Editorial
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Una OTAN más europea

La convulsión que ha causado Putin fortalece a la Alianza Atlántica pero la UE debe buscar una nueva relevancia en ella

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el martes en Madrid.
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el martes en Madrid.Kiko Huesca (EFE)

Occidente está inmerso en un cambio de ciclo histórico que afecta a múltiples ámbitos y necesariamente también a la OTAN, que celebra su cumbre en Madrid con presencia de delegaciones de 40 países. De ser una organización que había entrado en la irrelevancia o mantenía una función muy secundaria, la invasión de Ucrania por Putin el 24 de febrero le ha restituido el sentido originario de su función como alianza militar y ha reforzado su objetivo de defensa disuasoria. La analogía con la Guerra Fría mantiene solo en parte su vigencia hoy: la disuasión como objetivo se combina con la preparación para una eventual defensa porque la guerra actual se desarrolla en la frontera este de Europa. Por eso la OTAN busca reforzar su flanco oriental con una fuerza de intervención rápida de 300.000 soldados (en vez de los actuales 40.000). En el aire queda la pregunta sobre el estado exacto de preparación de las tropas y los medios económicos necesarios para desplegarlas.

La cumbre está destinada a revisar el concepto estratégico de la Alianza y cambiar de forma sustancial el papel de socio que adquirió la Federación Rusa en la cumbre de Lisboa de 2010 por el de un enemigo directamente amenazante en 2022. A la vez, señala un ámbito de atención que desborda el continente europeo y alcanza hasta China, calificada como una amenaza sistémica y a largo plazo. Sin embargo, conviene no perder de vista lo que Francia ha subrayado: el área de actuación de la organización es la zona euroatlántica y es ahí donde debe seguir concentrada.

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El incremento del gasto en defensa de los países socios alcanzará niveles desconocidos hasta ahora, y todos han asumido ese compromiso ante el belicismo de Putin. Dos países militarmente relevantes como Finlandia y Suecia están dispuestos ya a incorporarse a una entidad que se proyecta al mundo como alianza de democracias. La negociación con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan era clave y ha acabado levantando su veto, a pesar de que sus modos de gobierno se acercan cada vez más a autocracias inequívocas como las de Vladímir Putin y Xi Jinping. A efectos prácticos, la OTAN ya se ha reforzado y ha avanzado hacia el Este y en los espacios marítimos báltico y ártico para contrarrestar los designios con los que Moscú lanzó sus tropas a la guerra. Pero debe repensar también su presencia en el Sur, no solo en relación con su asociación con la Unión, sino con los países y organizaciones del norte de África y de Oriente Próximo.

El futuro de la OTAN no puede plantearse hoy sin que la UE tenga en ella una mayor relevancia. Las preocupaciones ante un eventual regreso a la Casa Blanca de Donald Trump o de un republicano trumpista refuerzan la expectativa de un creciente papel de Europa en la Alianza. El apoyo armamentístico y las multimillonarias ayudas económicas que EE UU ha proporcionado a Ucrania confirman la dependencia de Europa del paraguas de seguridad que ofrece Washington. Esta evidencia debería empujar a la Unión a tomar conciencia de la necesidad de reforzar sus propias capacidades en defensa: el futuro posicionamiento de la OTAN tanto en el Sur como en el Este pide de los países europeos y de la misma UE la apuesta por un nuevo protagonismo.

Para la sociedad española, la celebración de esta cumbre ratifica una nueva actitud hacia la Alianza, un estrecho compromiso con la defensa y una recuperación del impulso de su política exterior. Pese a la presencia minoritaria de posiciones contrarias a la OTAN en la izquierda, la regresión totalitaria de la Rusia de Putin y su actuación criminal en Ucrania no deja apenas espacio para las dudas sobre sus aliados atlánticos y la urgencia de una defensa europea.

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