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El CGPJ y el ‘síndrome Bárcenas’

Todos los intentos de Pablo Casado por desprenderse de la losa de la caja B de su partido lo están introduciendo cada vez más en un laberinto sin salida

Pablo Casado durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso.
Pablo Casado durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso.DAVID CASTRO / GTRES

El frustrado intento por pactar al fin la renovación del CGPJ ha vuelto a desempolvar esa vieja máxima de que es preciso evitar la instrumentalización partidista de las instituciones. Como mecanismo imprescindible para sortear este problema, S. Levitsky y D. Ziblatt, en su conocido libro Cómo mueren las democracias proponen atender siempre a algunas reglas informales que sirven para complementar las disposiciones legales. Subrayan dos en particular, la “tolerancia mutua” entre los actores políticos, y la “contención constitucional”. La primera se explica por sí misma; la segunda alude a “evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran su espíritu”. Su importancia es tal, que estas reglas habría que considerarlas como los “guardarraíles de la democracia”.

Ambas han estado bien ausentes en todo este ya largo y cansino proceso. El veto del PP a potenciales candidatos designados por UP encajaría en la primera de ellas. En la segunda, todo lo demás, en particular la insistencia de UP en colocar a una candidata en la que su estatus de juez se diluye en su activismo partidista; o en su veto inicial al juez del caso Dina y el veto permanente del PP a José Ricardo de Prada por su protagonismo en la sentencia del caso Gürtel. Esto último equivale a mandar el mensaje de “si me condenas, te veto”, aviso a navegantes. O sea, que expresa una flagrante interferencia en la misma autonomía del poder judicial.

Lo que más me interesa de este último punto, sin embargo, no es tanto la quiebra de la “contención constitucional” o esa insoportable práctica de sujetar las instituciones al interés partidista. Quiero poner el foco sobre otro aspecto, la dificultad del nuevo PP de Casado para gestionar todo lo que tiene que ver con el pasado de la corrupción de su partido, eso que podríamos llamar el síndrome Bárcenas. Para empezar, porque todos sus intentos por desprenderse de esa losa lo están introduciendo cada vez más en un laberinto sin salida. El mensaje de su veto a De Prada es que hubo algo torticero en la sentencia Gürtel; por otra parte, en cambio, todos sus esfuerzos desde que el extesorero se decidió a tirar de la manta han ido dirigidos a desresponsabilizarse de las actuaciones anteriores de su partido. La contradicción performativa es manifiesta: si el PP fue condenado injustamente, ¿por qué sostener ahora que ya es otro partido, que los nuevos no son responsables de los vicios anteriores?

Lo que en realidad le hubiera redimido de ese pasado es, precisamente, el haber sacado adelante la renovación del CGPJ. Con De Prada. Le habría acercado al perdón por conductas anteriores al manifestar mediante hechos concluyentes que, en efecto, hay una verdadera intención de pasar página. Y le habría protegido frente a próximos estallidos del caso Bárcenas. Solo el perdón, decía H. Arendt, nos emancipa de un pasado sin enmendar. Porque en este caso, además, va implícitamente asociado a una promesa, la de volver a ser un partido de Estado, algo imprescindible para ser el referente de la derecha y estabilizar nuestro sistema político. Toda promesa —de nuevo Arendt— tiene la capacidad de transformar en confianza la incertidumbre hacia el futuro. Ocasión perdida.

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