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TRIBUNA
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España emerge como principal Estado pivote de Europa

El Tratado de Barcelona firmado por Macron y Sánchez es uno de los varios momentos de este año en los que el nuevo estatus español en la configuración política del continente resultará crucial

España emerge como principal Estado pivote de Europa. Jeremy Cliffe
ENRIQUE FLORES

La firma del tratado entre Francia y España ha suscitado comparaciones con el Tratado del Elíseo, el documento fundacional del eje franco-alemán en Europa que estos días celebra su 60º aniversario. El vasto alcance del nuevo tratado hace fácil ver el paralelismo. No sólo abarca el futuro gasoducto submarino de hidrógeno entre la costa catalana y Marsella, sino también un abanico mucho más amplio de temas. La amistad entre los dos países es hoy más estrecha de lo que ha sido en mucho tiempo. Ha surgido un nuevo eje franco-español.

Pero el Tratado del Elíseo fue el producto de una Europa muy diferente. En 1963, la Comunidad era un bloque de sólo seis miembros. Si París y Bonn se ponían de acuerdo sobre algo, eso bastaba casi invariablemente para ponerlo en marcha. Nada de eso es ya así, y la actual inflexibilidad de la relación franco-alemana (otra de las motivaciones del Tratado de Barcelona, al menos por parte francesa) muestra cómo le cuesta adaptarse a la Europa actual, más grande, más policéntrica y más fluida.

Esta nueva Europa está formada por 27 miembros de la UE, ocho Estados candidatos reconocidos (y otros dos candidatos potenciales, Kosovo y Georgia), 20 miembros de la eurozona, pronto 29 miembros de Schengen, cuatro miembros del mercado único no pertenecientes a la UE y un antiguo miembro de la UE anómalo pero importante (el Reino Unido). Es una Europa que se enfrenta a nuevos retos en cada punto de la brújula: una relación transatlántica en rápido cambio al Oeste, un Ártico en disputa al Norte, guerra y autocracia al Este y sudeste y migración y transformaciones demográficas al Sur. Las condiciones relativamente estáticas y rígidas de la Guerra Fría han dado paso a Europa como un caleidoscopio en constante giro, una Europa de un número casi infinito de coaliciones potenciales y prioridades en torno a las cuales construirlas.

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Tiene más sentido considerar el Tratado de Barcelona no como una respuesta ibérica tardía al Tratado del Elíseo, sino como un producto de esta Europa fundamentalmente diferente de 2023 y, más que eso, una Europa en la que España está especialmente bien situada para actuar como Estado pivote. Los Estados pivote se definen como aquellos que poseen “activos estratégicos militares, económicos o ideológicos codiciados por las grandes potencias”. Pero el término también implica cierta capacidad de pivotar entre socios alternativos que a veces no pueden trabajar entre sí (o incluso son rivales). A escala mundial, cabe citar a Turquía, Corea del Sur y Brasil. En Europa, España es el principal ejemplo.

El Gobierno español ha hecho mucho por reforzarlo con su concepto de “España nodal”. Ha profundizado en sus relaciones con Francia y ha construido una “relación especial” con Alemania. España sigue siendo una importante potencia mediterránea con vínculos evidentes con Italia, Grecia y, más allá, Turquía, pero también ha estrechado sus relaciones con Estados del norte de Europa como Dinamarca y Suecia. Su tamaño se adapta bien, ya que es lo bastante grande como para entenderse con las principales potencias europeas, pero no tanto como para que los Estados más pequeños la consideren prepotente. Su geografía suroccidental y peninsular la convierte en un líder natural en los grandes asuntos multilaterales; está especialmente expuesta al cambio climático y la migración, es particularmente valiosa para la seguridad energética de Europa y una puerta de entrada a gran parte del sur global gracias a sus vínculos con América Latina y África.

Incluso en un ámbito en el que España ha tenido menos influencia —Europa central y oriental—, el país ha invertido en los últimos años en una presencia más sustancial. “La comunicación entre Estonia y España nunca había sido tan estrecha”, dijo la primera ministra estonia, Kaja Kallas, durante una visita de Pedro Sánchez a Tallin en 2021. No pasó desapercibido que, tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el presidente del Gobierno español visitara Kiev para mostrar su solidaridad antes que sus homólogos francés, alemán o italiano. Y aunque España podría hacer más para ayudar a armar a Ucrania, su apoyo global (bilateral y a través de la UE) es mayor en porcentaje del PIB que el de Alemania, Francia o Reino Unido.

Francia y Alemania siguen siendo, sin duda, más poderosas en Europa que España. Dado el desplazamiento hacia el Este del centro de gravedad del continente, Polonia es probablemente también más poderosa. Pero donde ninguno de estos países puede rivalizar realmente con España es en el papel de Estado pivote. Francia y Alemania carecen de su agilidad y a menudo son recibidos con recelo en otros Estados miembros (especialmente en el Este). Polonia, como la Italia de Giorgia Meloni, adolece de tener un Gobierno autoritario e instintivamente euroescéptico. Países Bajos, Austria y Rumania pueden ser Estados pivote, pero carecen del peso de España.

El tratado firmado entre Macron y Sánchez es sólo uno de los varios momentos de 2023 en los que el nuevo estatus de España como principal Estado pivote de Europa será crucial. En julio, asumirá la presidencia rotatoria del Consejo de la UE. A finales de año, España acogerá la tercera cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), el nuevo diálogo estratégico entre 44 nuevos Estados miembros y no miembros de la UE.

España debe aprovechar este año para aumentar aún más su ambición en Europa con tres medidas transformadoras. En primer lugar, puede convertirse en una fuerza líder en Europa del Este enviando algunos de sus 327 carros de combate Leopard 2 a Ucrania y avanzando hacia el reconocimiento de Kosovo en apoyo del objetivo más amplio de expansión de la UE (la desescalada entre Madrid y el Gobierno catalán proporciona un mayor margen para ello). En segundo lugar, puede actuar como intermediario entre Francia y Alemania y, sobre todo si Polonia elige un nuevo Gobierno moderado en las elecciones de otoño, avanzar hacia el establecimiento de un eje Madrid-París-Berlín-Varsovia capaz de proporcionar el liderazgo que la Europa actual, más grande y diversa, necesita. En tercer lugar, debería aprovechar la cumbre de la CPE para ampliar esta nueva y prometedora estructura hacia el Sur y abarcar a los socios europeos del norte de África.

Estas medidas cambiarían drásticamente la geometría de Europa para mejor y están al alcance de España, si encuentra la voluntad.

La cuestión de la voluntad nos recuerda que el acontecimiento más importante de 2023 para el papel de España como principal Estado pivote de Europa serán las próximas elecciones generales. El hecho de que el país sea hoy más constructivo y activo en Europa que en cualquier otro momento desde, al menos, la crisis económica de 2008, no es una coincidencia. Más bien es el producto de un Gobierno que ha dedicado capital político a ese objetivo, cuyas principales figuras hablan inglés (y a veces francés) y conocen de cerca el continente más allá de los Pirineos. Un Gobierno diferente —con elementos de extrema derecha, o que no se centre en el papel exterior de España, o esté distraído luchando en guerras culturales internas— no sería capaz de mantener y avanzar en este progreso, y significaría que el país retrocediera a un estatus de segunda fila. Así pues, el futuro de la nueva influencia de España en Europa estará en las urnas en las elecciones. Como dice el refrán: la política exterior empieza por casa.

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