Ofensiva de Rusia en Ucrania
Columna
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La Rusia dentro de ti

Es difícil encontrar un lugar con mayor densidad de miedo y, a la vez, de esperanza, por metro cuadrado, que la despoblada estepa rusa. ¿Qué explica tan funesta coincidencia?

El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una reunión por videoconferencia.
El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una reunión por videoconferencia.Mikhail Klimentyev (AP)

Ninguna nación ha producido tiranos tan crueles, ni escritores tan excelsos, como Rusia. Entre Iván el Terrible, que freía a sus enemigos, y Vladímir Putin, que masacra a civiles, varios zares despiadados y un Stalin que mató a millones de personas. Pero, en la tierra de los más grandes torturadores de cuerpos, han brotado los más grandes diseccionadores del alma humana, como Tolstói, Chéjov, Dostoievski, o, más tarde, Aleksandr Solzhenitsin. Hay quien dice que, desde la Biblia, no ha habido un compendio de libros tan profundo como la obra colectiva de los autores del realismo ruso. Es difícil pues encontrar en el planeta un lugar con mayor densidad de miedo y, a la vez, de esperanza, por metro cuadrado que la despoblada estepa rusa. ¿Qué explica tan funesta coincidencia?

Seguramente, el poder desmesurado de la religión. Encajada entre Europa y Asia, Rusia se ha sentido históricamente insatisfecha tanto con el individualismo occidental como con el colectivismo oriental. Descontenta con lo que veía a un lado y a otro, Rusia miró al cielo, buscando en la fe religiosa el sentido de la vida que los occidentales perseguimos en la entronización del Yo y los orientales en su sublimación. Y, desde que, en su tierna infancia, Moscú fuera bautizada como la Tercera Roma, la religión ha permeado su vida política y cultural. Como resultado, Rusia ha engendrado legiones de cruzados sedientos de sangre infiel, pero también de Jesucristos ansiosos por ayudar al prójimo.

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El país eslavo ha sido un terreno fértil para ideologías totalitarias, deudoras del dogmatismo cristiano más excluyente. Da igual la etiqueta que lleve el imperialismo resultante: zarista, soviético, o putinista. La idea de fondo es la misma que expuso el patriarca ortodoxo Kiril de Moscú al justificar la guerra en Ucrania: el mundo es una lucha entre el bien y el mal. Exterminar sin piedad, reeducar con gulags, todo está justificado en la apocalíptica batalla entre Dios (o el proletariado) y el Demonio (o la burguesía).

Pero, frente a esos herméticos ejércitos de los “uncidos con la verdad” se han alzado siempre en Rusia voces valientes que, siguiendo la tradición cristiana más tolerante, han defendido la duda y la libertad, pagando con su martirio. Dentro de Rusia, conviven Putin y Alexéi Navalni. Y también quizás dentro de cada uno de nosotros. Porque todos somos una muñeca rusa. @VictorLapuente

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