tribuna
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El papel decisivo de España en el nuevo despertar europeo de Alemania

En la cumbre hispano-alemana de octubre, el objetivo debería ser no solo una cooperación continuada, sino la fundación de una nueva “relación especial” en Europa

El canciller alemán, Olaf Scholz, recibe al presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, este martes en el palacio de Schloss Meseberg, en Meseberg, al noreste de Alemania.
El canciller alemán, Olaf Scholz, recibe al presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, este martes en el palacio de Schloss Meseberg, en Meseberg, al noreste de Alemania.TOBIAS SCHWARZ (AFP)

Los líderes alemanes tienen la costumbre de asegurar que entienden la necesidad de Europa de una mayor ambición geopolítica, unidad fiscal y reformas estructurales. En medio del asalto inicial de Rusia a Ucrania en 2014, por ejemplo, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, insistió en que Alemania debía asumir una responsabilidad más “concreta”. En 2017, Angela Merkel dijo a una multitud en una cervecería de Múnich que había llegado el momento de una Europa más autosuficiente. Olaf Scholz aclamó un Zeitenwende o punto de inflexión histórico tras la invasión de Ucrania por parte de Putin en febrero de este año.

Sin embargo, estas bonitas palabras a menudo no se convierten en acciones significativas. Steinmeier siguió defendiendo la dependencia alemana del gas ruso después de 2014. La epifanía de Merkel en 2017 no le llevó a dar ninguna respuesta sustancial al discurso de Emmanuel Macron en la Universidad de la Sorbona ese mismo año, en el que exponía un audaz plan de soberanía europea. Y en los meses posteriores al discurso de Zeitenwende, se ha acusado a Scholz de aceptar con lentitud o reticencia las nuevas realidades de esta nueva era.

Ahora, sin embargo, las cosas podrían ser diferentes. En un discurso pronunciado el 29 de agosto en la Universidad Carolina de Praga, el canciller alemán ha hecho gala de una profundidad de miras y de detalle poco habitual. Ha desarrollado un argumento de gran alcance sobre el estado de Europa hoy y en el futuro, explicando lo que ello significaría. La UE tendrá algún día 30 o incluso 36 miembros, dijo, incluyendo no solo a los Balcanes Occidentales, sino también a Ucrania y Georgia. Ello exigirá importantes cambios estructurales, como pasar de las votaciones por unanimidad a las votaciones por mayoría cualificada, incluso en materia de política exterior y fiscalidad, y la limitación del tamaño del Parlamento Europeo y la Comisión Europea.

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En cuanto a la soberanía económica, la política fiscal, el clima, la tecnología, la defensa y la seguridad, ha apoyado nuevas medidas para penalizar a líderes como Viktor Orbán que infrinjan los valores fundamentales de la Unión y ha pedido una Europa más geopolítica, incluyendo una nueva defensa aérea europea y un cuartel general militar de la UE. Ha apoyado las reformas de las normas fiscales de la UE en favor de la inversión y se ha mostrado abierto a nuevos programas respaldados por préstamos comunes. Ha sido la respuesta al discurso de Macron en la Sorbona que Merkel nunca dio.

¿Se traducirá en acciones reales? En realidad, Alemania nunca se ha detenido del todo. Con Merkel, se ha ido acercando a la responsabilidad y a la reforma de la UE, pero con una lentitud dolorosa (con la excepción obvia del fondo de recuperación de la UE, acordado en las condiciones extremas de la crisis del verano de 2020). Sin embargo, Europa tiene cada vez menos tiempo para tanta cautela por parte de su mayor potencia económica. Año tras año, su participación en la economía mundial se reduce y su retraso tecnológico con respecto de Estados Unidos y China es cada vez mayor. La invasión de Ucrania ha demostrado lo mucho que la UE sigue dependiendo del poder estadounidense para su seguridad, lo que la hace muy vulnerable a una potencial segunda presidencia de Donald Trump a partir de 2025. Así que, sí, el discurso de Praga ha sido bueno, pero tiene que ser el principio de algo más grande.

Y ahí, España puede jugar un papel importante. Este 30 de agosto Scholz ha recibido a Pedro Sánchez en una reunión del gabinete federal alemán en su refugio campestre del Castillo de Meseberg. Ha sido una muestra del buen estado de las relaciones entre Berlín y Madrid: la invitación para asistir al gabinete es un raro honor. En la reunión se han tratado temas de estrecha sintonía entre los dos Gobiernos (en concreto, el proyecto de gasoducto transpirenaico), y también ha escenificado la influencia española en la política alemana (Berlín ha llegado a apoyar los antiguos llamamientos de Madrid para revisar el mercado energético de la UE).

Sin embargo, la relación también es importante en un sentido más fundamental. Más de lo que se aprecia fuera de Alemania, la mayor economía de Europa se siente incómoda con su tamaño y peso. Incluso tres décadas después de la reunificación, sigue sin saber cuál es su nuevo papel en el corazón de Europa. Puede sentirse sola. Por muy importante que sea la relación germano-francesa, los líderes franceses como Macron operan en un sistema muy diferente al alemán —más centralizado y menos pluralista— y a veces alienan a sus homólogos teutones.

En varios aspectos de la estructura del Estado y del paisaje político, Alemania y España se parecen más que cualquiera de los dos a Francia (o para el caso, Italia o Polonia, los otros dos miembros de los cinco grandes de la UE). Sánchez, al igual que Scholz, es un socialdemócrata al frente de un Gobierno que se apoya en una amplia base que va desde el centro político hasta la izquierda. Pueden tratarse como iguales. Así pues, especialmente bajo su actual Gobierno, España tiene una capacidad única para trabajar con Alemania en la adaptación conjunta de Europa a las exigentes nuevas realidades europeas. España puede ayudar a tranquilizarla, estimular su pensamiento y animarla a alcanzar mayores niveles de ambición. En la cumbre hispano-alemana de octubre, el objetivo debería ser no solo una cooperación continuada, sino la fundación de una nueva “relación especial” en Europa.

Así que sí, el discurso de Scholz debe ser el comienzo de algo más grande. Pero también debe serlo su reunión con su homólogo español.

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