Elecciones EE UU

Joe Biden, una campaña discreta para transformar Estados Unidos

El candidato demócrata se ha destacado por sus formas y su atención a la pandemia

El candidato presidencial demócrata Joe Biden habla con sus partidarios en un evento de inicio de campaña en el Local Carpenters Union 445 el 3 de noviembre de 2020 en Scranton, Pensilvania. En vídeo, las tras campañas presidenciales del demócrata. (Foto: AFP | Vídeo: EPV)

Más allá de la asepsia de su campaña, diseñada y ejecutada a distancia para evitar actos multitudinarios hasta el punto de resultar casi secreta —su equipo anunciaba los actos unas horas antes, con la asistencia limitada a unos pocos elegidos—, la principal arma del candidato demócrata, Joe Biden, en esta carrera electoral han sido las formas: siempre embozado tras una mascarilla para denunciar por contraste la gestión de Donald Trump de la pandemia.

“No hay una sola razón para votar a Biden, hay miles. Empatiza con la gente, no es arrogante ni pretencioso, sabe escuchar y no desprecia a nadie como hace Trump”, decía el sábado en un automitin de Biden en Flint (Michigan) Diane Smith, que se tuvo que conformar con ver pasar la caravana del candidato entre una legión de policías motorizados, sin poder acceder al aparcamiento donde se celebró el acto. A Michigan, un Estado clave donde Trump ganó en 2016 por una diferencia de 10.074 votos —el margen de victoria más estrecho en todo el país—, viajó este sábado el exvicepresidente, acompañado por Barack Obama —el gran reclamo de su campaña, el broche final—, para ganarse a los indecisos y asegurarse el apoyo de la comunidad afroamericana, mayoritaria en la zona. El lunes, último día de campaña, volcó sus fuerzas en Pensilvania, otro Estado que puede definir el resultado de las urnas.

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Salvo el puñado de periodistas empotrados en la caravana demócrata, el resto a duras penas ha logrado enterarse de dónde tendría lugar el siguiente mitin, solo aproximadamente, un par de datos orientativos (e insuficientes, dadas las distancias en el país): la franja horaria y el Estado, con suerte la ciudad. A Biden se le reprocha no haber salido prácticamente de su casa en Wilmington (Delaware) hasta la recta final de la campaña, también su distancia de la gente, pero este modo de hacer campaña ha sido también su principal mensaje: la prioridad será resolver la crisis sanitaria de la covid-19, cuando el país supera récords de contagios (más de nueve millones confirmados, solo 90.000 este viernes) y sobrepasa los 230.000 muertos.

Frente al reguero de contagios que Trump ha ido dejando a su paso, de los actos en la Casa Blanca a sus desenfrenados mítines, la campaña de Biden ha sido escrupulosa hasta el extremo. “Vamos a controlar la covid-19 con un mandato nacional de mascarilla, distancia social, pruebas y rastreos”, prometió Biden en Flint; “vamos a vencer al virus, y el primer paso para derrotar al virus es ganar a Donald Trump”. Reventadas las costuras del sistema sanitario por la emergencia, Biden propone un mando único federal, la contratación de 100.000 rastreadores y la gratuidad de las pruebas de detección del virus.

“Si Biden gana colocará en el altar que se merece al doctor [Anthony] Fauci, no se pueden tolerar los insultos que Trump ha dedicado a esta eminencia científica”, opinaba Dennis Warson, antiguo obrero en una planta automovilística de Detroit reconvertido en conductor de una plataforma de alquiler de coches, sobre el sufrido responsable de la lucha contra el virus de la Casa Blanca. “Nadie en su sano juicio habría hecho ante la pandemia las locuras que ha hecho Trump, eso demuestra que la gente le importa bien poco”, añadía Warson, con la mascarilla a media asta: la diferencia entre el disciplinado Nueva York y la laxitud de otras zonas del país en cuanto a medidas de protección salta peligrosamente a la vista.

El recrudecimiento de la pandemia, fuera de control en el Medio Oeste, y el formato distante de la campaña han empañado las promesas de un programa electoral que, a diferencia del de Trump —basado en su persona y en la jactancia de sus logros—, sí contiene propuestas concretas para remediar cuatro años de repliegue y cerrazón. La economía, abismada por el impacto de la pandemia, y la sanidad son dos pilares básicos de su plan de gobierno. En un anuncio televisivo de la campaña de Trump —una ristra de lugares comunes tamizados por la tinta de calamar de las ‘fake news’—, un atractivo jubilado acusaba a Biden de querer reformar la sanidad “para beneficiar a los inmigrantes ilegales, lo que redundará claramente en perjuicio de los mayores”. Pero no. Biden solo pretende recuperar partes de la reforma sanitaria de Obama, el Obamacare, derogadas por la Administración saliente y en su conjunto un anatema para los republicanos. El legado del primer presidente afroamericano de EE UU pervive en el programa del que fuera su número dos.

Aunque el demócrata promete restaurar los lazos de EE UU con la comunidad internacional, mediante la reintegración del país en organismos y acuerdos internacionales como el del Clima de París, su decidida apuesta por la producción local, con un programa denominado Made in America, es un signo de nacionalismo económico que le acerca al indio Narendra Modi o el turco Recep Tayyip Erdogan, en sus antípodas ideológicas, y que reformula el America first que en 2016 llevó a Trump a la Casa Blanca.

Hacia una economía verde

Sacar a la economía del coma inducido por la pandemia, pero también transformarla en una economía verde, con una clara apuesta por las energías renovables y la creación de 10 millones de empleos sostenibles ambientalmente, alientan la bandera de la lucha contra el cambio climático que Biden enarbola para horror de sus críticos, que consideran que afectará gravemente a la industria petrolífera y condenará a la irrelevancia la del fracking. Pero Biden no ha prometido en ningún momento acabar con los combustibles fósiles, solo superar la dependencia con un horizonte de emisiones neutras de dióxido de carbono en 2050. El Green New Deal de Biden también suena a Obama.

No es una casualidad que el candidato demócrata decidiera en su último día de campaña reunirse con un grupo de líderes sindicales en Pensilvania. Su brindis a la clase trabajadora, con la promesa de subir el salario mínimo a 15 dólares la hora (12,6 euros) a nivel federal y mejorar el subsidio de desempleo, junto con un paquete de 30.000 millones de dólares para fomentar el desarrollo de las minorías, son otras medidas nucleares del programa. Su impulso social —un guiño al ala más izquierdista del partido, también la más joven y pujante— parece un pálido remedo de socialdemocracia, aunque a sus rivales les huele a algo muy parecido a socialismo.

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