Claves | El veto europeo al petróleo ruso: un paso importante, pero no definitivo

Moscú tiene a India y China como principales alternativas para colocar su crudo; la UE mirará a Oriente Próximo y a EE UU

Una ilustración del veto comunitario al petróleo ruso.
Una ilustración del veto comunitario al petróleo ruso.DADO RUVIC (REUTERS)

Tras arrastrar los pies en un principio, consciente de que su dependencia de Rusia es infinitamente mayor que la de Estados Unidos o el Reino Unido, Bruselas ha terminado por dar el paso este miércoles: la UE romperá amarras con el petróleo procedente del país euroasiático. Lo hará de forma progresiva y con varias excepciones a la norma (Hungría y Eslovaquia seguro, y quizá también Bulgaria y la República Checa), pero el paso está dado. Será importante, porque dejará a Rusia sin el principal destino de su crudo, aunque no definitivo: Moscú tratará de puentearlo, buscando por todos los medios destinos alternativos para esa producción que ahora queda sin dueño. Incluso si se ve forzado a aplicar fuertes descuentos. Estas son las principales incógnitas e incertidumbres a resolver:

¿Cuánto petróleo produce y exporta Rusia? ¿A quién?

Con un bombeo total de 10,1 millones de barriles diarios, Rusia fue en 2021 el tercer máximo productor de crudo del planeta, solo por detrás de Estados Unidos y Arabia Saudí. Su importancia es aún mayor en el caso de las ventas al exterior: los 4,7 millones de barriles que puso en el mercado ese año le sitúan como el segundo exportador mundial, solo por detrás del Reino del Desierto.

Europa es, de largo, el primer destino del petróleo ruso: absorbió casi la mitad del total, notablemente más que China (que se hizo con un tercio). La cercanía geográfica y la existencia de oleoductos para su transporte son las dos principales razones detrás de esta enorme relación comercial. En los dos primeros meses desde el inicio de la invasión, Rusia ha ingresado 63.000 millones de euros procedentes de los países del Viejo Continente a cambio de su crudo, su gas y su carbón. Es, de largo, el mayor suministrador de combustibles fósiles de la Unión.

¿Puede Moscú colocar todo ese petróleo a otros países?

Tiene alternativas, pero no le será nada fácil. Primero, porque desde que comenzó la guerra todos los productos rusos —y el petróleo no es excepción— están envueltos en un halo de toxicidad en buena parte del mundo, y los países que accedan a comprar su producción se exponen a severas sanciones occidentales. Segundo, porque la mayoría de refinerías asiáticas no consumen exactamente la misma clase de crudo que exporta Rusia. Y tercero, porque la mayor distancia a recorrer encarece el producto, y los potenciales compradores no están precisamente cerca del gigante euroasiático.

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¿Tendrá que aplicar mayores descuentos?

Al verse entre la espada y la pared, las principales petroleras rusas llevan meses viéndose arrastradas a ofrecer importantes rebajas —que ahora rondan el 30%— a los compradores. Una suerte de prima obligada por compensar todo lo anterior. Hasta ahora, India —un gran importador— es el país que más lo está aprovechando. Pero ya empieza a haber señales de que algunas refinerías independientes chinas están empezando a asumir el riesgo de sanciones a cambio de este descuento.

Sin embargo, la avalancha de petróleo ruso que entrará en el mercado en los próximos meses —todo el que hasta ahora se vendía a Europa— será muy difícil de absorber en el corto plazo. Para darle salida, el Kremlin deberá aplicar un nuevo tijeretazo sobre el precio de venta.

¿Dónde comprará Europa el crudo que ahora importa de Rusia?

La práctica desaparición del mercado petrolero de un actor de su tamaño obligará a otros países productores a aumentar la cantidad de crudo que colocan en el mercado para tratar de llenar el hueco dejado por Moscú. Todas las miradas apuntan a tres países de la OPEP —Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí e Irak—, los que cuentan con una mayor capacidad ociosa. Pero el cartel sigue sin dar su brazo a torcer, y se mantiene en su plan de elevar muy poco a poco —demasiado poco a poco— el umbral máximo de bombeos de sus miembros. Nada de abrir el grifo, como EE UU, Japón, India y otros grandes consumidores llevan meses reclamando.

Hay más: América Latina, la región del mundo con las mayores reservas probadas, está llamada a dar un paso al frente —el reciente acercamiento de Washington a Caracas no es inocente—. Su concurso sería especialmente importante, porque el petróleo que produce es esencialmente de tipo pesado, igual que el ruso. Un pronto acuerdo nuclear con Irán podría inyectar otros 1,4 millones de barriles a corto plazo. Y EE UU, dado que la fracturación hidráulica ofrece mucha mayor flexibilidad a la hora de aumentar la producción, también puede aportar su granito de arena, como ya ha hecho con el gas.

Al ser un veto progresivo, tanto la UE como sus futuros suministradores tendrán más tiempo para reaccionar. “La diversificación es posible y relativamente factible de forma rápida, antes de lo que imaginábamos hace tan solo un mes”, decía a mediados de abril el primer ministro italiano, Mario Draghi.

¿Por qué es más fácil dejar de importar petróleo que gas?

Por dos motivos fundamentales: porque el porcentaje del crudo que llega a la UE desde Rusia (27%) es ínfimo en comparación con el gas natural (41%) y porque el mercado mundial de petróleo está mucho mejor engrasado y menos tensionado que el del gas. Hay más suministradores compitiendo a escala global —por lo que hacerse con contratos es más sencillo— y el transporte por mar es más común.

Aunque el trasiego de gas por barco se ha popularizado en el último año, en el que la competencia entre Europa y Asia por asegurarse el suministro se ha multiplicado exponencialmente, los procesos de licuefacción (para poder meterlo en la cisterna del buque) y posterior regasificación (para poder utilizarlo o transportarlo por tubo una vez llegado a puerto) suben mucho el precio.

¿Qué pasará con los precios?

Con la demanda prácticamente inalterada —los precios han empezado a provocar una reducción del consumo, pero todavía de manera muy tímida—, el achicamiento de la oferta que supone la desaparición del mercado europeo del petróleo procedente de Rusia añade un punto de picante sobre los precios. Sin embargo, hay un precedente que invita al optimismo: cuando EE UU y el Reino Unido vetaron el crudo ruso, la hecatombe de precios que se temía se quedó prácticamente en nada. Aunque este miércoles el petróleo ha subido con fuerza (+5%), cuesta 20 dólares menos que el pasado 8 de marzo, cuando Washington y Londres rompieron todos sus vínculos petroleros con Moscú.

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Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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