Tribuna
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Cómo jugar el juego de Putin

El conflicto en Ucrania dejará al descubierto las debilidades más profundas de Occidente: el obstáculo más importante para una respuesta eficaz es nuestra incapacidad de enfrentarnos a Alemania

Angela Merkel, con Putin durante su último viaje a Moscú como canciller de Alemania, el pasado agosto.
Angela Merkel, con Putin durante su último viaje a Moscú como canciller de Alemania, el pasado agosto.EVGENY ODINOKOV (AFP)

Vladímir Putin es un maestro de la comunicación moderna porque sabe que los mensajes eficaces tienen un componente oculto y otro público. No necesitamos depender de los analistas de seguridad de Langley para que nos digan qué está ocurriendo sobre el terreno. Vemos los vídeos de los movimientos de las tropas y las imágenes de satélite en Twitter. Putin quiere que los veamos.

Por supuesto, hay información privada, cosas que Putin no va a decirnos, como el día que empezará la invasión. Los kremlinólogos no lo saben. Cuidado con los periodistas que pretenden saber lo que piensa Putin: que tiene miedo de la democracia en los países vecinos; que lo único que le importa es el dinero; que nunca ataca en invierno; y nunca durante los Juegos Olímpicos.

Lo que sí sabemos es cómo se comunica. El presidente ruso es un maestro del juego de la información pública-privada. Revela y oculta. Occidente está jugando un juego anacrónico: lanza amenazas imprecisas, anuncia líneas rojas, celebra miles de reuniones bilaterales, y pierde el tiempo en sitios como Davos o la Conferencia de Seguridad de Múnich.

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La estrategia de comunicación de Putin tiene una analogía en el mundo de la criptografía, que en la década de 1970 experimentó una revolución con la criptografía de clave pública. Para transmitir un mensaje se necesita una clave pública y otra privada. Esta inteligente combinación constituye el secreto del envío eficaz de mensajes, y también se aplica a la comunicación política.

Estoy casi seguro de que Putin sabe cómo interpretar el silencio de Olaf Scholz, que ni siquiera se atrevió a mencionar el Nord Stream 2 cuando estuvo con Biden la semana pasada. Putin puede ver que Occidente no tiene un mensaje común porque no está unido. Este es el primer problema que tenemos que solucionar.

El mayor error que nosotros, como observadores, podemos cometer en este preciso momento es subestimar a Putin. El presidente de Rusia es un hombre de la vieja escuela, pero ultramoderno en sus juegos estratégicos. Y nosotros, ¿tenemos siquiera una estrategia de guerra informática? ¿Y la capacidad de piratear la infraestructura rusa de comunicaciones militares? ¿Puede la Unión Europea expulsar a terceros países de las transacciones en euros, como hacen los estadounidenses? Putin lleva muchos años preparándose para este momento. Para ello, ha reducido su dependencia económica de los mercados en dólares. La expansión militar era solo el último paso.

La acción más eficaz que podría llevar a cabo Occidente ahora, en vísperas de una posible guerra, sería ser transparente en cuanto a las sanciones que impondrá. Si nos enfrentamos a una amenaza militar máxima, deberíamos responder con una amenaza económica máxima: apartar a Rusia de los mercados en dólares y en euros. Hay distintas maneras de llevarlo a cabo, de las cuales la exclusión del sistema de pagos SWIFT posiblemente no sea ni siquiera la más eficaz. Deberíamos imponer sanciones a las personas y las empresas que tienen tratos con Rusia. Esto incluiría a figuras como Gerhard Schröder y a las empresas energéticas de la UE que han invertido en el Nord Stream 2. Y acabar con los paños calientes.

Si esto se pone sobre la mesa de antemano, es muy posible que podamos impedir una invasión. Los rusos de a pie entenderían que la decisión de Putin de invadir tendría un coste para ellos, algo que ahora no es el caso.

Este mensaje público debería ir acompañado de otro, también público: si Putin se retira, entablaríamos conversaciones serias con Rusia sobre reducción de tropas y armamento. Hay escenarios en los cuales el gas podría circular por el Nord Stream 2. Nuestro problema no es el gasoducto, sino la manera en que Rusia abusa de la dependencia excesiva de Europa del gas ruso para perjudicar a Ucrania.

También habría que dar a entender que deberíamos considerar a Rusia un socio. El Ártico se está convirtiendo en una zona cada vez más importante para Estados Unidos y la Unión Europea. A la larga, tendremos que encontrar la manera de cooperar con Rusia. No son el enemigo.

¿Qué nos impide entonces dar una respuesta eficaz? Creo que el obstáculo más importante es nuestra incapacidad de enfrentarnos a Alemania. Esta debilidad constituye el núcleo de mucho de lo que ha pasado en Europa y en la OTAN en los últimos 20 años: la falta de una solución a la crisis de la deuda soberana; nuestra dependencia energética de Rusia; y el deterioro de la relación con Estados Unidos y Reino Unido.

El papel de Alemania se está examinando con lupa, y con razón. Los periódicos estadounidenses han empezado a escribir sobre el papel de Schröder y otros veteranos políticos del SPD que Putin tiene en el bolsillo. Algo en lo que el Gobierno de Trump dio en el blanco fue en reconocer acertadamente a Alemania como la fuente de inestabilidad en la OTAN. El Gobierno de Biden dio marcha atrás en esta política, y está empezando a darse cuenta poco a poco de los costes de su decisión. Alemania sigue sin estar dispuesta a pagar la parte que le corresponde del gasto de defensa de la Organización, y nunca acudirá a la llamada de ayuda mutua prevista en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte si esto afecta a Rusia. Tampoco aceptará nunca sanciones que pongan en peligro su política de generar excedentes de exportación.

Putin está ganando porque se ha preparado para esta situación, mientras que Occidente reacciona precipitadamente. Si invade, podemos estar seguros de que nuestra reacción consistirá en sanciones ineficaces, informes sobre estrategia, mesas redondas y reuniones de alto nivel.

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