El nuevo desorden mundial perturba el alma de Alemania

Múltiples retos cuestionan el viejo consenso sobre el papel internacional de la potencia europea

Angela Merkel habla con Donald Trump durante un G-7 celebrado en Canadá en 2018.
Angela Merkel habla con Donald Trump durante un G-7 celebrado en Canadá en 2018.JESCO DENZEL (AFP)

Tras la caída del muro de Berlín, se extendió en Occidente la expectativa de que el establecimiento de lazos políticos y económicos con Rusia y China produciría una paulatina integración de estas dos potencias en el orden mundial liberal e incluso una convergencia de las mismas hacia valores liberaldemócratas. Los vínculos comerciales y culturales, se razonaba, impulsarían en esos países progreso, un creciente interés en apuntalar el sistema global, y la expansión de clases medias conectadas y exigentes que reforzarían ese círculo virtuoso. Pocos países abrazaron esa fe y construyeron su proyección exterior alrededor de ella más que Alemania, sociedad que por su pasado rehúye el protagonismo del poder duro-militar y que por su boyante presente industrial anhela ese orden liberal basado en el multilateralismo, reglas y libre comercio. Pocos países, pues, resultan ahora tan desafiados como Alemania por la voladura de esas expectativas y la disrupción de ese sistema.

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La Alemania que acude a las urnas este domingo para abrir una nueva etapa tras el largo liderazgo de Angela Merkel se juega mucho en el reto de adaptarse con acierto a las amenazas de este nuevo tiempo. De paso, toda la posición de la Unión Europea en la escena global depende del rumbo que quiera tomar su potencia hegemónica. Las circunstancias evidencian que no solo China y Rusia, cada una a su manera, están dispuestas a una competencia agresiva y posiciones de confrontación, sino que aliados como Estados Unidos y el Reino Unido navegan en un rumbo imprevisible. “Desafortunadamente, los líderes políticos alemanes no han preparado para nada a la ciudadanía para los esfuerzos que estas nuevas circunstancias requieren, entre ellos una fuerte inversión para apuntalar y estabilizar el proyecto europeo. Esto es un peligro”, señala en conversación telefónica Cathryn Clüwer Ashbrook, directora del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, en referencia a la casi nula relevancia del asunto en la campaña.

Alemania dispone de una posición ambivalente en el tablero mundial. Es la cuarta potencia económica por PIB (después de EE UU, China y Japón) y exhibe un vigor exportador que la sitúa como segundo país del mundo con el mejor balance de cuenta corriente (después, pero muy cerca, de China). Estos factores le proporcionan una notable capacidad de influencia. Sin embargo, como es notorio, no dispone de un peso militar acorde a su fuerza económica. Es el séptimo inversor mundial en Defensa, lo que no es despreciable, pero la mezcla entre el rechazo al uso de la fuerza militar, la falta de armas nucleares, la falta de escaño permanente y derecho de veto en la ONU, cierto retraso en capacidades ciber y otros elementos la confinan a un papel secundario en cuestiones de seguridad.

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Con estas premisas, apoyada en los pilares de su europeísmo y atlantismo, Berlín ha abrazado en las últimas décadas el mantra del Wandel durch Handel (cambio a través del comercio) en sus relaciones internacionales. Sus Gobiernos de posguerra han conseguido amplio respeto global manteniendo posiciones consideradas por lo general responsables y constructivas. No faltan episodios polémicos, en los que los críticos ven una descarnada priorización de intereses económicos nacionales por encima del interés colectivo de la familia occidental. Entre ellos, destaca el desdoble del gasoducto Nordstream, que permite a Rusia reforzar el suministro directo a Alemania puenteando al este de Europa, en lo que representa una descomunal victoria estratégica para Putin; o el acuerdo de inversión con China que la presidencia semestral alemana de la UE impulsó en diciembre, que muchos consideran un error y languidece ahora en medio de vibrantes críticas y un arduo proceso de ratificación.

Muchos expertos creen que esta posición internacional, basada en un amplio consenso político interno, debe ser actualizada. “Sin duda, hay límites en el actual orden internacional; el sistema multilateral no es estable; y la apertura supone una vulnerabilidad. Como respuesta, algunos hablan de desacople o desglobalización. Pero no podemos, eso sería dañino”, comenta en conversación telefónica Güntram Wolff, director del centro de estudios Bruegel. “La prosperidad alemana, y la europea, dependen de una profunda integración con la economía global. La respuesta debe ser, por tanto, afilar instrumentos para defender mejor ciertos intereses en este contexto. Mi visión es que la UE debe ser un polo en sí misma, que desarrolle una capacidad de represalia en caso de agresión económica. Alemania debe implicarse en ello, reforzando la resiliencia de la UE y de la zona euro, y buscando plasmar la globalización de forma adecuada”, sostiene Wolff.

Hay presión desde Estados Unidos y Europa sobre Alemania en diferentes sentidos. Washington reclama que aumente considerablemente su gasto militar y muestre firmeza ante China; Francia, que acceda a impulsar proyectos de defensa europea que discurran en paralelo a la OTAN; los mediterráneos, que dé estabilidad a la zona euro; los del Este, que responda con dureza a Rusia; y desde distintos ámbitos, que capitanee un movimiento hacia la autonomía estratégica en sectores industriales clave, fomentando mayores capacidades digitales y ciber autóctona. El menú es muy amplio; el equilibrio, complejo.

La idea de que la conexión entre países en un mundo cada vez más globalizado fomenta nuevas vías de competitividad y conflicto es el eje de un libro recientemente publicado por Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (The Age of Unpeace. How connectivity causes conflict. Bantam Press). En su texto, Leonard sostiene que la conectividad genera razones y medios de conflicto, una peligrosa sensación de pérdida de control, y la paradoja por la que cuanto más conectados están pueblos y países, más desean estar separados. Este es el escenario al que la Alemania pos-Merkel debe adaptarse.

“La asunción de que la interdependencia económica conduciría a la democratización de otros países fue compartida en Occidente. No es un asunto solo alemán. Pero es cierto que los europeos se lo creyeron más que los estadounidenses, y los alemanes más que los demás europeos. Alemania será la última en abandonar esa idea”, comenta en conversación telefónica Hans Kundnani, jefe del programa sobre Europa del centro de estudios Chatham House. El experto menciona a Kant, cuyo Sobre la paz perpetua ha ejercido una profunda influencia intelectual. Pero, naturalmente, advierte de que la posición política alemana está determinada por el conjunto de intereses primarios, instrumentos disponibles y percepción social.

El experto cree que es posible una evolución gradual, muy coherente con el espíritu dominante en la sociedad alemana. El reciente aumento del gasto militar va en esa dirección. Pero considera improbables cambios profundos, giros significativos. “Las diferencias entre los cuatro partidos con opciones creíbles de llegar al poder son realmente pequeñas. Y, además, tendrán que alcanzar compromisos. Así, si Los Verdes son más duros con Rusia pero pactan con el SPD, que es más blando, el resultado probablemente estará muy en línea con el equilibrio actual. El caso es que Merkel más que liderar, ha encarnado bien consensos presentes en la sociedad. Fue una habilidad política. Merkel se va, pero el consenso subyacente permanece”, dice Kundnani.

Clüwer Ashbrook señala que el entorno empresarial se perfila como un factor de cambio más relevante de lo que ha sido la propia cancillería en los últimos tiempos. “Los empresarios están modificando su percepción de forma bastante radical. Ya han asumido que China es un competidor sistémico y que la proyección económica va envuelta en el entorno geopolítico”. Kundnani añade una observación comparativa con Japón, otro país derrotado en la Segunda Guerra Mundial, que vive un proceso de reconsideración de su papel en el mundo y que, a diferencia de Alemania, no ha cultivado una potente industria en el sector Defensa. Alemania rehúye el uso de la fuerza, pero exporta muchas armas, siendo el cuarto vendedor mundial.

Desafíos y contradicciones relacionados con el papel de Alemania en el mundo se acumulan sobre la mesa del próximo Gobierno en Berlín. Tras un largo periodo exitoso, pero en muchos sentidos vivido en la inercia, se acercan al peine nudos que requieren a Alemania una reflexión profunda sobre su alma. Sobre si seguir en esa inercia con cambios mínimos o si, manteniéndose fiel a sus valores, emprender un cambio más sustancial.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi

Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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