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ANÁLISIS i

Rusia, árbitro hegemónico

Israel y Hezbolá han jaleado la danza guerrera de Trump y Jamenei escenificada en Irak, pero Putin ya había mandado parar en Siria

Vladímir Putin y el presidente sirio Bachar el Asad, el martes en una iglesia ortodoxa de Damasco.
Vladímir Putin y el presidente sirio Bachar el Asad, el martes en una iglesia ortodoxa de Damasco. EFE

La haka guerrera que han danzado desde el viernes el presidente Donald Trump y el líder supremo Alí Jamenei se ha escenificado finalmente con una especie de ataque preventivo iraní posterior al demoledor golpe estadounidense que segó la vida del general Qasem Soleimai, enemigo ‘número uno’ de Washington, de Israel y de los países suníes de Oriente Próximo.

A pesar de la retórica belicista de la “bofetada en la cara a Satán”, Jamenei y la cúpula de la República Islámica parecen haberse familiarizado con la narrativa de gestos del magnate inmobiliario asentado en la Casa Blanca. El lanzamiento de dos decenas de misiles tierra-tierra contra las bases iraquíes de Ain al Asad y Erbil, con destacada presencia militar norteamericana, evoca las ofensivas de represalia con un diluvio de Tomahawk ordenadas con gran alharaca por Trump en 2017 y 2018 contra sospechosos ataques químicos del régimen sirio.

En ambos casos, las fuerzas rusas aliadas del presidente Bachar el Asad fueron alertadas con antelación para que se pusieran a salvo. Las tropas gubernamentales sirias siguieron sus pasos sin vacilar. Ahora ha sido el Gobierno de Bagdad el alertado por Teherán mediante “un mensaje verbal” en previsión de males mayores, según ha reconocido el primer ministro dimisionario, Adel Abdelmadhi. Responsables militares estadounidenses sobre el terreno también admitieron haber sido advertidos de un ataque inminente a través de “canales de información”.

Terminados los funerales de Soleimani, se imponía una “respuesta aplastante y dolorosa” en una “dura venganza”, aunque el habilidoso ministro de Exteriores iraní Yavad Zarif se apresuró a declarar que su país “no busca una escalada o una guerra”. El escenario de la revancha queda circunscrito por ahora a territorio iraquí, donde se originó la afrenta, hasta la salida del “último soldado norteamericano”. Las poderosas milicias chiíes, teledirigidas en Bagdad desde Teherán, pueden ser las encargadas de completar ese objetivo.

 Anticipándose a la corriente apaciguadora, el primer ministro Benjamín Netanyahu advirtió pocas horas después del ataque iraní en Irak de que “Israel responderá de forma contundente si es atacado”. Nada nuevo en la doctrina de exorbitante disuasión militar del Estado judío desde su creación hace 72 años. Las palabras del jefe del Gobierno hebreo para justificar el asesinato selectivo del jefe de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución iraní fueron más tarde repetidas casi literalmente por Trump en la Casa Blanca.

La milicia libanesa Hezbolá, la principal fuerza de choque proiraní en los cerca de nueve años de guerra en Siria, llamó a vengar la muerte del general a cuyas órdenes combatió. Pero solo mediante golpes a los intereses estadounidenses en la región, sin implicar a Israel como en la guerra abierta de 2006. En el flanco sur, Hamás ha preferido limitarse a enviar a su líder, Ismail Haniye, a los funerales de Soleimani sin entrar en una dialéctica bélica con Israel en un momento en el que negocia la reconstrucción de la franja de Gaza.

Precisamente por su presencia militar en la guerra de Siria, Rusia se ha convertido en un árbitro hegemónico en Oriente Próximo desde hace cuatro años. La visita del presidente Vladímir Putin el martes a Damasco ha sido rápidamente interpretada en la prensa israelí como un veto a cualquier intervención que salpique a Siria en la escalada entre EE UU e Irán. El mensaje parecía ir dirigido tanto a Israel como a Hezbolá y otras milicias chiíes. El Kremlin habría mandado parar así la extensión regional de un conflicto que todavía amenaza con convertirse en la tercera guerra del Golfo.

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