Pedro Castillo trata de frenar los ataques de Keiko Fujimori con un perfil más moderado

El debate entre los candidatos a la presidencia de Perú fue lánguido hasta que se enfrentaron con dureza por la corrupción

Los candidatos a la presidencia de Perú, Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y Pedro Castillo, de Perú Libre, se saludan en el debate este domingo en Arequipa, Perú.
Los candidatos a la presidencia de Perú, Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y Pedro Castillo, de Perú Libre, se saludan en el debate este domingo en Arequipa, Perú.SEBASTIAN CASTANEDA (Reuters)

El debate presidencial de este domingo en Perú dejó emociones fuertes. La primera hora de intercambio entre Keiko Fujimori y el izquierdista Pedro Castillo pareció una charla desordenada entre conocidos, un poco subida de tono, donde cada uno hablaba de lo que quería, dispersos y a su aire. Castillo, dos puntos por encima en las encuestas, moderó su tono y sus gestos respecto a debates anteriores y repitió sin cesar que el fantasma del comunismo que aviva su contrincante tiene poco que ver con la realidad. Fujimori insistió en el supuesto carácter violento de su oponente y llegó a exhibir una piedra sobre la que giró toda su argumentación. Hasta ese momento no había ocurrido nada extraordinario. Sin embargo, apareció el tema de la corrupción y ya nada fue igual.

A Fujimori le cambió la cara. Reconoció que la hubo durante el Gobierno de su padre, Alberto Fujimori, un autócrata que se mantuvo en el poder entre 1990 y el 2000, aunque añadió luego que lo mismo le ocurrió a los que estuvieron antes y los que estuvieron después. Era un mal de cualquier gobernante. “Justamente por eso no puedo fallarles”, dijo. Castillo, contenido hasta entonces, al que se le notaron los nervios al inicio, cuando se perdió en un par de ocasiones mientras repasaba sus notas, encontró la oportunidad y no la dejó escapar. “¿No les suena que fujimorismo es sinónimo de corrupción?”, preguntó a los televidentes que seguían este debate celebrado en la ciudad de Arequipa. Fue a más y por un momento no pareció encorsetado, habló con naturalidad: “Un corrupto no puede hablar de corrupción, es como soltar a un chivo a cuidar un jardín”.

— El señor Cerrón... perdón, el señor Castillo...

Contraatacó Keiko en su siguiente turno de palabra. Era un descuido premeditado. Vladimir Cerrón es el presidente de Perú Libre, el partido que invitó a Castillo como candidato. Hasta ese momento el maestro rural no tenía una estructura detrás que le permitiera presentarse a las elecciones. Cerrón, neurocirujano marxista que estudió la carrera universitaria en Cuba, fue gobernador, puesto del que tuvo que dimitir por un caso de corrupción. Los mayores aprietos de la campaña de Castillo tienen que ver con Cerrón, que muestra un discurso más radical y agresivo que el del propio Castillo. El profesor lo ha desautorizado públicamente más de una vez y esta vez tampoco lo dejó correr. “Sugiero”, dijo mirando a Keiko, “que supere su obsesión con Cerrón. No va a haber ninguna persona en mi gestión vinculada con extremistas”.

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El respeto entre los dos se había esfumado a esas alturas. Castillo se encontró más cómodo en este bloque temático. Insistió en la idea de que su oponente se había criado en una cuna de oro y que así, difícilmente podía conocer el sufrimiento de los más pobres. Hizo constantes referencias al trabajo duro, el sudor del campesinado, a la recompensa de labrar la tierra. “Hay dos líderes, uno un profesor, otra, jefa de una red criminal elegida por Odebrecht”, añadió, en referencia a la acusación fiscal que enfrenta Keiko por lavado de activos, organización criminal y obstrucción a la justicia. La hija mayor de los Fujimori le pidió a Castillo que no se hiciera “el machito”. No le perdió la cara al debate. Estos fueron los únicos momentos de apuro que vivió.

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Ella arrancó más dispuesta y con más brío. Se notaba la experiencia. Fujimori vive su tercera segunda vuelta consecutiva. En las dos anteriores perdió frente a Ollanta Humala y Pedro Kuczynski, a la postre presidentes. Pese a su derrota en los últimos cinco años, su partido, Fuerza Popular, fue el mayoritario en el Congreso. Más que el pasado envenenado de su padre, sobre ella pesa la actitud errática y obstruccionista que tuvo su bancada en este tiempo. Insistió, al menos en público, en que le habían usurpado el poder porque ella era la verdadera ganadora de las anteriores elecciones. Hace tres años, por oposición al entonces presidente, los congresistas de Fujimori se acercaron al sindicato de profesores que entonces protagonizaba una huelga. El líder de aquellos maestros era Pedro Castillo. Cuatro años después vuelven a encontrarse, esta vez como contendientes. Solo uno gobernará Perú.

Castillo no arriesgó, como si quisiera especular con la ligera ventaja que le dan las encuestas. Estuvo más apagado que en anteriores debates y no mostró el entusiasmo con el que se dirige a sus seguidores en los mítines. Mostró una actitud más institucional, quiso espantar los temores que muchos peruanos tienen acerca de su gestión. Cuando Fujimori dijo que la pandemia no se cura con comunismo, Castillo insistió en que era mentira que fuese a expropiar nada. Después aseguró que trabajará de la mano de las empresas y que no le quitará el dinero a los trabajadores, a cuenta de una polémica por una reforma de las pensiones que había sugerido. “Respetaremos la propiedad privada”, volvió a decir. El Castillo más moderado hasta ahora trató de espantar todo el miedo que transmite a los indecisos.

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Sobre la firma

Juan Diego Quesada

Es el corresponsal de Colombia, Venezuela y la región andina. Fue miembro fundador de EL PAÍS América en 2013, en la sede de México. Después pasó por la sección de Internacional, donde fue enviado especial a Irak, Filipinas y los Balcanes. Más tarde escribió reportajes en Madrid, ciudad desde la que cubrió la pandemia de covid-19.

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