Mujeres indígenas
Columna
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La Malinche enamorada. Ku’ää

Si queremos hacer justicia a la figura de todas las mujeres nativas de su época que tuvieron un papel fundamental en lo sucedido hace 500 años necesitamos comenzar por dejar de narrarla como una mujer enamorada de Cortés

El compositor, Nacho Cano (al centro, con el micrófono), durante un evento alrededor de su nuevo musical "La Malinche" rodeado de miembros del elenco, el 7 de septiembre, en Madrid.
El compositor, Nacho Cano (al centro, con el micrófono), durante un evento alrededor de su nuevo musical "La Malinche" rodeado de miembros del elenco, el 7 de septiembre, en Madrid.JUAN NAHARRO (WireImage)

El día que tomé la voz de la Malinche en Twitter, la cuenta de Hernán Cortés, llevada por un entusiasta del partido político español ultraconservador Vox, comenzó a seguirme y a enamorarme en un mal fingido castellano antiguo, más bien dicho, comenzó a enamorar al personaje que en Twitter llevábamos un grupo de mujeres indígenas como parte de un proyecto llamado Noticonquista. En 2019, a propósito de la conmemoración de los 500 años de unos sucesos de los que se debate aún el nombre, surgió en la Universidad Nacional Autónoma de México este interesante proyecto de divulgación y análisis coordinado por Federico Navarrete, Margarita Cossich y Lucía Beraldi. Alrededor de Noticonquista, se creó una página de internet en el que se concentraron artículos de una gran diversidad de especialistas, además de otros muchos recursos para dar a conocer de manera más compleja eso que se ha llamado la Conquista de México en los libros de textos. Además de la página de internet, se organizaron conservatorios, encuentros, eventos culturales y debates, se crearon también videojuegos y juegos de mesa relativos al tema, entre otros recursos. Como parte del proyecto, se abrieron cuentas en redes sociales que iban narrando en “tiempo real” los hechos ocurridos hace 500 años, se narraban como si, de hecho, estuviéramos en 1519. Una de esas cuentas replicó la voz comúnmente conocida como la Malinche. Desde Noticonquista, nos invitaron a un grupo de mujeres de diferentes pueblos indígenas a que tomáramos la voz de Malintzin, como prefiero llamarla, y desde ahí vertimos reflexiones sobre su vida y la injusta construcción de su imagen en la historia oficial, sobre la cual reverberan muchos de los fenómenos a los que nos enfrentamos en la actualidad las mujeres indígenas.

Durante el tiempo en el que me tocó tuitear como Malintzin, me hallé ante dos fenómenos distintos pero muy parecidos en intensidad. Por un lado, a través de la cuenta de Hernán Cortés, que comenzó por cortejar al personaje de Malintzin y terminó atacándola, se me abrió el mundo de las cuentas españolas de derecha que narran lo sucedido hace 500 años como un proceso civilizatorio mediante el cual la corona española liberó a los pueblos mesoamericanos del yugo tenochca, les trajeron la fe católica, la imprenta y las universidades. Desde este punto de vista, Hernán Cortés liberó a Malintzin de la opresión a la que estaba sometida y ella en respuesta se enamoró perdidamente de él. Por otro lado, de este lado del océano, las cuentas que atacaban a Malintzin la narraban, acorde con la historia nacionalista, como una traidora que prefirió enamorarse de un español antes que defender los intereses de México que, en esta narrativa, es una entidad que existía desde entonces. En ambas narrativas, por más contrastantes que sean, la compleja relación entre Hernán Cortés y Malintzin se trata envuelto en el velo anacrónico del amor romántico.

En general, las representaciones literarias y audiovisuales no se resisten a crear a una Malinche enamorada y en nombre de ese supuesto enamoramiento justifican y explican sus acciones. Este acercamiento contrasta absolutamente con las fuentes que tenemos sobre la vida de Malintzin y sobre las representaciones actuales que tiene su figura dentro de los pueblos indígenas, sobre todo, a través de la interpretación de las danzas en las que ella figura. Lejos de ser una mujer enamorada, Malintzin fue una mujer de inteligencia y aptitudes extraordinarias que en tiempos complejos y violentos, además de intentar sobrevivir y sortear las múltiples violencias en las que estuvo envuelta, fue una protagonista política fundamental en los hechos que terminaron con la caída de Tenochtitlan, ciudad a la que ella no le debía ninguna lealtad. Malintzin desarrolló estrategias para ejercer su autonomía en medida de las circunstancias que su contexto le planteó, una esclava que al final de su vida se ganó el respeto de las personas más poderosas de su contexto. No olvidemos que los pueblos nativos usaron el nombre de ella, Malinche, para nombrar a Cortés y que en los Lienzos de Tlaxcala los pueblos nahuas la representaron a menudo con un tamaño mucho mayor que el de un Cortés que no podía hablar inteligiblemente con la población nativa. Ante la población nativa, la dueña de la palabra era ella, ella era quien les hablaba y trasladaba significados a través de la interpretación constante.

Crear una Malinztin enamorada de Cortés la subordina a él y la coloca como el blanco perfecto de la misoginia y el desprecio con el que su figura se ha abordado de manera tan injusta y poco informada. Desde ambos lados del océano, sea desde la derecha española o desde el más recalcitrante nacionalismo mexicano, no se resisten a caer siempre en ese lugar común que es la supuesta relación amorosa entre Cortes y Malintzin. Como han dicho las personas especialistas en el tema, nada hay que nos indique que la historia entre Cortés y Malintzin fue una historia de amor, seguir replicando esa idea revictimiza a una mujer que desde la misoginia y el racismo ha sido narrada en la historia de manera tan distorsionada. Resulta interesante también, como este mecanismo, narrarlas como mujeres enamoradas, se ha implementado sobre otros personajes femeninos importantes como Pocahontas, por nombrar un ejemplo, para negar la complejidad detrás de las decisiones que estas mujeres tomaron durante su vida en medio de circunstancias muy complicadas.

Lamentablemente, esta terrible tradición en la que hombres españoles como el que está detrás de la cuenta de Hernán Cortés se otorgan el derecho de narrar a una Malintzin enamorada sigue muy viva. Hace unos días, Nacho Cano, exintegrante del grupo Mecano, estrenó en Madrid la obra musical Malinche en la que, según esta nota de Raquel Vidales, “la indígena Malinche, supuesta protagonista de la historia, apenas tiene dos escenas habladas y le basta un segundo para enamorarse de Cortés […]Todo invita a celebrar ‘el encuentro entre dos pueblos y sus culturas’ y la bonita historia de amor entre Cortés y Malinche”. Entre los entusiastas asistentes al estreno se encontraba José María Aznar, el expresidente del Gobierno español, un personaje bastante entusiasta de las versiones de la Conquista como un proceso civilizatorio. Nacho Cano, al parecer, elige una vez más callar a Malinztin y contar la misma historia de siempre, la que borra las complejidades, la que anula su agencia y sus estrategias. No dudo que la persona detrás de la cuenta de Hernán Cortés aplauda ferozmente desde algún palco al final de la obra.

Si queremos hacer justicia a la figura de la Malintzin y con ella a la figura de todas las mujeres nativas de su época que tuvieron un papel fundamental en lo sucedido hace 500 años, necesitamos comenzar por dejar de narrarla como una mujer enamorada de Cortés, con ello, podremos también tener una lectura más crítica de nuestras historias y también de la historia y el papel de las mujeres indígenas en la actualidad. La Malinche enamorada, que implica una mutilación de su agencia desde una narración patriarcal, recuerda también el olvido y la negación de la agencia que las mujeres indígenas hemos sufrido a través de los siglos en la defensa de nuestros pueblos, de nuestras formas de vida y de nuestros territorios. Tal vez por esto, me sentí personalmente atacada cuando el derechista detrás de la cuenta de Hernán Cortés llegó a imponer su voz y su narración a la cuenta de Malintzin, porque de alguna manera Malintzin hemos sido todas.

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