pública sin cuestionamiento

Feijoo y Ayuso
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, acudían juntos a un mitin en Madrid en octubre de 2022.Andrea Comas

Fue el director británico Alfred Hitchcock quien, a comienzos del siglo XX, popularizó la palabra McGuffin tratando de explicar algunos de los secretos de los guiones de sus películas. El concepto era simple: crear un elemento de suspense que hace avanzar la trama, aunque en realidad no tenga la mayor relevancia en ella. Por resumir: una excusa, una distracción, que, aunque puede ser vital para los personajes, no la tiene para el desenlace narrativo. Dicho de otro modo, una estratagema de la que se valía como director para desconcertar al espectador y darle un giro inesperado a la trama. Humo.

Pero no solo se utiliza en el cine. Poco tardó el marketing en apropiárselo y, algo más tarde, la política —que quizás también tenga algo de marketing, dicho sea de paso—. Y, la verdad, mentira me parece que, utilizando un recurso que en realidad existe desde que la humanidad empezó a contar historias, todavía logren colárnosla.

Pero vayamos por partes y busquemos McGuffins patrios.

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¿A qué obedece que Alberto Núñez Feijóo se despierte un día y proponga que gobiernen las listas más votadas de los ayuntamientos, tan solo cuatro meses antes de los próximos comicios, a sabiendas de que, obvio, no existe viabilidad legislativa alguna para hacerlo posible, y que, incluso, sería una mala política en muchos lugares donde ellos gobiernan gracias al apoyo de otros partidos sin ser los más votados? ¿No será que quieren distraer nuestra atención llevando el debate político a un campo estéril e imposible legislativamente, donde intentan presentarse como los más democráticos y centrados, intentando expulsar del poder cualquier opción diferente del bipartidismo? O sea, humo.

¿Por qué Juan García-Gallardo, de la formación ultraderechista Vox en el Gobierno de la Junta de Castilla y León, ha salido estos días con la idea peregrina de obligar a los médicos a ofrecer a las mujeres embarazadas que estén pensando en interrumpir el embarazo una ecografía en 4D y además oír el latido fetal, sabiendo —quiero pensar que tienen unos conocimientos aunque sean mínimos de la legalidad sanitaria— que no pueden obligar a un facultativo a realizar pruebas diagnósticas que no considere necesarias clínicamente? Por no hablar de que no pueden quitarles a las mujeres el derecho a acogerse a la ley de la interrupción legal del embarazo, y que tampoco puedes obligar a una persona a someterse a una prueba no clínica y menos desde la Administración autonómica. ¿No será que así olvidamos hablar de pacientes de esa comunidad que recorren kilómetros en una ambulancia para poder recibir un tratamiento de quimioterapia para cuya administración, en realidad, se tardan pocos minutos; o que no diga nada del difícil acceso a la sanidad pública en muchos de los pueblos de esa comunidad? ¿O quizá, intentaban marcar distancias con el PP, a sabiendas de que proponían algo inviable? De nuevo, humo.

La lista es tan larga como de recorrido inútil: Isabel Díaz Ayuso proponiendo en 2019 la surrealista idea de que “el concebido no nacido sea considerado como un miembro más de la unidad familiar”, o solicitando el pasado año la retirada de los centros educativos de determinados textos, algo que sabía no es de su competencia.

¿Recuerdan a Santiago Abascal en 2019 con su peregrina propuesta de que los “españoles de bien” pudieran llevar armas para defenderse de los delincuentes? Humo y más humo.

Promesas hechas para despistar y mover el foco de atención de lo importante a lo anecdótico, pero que, siendo absurdas e inviables, parecen calar en la opinión pública sin cuestionamiento. El mundo es un gran escenario y, cómo no, el poder debe buscar un hueco en la escena. Ya lo decía Noam Chomsky: “El sistema sabe más sobre los individuos que los propios individuos sobre sí mismos”. Y ese conocimiento se puede usar para manipularnos. Atentos.

Una diría, sin miedo a equivocarse, que estas actitudes, bufonas y ridículas en no pocas ocasiones, tienen también un poco de demagogia, entendida como una de las formas de estimular ambiciones y sentimientos de la población a través de sus líderes. Porque demagogo es el que presume de lo que no tiene o de lo que puede hacer sin ser cierto, o exagera el valor de lo que tiene, o pide lo que sabe que es imposible conseguir. Ya lo decían los griegos, la demagogia es una estrategia utilizada para alcanzar el poder político que consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público —los votantes— para ganar apoyo popular mediante el uso de la retórica y, atentos, la desinformación.

El problema, sin embargo, no es que los políticos intenten distraernos, engañarnos con falsos mensajes. Ni siquiera que los medios les sigan el juego, se agradecería un poco de rigor en muchos de ellos. El problema es que nosotros, ciudadanos, no nos detengamos a reflexionar si todos los mensajes que recibimos merecen nuestra atención por creíbles, porque, de hacerlo, a buen seguro no nos colarían tantos goles. Caso de no hacerlo, de no pararnos a reflexionar, podemos tropezar. No olvidemos a Voltaire: “Aquellos que te hacen creer en absurdos pueden hacer que cometas atrocidades”.

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