Tribuna
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El Ártico es la nueva frontera geopolítica y del clima

Mientras el aumento alarmante de las temperaturas y el deshielo abren la región a importantes oportunidades económicas, su gobernanza es cada vez más difícil por la guerra en Ucrania y las tensiones entre Rusia y Occidente

Eulogia Merlé

En la última semana de agosto, la revista científica Nature Climate Change publicó un importante estudio hecho por Dinamarca y Groenlandia. A partir de datos físicos contundentes —mediciones por satélite de la enorme disminución de la capa de hielo de Groenlandia en el periodo 2000-2019—, el informe ofrece la primera predicción sólida de un aumento inexorable del nivel del mar. Se calcula que será de 27 centímetros como mínimo y que aumentará hasta 78 centímetros si no se aplica el Acuerdo de París y continúa el rumbo actual del clima, incluso aunque la quema de combustibles fósiles que está provocando la crisis se interrumpiera de la noche a la mañana. Dado que en las zonas costeras de todo el mundo que corren el riesgo de sufrir futuras inundaciones viven alrededor de 600 millones de personas, los dirigentes empresariales y políticos no pueden pasar por alto estas últimas conclusiones.

Este verano, todos los europeos hemos tenido que batallar con el calor extremo y ahora tenemos que pelear con una sequía terrible. Mientras tanto, en el noroeste de Groenlandia los habitantes locales me contaron el pasado julio en Ilulassat que, desde 2020, los veranos se han visto arruinados por la lluvia, la niebla y la bruma, en lugar de las condiciones normales de sequedad, temperaturas templadas y sol. Estos nuevos y alarmantes patrones climatológicos se deben a que la región del Ártico está calentándose mucho más deprisa que el resto de la Tierra: cuatro veces más rápido que el promedio mundial alrededor del polo Norte y siete veces más en la región del mar de Barents, al norte de Europa.

Sin embargo, en lugar de esforzarnos en reducir el consumo de energía y crear un abastecimiento energético sostenible, la mayoría de los líderes están preocupados por otro asunto. La guerra de Rusia en Ucrania, con todas sus consecuencias para la geoeconomía y el comercio, hace que hoy la política occidental dé prioridad a la subida vertiginosa de los precios del petróleo, el gas y el carbón, la obtención de fuentes de energía ajenas a Rusia para sus consumidores y la pregunta de cómo gravar los enormes beneficios de las empresas petroleras (desde BP hasta Exxon y Statoil), en lugar de centrarse en cómo prescindir de los combustibles fósiles.

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El hecho de que los problemas del Ártico se hayan vuelto de pronto prioritarios en la agenda internacional en estos momentos no se debe únicamente a los efectos palpables del calentamiento global, corroborados por nuevos datos científicos. También se debe a que en la región hay profundos intereses políticos en juego.

Mientras los dirigentes locales y los responsables internacionales buscan soluciones al problema de los retos ecológicos a largo plazo y las nuevas oportunidades económicas surgidas gracias al gran deshielo, al tiempo que protegen sus intereses estratégicos, hay que señalar que estos no siempre son aspectos que se refuercen mutuamente. Los distintos cálculos políticos no llevan necesariamente en la misma dirección. El motivo es que las estrategias que pueden basarse en la cooperación, sobre todo en las cuestiones relativas a la salud de nuestro planeta, sufren cada vez más presiones, por las crecientes tensiones entre los Estados.

Si utilizamos el Consejo Ártico como referencia, la región del Ártico incluye a Estados Unidos, Canadá, Dinamarca (Groenlandia y las Islas Feroe), Islandia, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Pero como Rusia, que en la actualidad ocupa la presidencia rotatoria del Consejo, está librando su guerra contra Ucrania y, en consecuencia, sufre un estricto régimen de sanciones de Occidente, siete de los ocho miembros del Ártico suspendieron su participación en el Consejo de marzo.

Por consiguiente, existe un grave peligro de que las tensiones en torno a Ucrania se extiendan al Norte y contaminen las relaciones en el Ártico, una región que, desde la “iniciativa de Murmansk” de Mijaíl Gorbachov en 1987, concebida para crear allí una zona internacional desnuclearizada, ha sido excepcionalmente pacífica y estable, y se ha caracterizado por una auténtica colaboración en muchos ámbitos políticos “blandos”, pero también en el desarme de la región.

Este excepcionalismo ártico ha durado tres décadas. Ahora, sin embargo, mientras el planeta sigue calentándose, los problemas del Ártico se encuentran en una fase de profunda congelación política. Debido a las decisiones tomadas en el Kremlin, el Consejo, el principal foro de gobernanza del Ártico, que en general ha permanecido inmune a las tensiones geopolíticas exógenas, no puede seguir trabajando con el formato tradicional basado en el consenso.

El 26 de agosto, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, durante la conclusión de su visita de tres días a Canadá —que incluyó una visita a sus defensas en el Ártico—, declaró que era necesario reforzar la seguridad en el flanco norte de la Alianza para hacer frente a Rusia. Y añadió que el cambio climático plantea nuevos “problemas de seguridad” que exigen revisar por completo la postura de la OTAN sobre el Ártico. A medida que el hielo se derrite, explicó, el Círculo Ártico está volviéndose “más importante” y más “accesible” tanto para la actividad económica como para la militar.

Es decir, con la perspectiva de que se abran rutas navegables antes impenetrables, el Ártico —hasta ahora relativamente vacío y tranquilo, aparte de las feroces tormentas de invierno de todos los años— está empezado a ser rápidamente una nueva frontera que ofrece oportunidades para iniciar una nueva ola de extracción de recursos, comercio y navegación mundial, pero corre peligro de sufrir por la contaminación, el desarrollo insostenible y los conflictos políticos e incluso armados.

Desde la perspectiva de la seguridad y la defensa, el noruego Stoltenberg dijo que el reciente despliegue militar de Rusia, desde el mar de Barents hasta el estrecho de Bering, es “un desafío estratégico para toda la Alianza”. El Kremlin no solo ha revivido “cientos de instalaciones militares nuevas y de la era soviética”, sino que ha utilizado la región del Ártico “como banco de pruebas para las armas más avanzadas, incluidos los misiles hipersónicos”. Por eso, en su opinión, la OTAN debe responder con más presencia propia y más inversión para reforzar las capacidades.

Por supuesto, con los últimos países aspirantes a la OTAN, Finlandia y Suecia, en vías de convertirse en miembros de pleno derecho de aquí a un año, el mensaje de Stoltenberg subraya la dura realidad de que Rusia —que abarca aproximadamente la mitad de las costas del Ártico y es, por tanto, el mayor Estado de la región— pronto será la única nación circumpolar fuera de la OTAN. Este dato, inimaginable hace solo 12 meses, es consecuencia directa de las propias acciones de Rusia, que han acabado por empujar a finlandeses y suecos a refugiarse en la Alianza.

El aumento de las tensiones políticas en el Ártico también tiene una dimensión verdaderamente planetaria. Por extraño que parezca, la China de Xi Jinping se considera a sí misma “un Estado casi ártico”. Las ambiciones globales de Pekín se han puesto de relieve con las maniobras como Estado observador en el Consejo Ártico, pero también con sus presiones para “internacionalizar” la región y así influir en la gobernanza del Ártico en su propio beneficio. Además, en el marco de la iniciativa “un cinturón, una ruta” de Xi Jinping —y, en concreto, el proyecto de la Ruta de la Seda Polar—, China ha hecho grandes esfuerzos para ampliar su influencia en esta región de gran valor estratégico.

Por eso no es de extrañar que Stoltenberg manifestara sin reparos su preocupación por el acercamiento de Pekín al Ártico y, en concreto, por el problema que supone para la seguridad regional, como muestra el hecho de que la República Popular China esté gastando decenas de miles de millones de dólares en proyectos de energía, infraestructuras e investigación científica y tenga planes para construir la mayor flota de rompehielos del mundo. Pero lo peor, desde el punto de vista de la OTAN, es que Pekín y Moscú se habían “comprometido recientemente a intensificar la cooperación práctica en el Ártico”. Y eso, subrayó Stoltenberg, “forma parte del refuerzo de una colaboración estratégica que es un obstáculo para nuestros valores y nuestros intereses”.

Aunque hay muchos interrogantes sobre si la Ruta de la Seda Polar será el prólogo de un pacto de seguridad ártico más estrecho entre China y Rusia, es de destacar que la guerra de Ucrania parece haber frenado, al menos de momento, las actividades conjuntas de China y Rusia en la región. En la primavera de 2022, Pekín se encontró de repente en la cuerda floja, intentando encontrar el equilibrio entre sus relaciones con Rusia y con Occidente. Por un lado, Xi se ha negado a condenar la invasión de Ucrania y a sumarse a las sanciones contra el régimen de Putin; por otro, ha tratado de no aproximarse demasiado a Moscú para no causar un daño irreparable en las relaciones con Europa y dejar a las empresas chinas expuestas a las mismas sanciones económicas de Occidente que están estrangulando la economía rusa.

También es crucial el hecho de que China no ha podido utilizar la plataforma inactiva del Consejo Ártico. Tampoco ha conseguido sacar adelante varios de los proyectos de la Ruta de la Seda Polar en los territorios árticos del norte de Europa y Norteamérica con los que buscaba reforzar su prestigio: ni la conexión ferroviaria entre el norte de Finlandia y Noruega, ni la adquisición de tierras en Islandia y una explotación minera de uranio y tierras raras en Groenlandia, ni la compra de acciones en el gas natural licuado de Alaska. Al menos por ahora, la marea política parece haberse vuelto contra el dinero chino debido a los riesgos financieros y de seguridad que se le atribuyen.

El mismo 26 de agosto, el día en que Stoltenberg habló en Canadá, sin tener nada que ver el Departamento de Estado de EE UU anunció que iba a nombrar un embajador plenipotenciario especial para la región del Ártico por primera vez en la historia del país. Un mes después, el Pentágono creó la Oficina de Estrategia para el Ártico y Resiliencia Global, dirigida por Iris Ferguson en calidad de vicesecretaria adjunta de Defensa para el Ártico, un cargo nuevo. Después de tres décadas de olvido, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, estaba pensando en dar más importancia a la región dentro de la Administración estadounidense.

El pasado 7 de octubre, la Casa Blanca publicó la nueva Estrategia de Estados Unidos para el Ártico, en su primera actualización desde 2013, que establece las prioridades para los próximos 10 años. Aunque la lucha contra el cambio climático, la protección del medio ambiente y las nuevas inversiones en desarrollo sostenible son tres de los pilares fundamentales de la estrategia, el documento señala a Rusia y China como los dos principales competidores en la región. Con la perspectiva de una mayor rivalidad en esta zona de “creciente importancia estratégica”, Estados Unidos se compromete a “perfeccionar y reforzar la presencia militar en el Ártico con el fin de apoyar nuestros objetivos: la defensa nacional, la proyección militar y de poder en el mundo y la disuasión”.

Está claro, por tanto, que en esta coyuntura de tensiones políticas y temperaturas en aumento, el Ártico es la región que más debemos vigilar. El Ártico es la nueva frontera tanto del clima como de la geopolítica.


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