Tribuna
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¿Cuándo perdimos la batalla?

Las oportunidades perdidas para la integración europea hacen pensar que esa realidad nunca llegará; hay que plantearse si una unión disfuncional es la mejor de las alternativas a esa ilusión

El vicealmirante Schönbach, durante su intervención en un foro de defensa en India.
El vicealmirante Schönbach, durante su intervención en un foro de defensa en India.Manohar Parrikar Institute for D (via REUTERS)

Cuando se lucha por una causa y esta no se hace realidad, ¿en qué momento se reconoce la derrota? Hay causas por las que uno quiere seguir luchando pase lo que pase, como los derechos humanos o el cambio climático. ¿Pertenece la integración europea a esta categoría? Para mí, no. Mi mayor punto de desacuerdo con mis compañeros europeos federalistas no es lo que creemos que es deseable. En lo que discrepamos es en la línea divisoria entre la realpolitik y las ilusiones.

Este fin de semana tuvimos un buen ejemplo. El loco cuyo crimen ha sido decir lo que todo el mundo en el SPD piensa es Kay-Achim Schönbach, que se vio obligado a dimitir como jefe de la Armada alemana por revelar al mundo que el aliado natural de Alemania es Rusia.

Alemania también juega un juego no cooperativo en la unión monetaria europea a través de un modelo económico basado en grandes excedentes de ahorro. Ya sea por razones de política económica o de política exterior, otros Estados miembros se han mostrado reacios a enfrentarse a ella.

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La crisis de la deuda soberana de la zona euro me privó de la última de las grandes ilusiones europeas que me quedaba: la idea de que las crisis nos hacen más fuertes. Esa crisis en particular nos hizo más débiles. Y lo mismo ha pasado con la pandemia. No veo trayectoria alguna para que Italia genere el grado de aumento de la productividad necesario para hacer sostenible su deuda externa. La única manera de evitar el desastre es que el Banco Central Europeo respalde la deuda italiana para siempre. Puede que lo haga, pero en ese caso se aventuraría por una senda tóxica que conduce a una amplia variedad de otros destinos horribles. Claro que, la zona euro probablemente tampoco sobreviviría intacta a un impago de la deuda por parte de Italia. Elijan su veneno.

Sé que muchos otros proeuropeos no han llegado a las mismas conclusiones, y quizá nunca lo hagan. Algunos son propensos a celebrar falsos amaneceres, como la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad, que consideran el preludio de un organismo europeo de la deuda. Otros celebraron el fondo de recuperación como el comienzo de la unión fiscal de la UE, sin mencionar que carece del componente cíclico. Tampoco les gusta admitir que su valor representa solamente el 0,3% del PIB al año. Se puede llegar a cifras más altas si se suman las subvenciones y los préstamos, cosa que nunca se debería hacer, y luego se divide el total por el PIB de un año. Si uno reduce su ambición a adornar las estadísticas y a hacer trucos publicitarios que capten titulares, entonces esta es su opción.

La medida objetiva del éxito y el fracaso del fondo de recuperación será el grado de aumento de la productividad que genere. Esto se verá en los datos brutos de los próximos años. Aun en el improbable caso de que el fondo se renueve, seguirá estando por debajo del nivel en el cual constituiría un factor macroeconómico. Es útil como lo son tantas cosas en la vida, pero no tiene nada que ver con la unión fiscal o económica.

Mi escepticismo no es una cuestión de impaciencia, sino de oportunidades perdidas para siempre. Tomemos el ejemplo de la adquisición de activos por parte del BCE. Entre 2008 y 2015 se abrió brevemente una ventana a un verdadero eurobono con el inicio del programa de relajación cuantitativa de la institución. Después, el Banco Central compró deuda soberana nacional por valor de billones y la transformó en euros. Así funciona la relajación cuantitativa: cambia deuda por dinero. El dinero es un pasivo similar a los bonos, salvo que el vencimiento es más corto.

La idea detrás de un verdadero eurobono no podría ser más diferente. No se habría tratado de monetizar la deuda nacional. Un eurobono propiamente dicho habría sido un instrumento de deuda de una unión fiscal con poderes limitados de recaudación. En ese escenario, el BCE habría podido seguir comprando deuda, pero solo a escala de la UE. Los volúmenes habrían sido necesariamente de una magnitud mucho menor. La deuda nacional se habría convertido en subsoberana y podría haber incumplido el plazo de devolución sin poner en peligro la estabilidad de la Unión.

Una Europa federal no tendría por qué haber sido un gran Estado. Habría podido incluir las adquisiciones para la defensa, que representan alrededor del 2% del PIB, y los programas de inversión en cambio climático y digitalización, por ejemplo. Habría facilitado numerosos servicios de reaseguro contra las alteraciones cíclicas y las crisis financieras. Podría haber sido uno de los entes soberanos más sobrios del mundo, con un presupuesto de alrededor del 5% del PIB. Con eso habría bastado para cumplir con sus funciones económicas básicas.

Ojalá. He llegado a la conclusión de que ese barco ya ha zarpado. Y cuando uno se da cuenta de ello, las consecuencias son de gran alcance. Si una verdadera unión económica constituye la mejor opción, la consecuencia lógica no es que una unión económica disfuncional sea la segunda mejor. Quizá usted crea que la Unión Europea todavía es posible. Está en su derecho. Pero si no es así, tiene que plantearse algunas preguntas bastante preocupantes. En este punto me encuentro yo. Una de las preguntas es la siguiente: aunque la solución europea sea la óptima, ¿es posible que la alternativa nacional sea mejor que un híbrido disfuncional?

Hago esta pregunta porque me doy cuenta de que la mayor amenaza a la integración europea procede de las áreas en las que esta funciona mal. El mercado único y las aduanas funcionan eficazmente. Lo mismo ocurre con el comercio y la política de competencia. En cambio, la coordinación de la política macroeconómica ha sido siempre un fracaso. Y la política exterior y de seguridad van en la misma dirección.

Quizá el mayor fracaso sea la incapacidad y la falta de voluntad de los más ardientes defensores de la integración europea para decir la verdad al poder y tratar la integración como un sistema de creencias. Así es como se pierde la batalla por una Europa unida: cuando terminamos con una unión económica que fomenta la división y un Ejército europeo que nunca lucha.

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