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Meteorología

Tal y como van las cosas, los que intentamos mantener un rayo de esperanza no sólo perdemos la batalla del porvenir, sino que también nos estamos quedando sin planeta y sin futuro

Un votante deposita su papeleta en la primera vuelta de las elecciones legislativas en Francia, el pasado domingo.
Un votante deposita su papeleta en la primera vuelta de las elecciones legislativas en Francia, el pasado domingo.CHRISTOPHE PETIT TESSON (EFE)

Bochorno. El tiempo loco se ha convertido en un ciudadano hedonista, un caprichoso típico de la sociedad de consumo. Está dispuesto a hacer lo que le da la gana sin respetar el confinamiento de los calendarios y las costumbres seculares. Los termómetros bailan en las discotecas de la meteorología, mueven las caderas al ritmo de una música esnifada. Ahora calor a destiempo, ahora frío desmedido, esto no es propio de junio, aquello no era propio de noviembre. Los archivos de la memoria y las burocracias del clima no dan crédito, más crédito. ¿Quién le pasa la droga a las temperaturas? Las inquietudes del alma están muy agitadas por la pobreza energética, el recibo del gas o la luz, las calefacciones y los aparatos de aire acondicionado. Siempre se ha hecho negocio con el sudor de nuestra frente, pero esto es excesivo.

El poeta Ángel González encontró una estrategia modesta para pensar en el tiempo y resistir los años obscuros del franquismo. Más por convicción que por esperanza, quiso separar las posibilidades del porvenir y las del futuro. “Te llaman porvenir porque no vienes nunca”, escribió para denunciar la poca atención que el destino prestaba entonces a los españoles sufrientes. Los buenos deseos no suelen ser un animal manso dispuesto a comer de nuestra mano. Por eso la ilusión se refugiaba a largo plazo en el tiempo absoluto de un futuro obligado a suceder de una manera o de otra.

Tal y como van las cosas, los que intentamos mantener un rayo de esperanza no sólo perdemos la batalla del porvenir, sino que también nos estamos quedando sin planeta y sin futuro. Mientras siguen a sus anchas los narcotraficantes de las temperaturas, el baile de los termómetros empieza a convertir en un desierto la filosofía, las preguntas sobre el ser y el no ser, sobre el todo y la nada. En fin, mañana será otro día.

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