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Putin exhibe su influencia con un viaje a Damasco en plena escalada de tensión en Oriente Próximo

El líder ruso se reúne con El Asad, aliado de Irán, y visita a las tropas que Moscú tiene desplegadas

Vladímir Putin y Bachar el Asad estrechan sus manos, este martes en Damasco.
Vladímir Putin y Bachar el Asad estrechan sus manos, este martes en Damasco. REUTERS

El presidente ruso, Vladímir Putin, ha viajado este martes por sorpresa a Damasco y se ha reunido con el líder sirio Bachar el Asad. La visita de Putin a Siria, donde desplegó su fuerza aérea en 2015 y en la que ha visitado una de las sedes de las tropas rusas en el país, coincide con la escalada de tensión entre Irán, uno de los aliados del régimen de El Asad, y Washington tras el asesinato en Irak del general iraní Qasem Soleimani con un dron estadounidense. EE UU mantiene una base en el este de Siria con unos 600 uniformados, lo que convierte a ese país en otro foco de las turbulencias.

Putin, cuyo apoyo a El Asad ha sido decisivo en la guerra siria y que se ha convertido en un líder a tener en cuenta y árbitro en la zona, no viajaba al país desde 2017, cuando visitó a las tropas rusas en la base de Khmeimim para anunciar una paulatina vuelta a casa que después no se produjo. En esta ocasión, que coincide con las celebraciones de la Navidad ortodoxa, el líder ruso ha visitado la sede del grupo de las Fuerzas Armadas del país en la capital siria. Allí presenció un desfile militar y fue recibido por El Asad, informó el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov. “Ambos líderes escucharon informes militares sobre varias regiones del país”, añadió Peskov. Putin estuvo acompañado por su ministro de Defensa, Serguéi Shoigu, según las imágenes divulgadas por la agencia estatal de noticias siria Sana. Las tropas sirias y rusas están inmersas en una ofensiva aérea y terrestre en la provincia de Idlib (noroeste), último bastión opositor en el país, controlado por los yihadistas de Hayat Tahrir al Sham.

El patrocinio ruso e iraní ha sido clave para ayudar a El Asad a recuperar casi todo el territorio de manos de los insurgentes que intentaron derrocarlo durante la guerra civil que comenzó hace casi nueve años y que ha dejado más de 400.000 muertos, 5,7 millones de refugiados y 6,2 millones de desplazados. En 2012, las tropas regulares sirias habían perdido el 55% del territorio; en 2020, con el pacto sellado el pasado octubre con las milicias kurdo-sirias auspiciado por Moscú —después de la ofensiva turca desencadenada por el anuncio de la retirada de tropas de EE UU— han recuperado el 90%.

Durante la reunión de este martes, el líder ruso señaló a El Asad los “progresos inmensos” del país. “Putin afirmó que ahora podemos decir con confianza que se ha recorrido una gran distancia para restaurar el Estado sirio y la integridad territorial del país”, comentó el portavoz del Kremlin citado por la agencia estatal Tass.

El viaje del presidente ruso a la capital siria en un momento de grandes turbulencias en la región es toda una demostración de influencia. Aunque algunos analistas, como Nawar Oliver, del centro de estudios Omran de Estambul, sostienen que ya estaba prevista antes. El líder ruso no se limitó a visitar a sus tropas y reunirse con El Asad, también acudió junto al presidente sirio a la Gran Mezquita de Damasco y a la iglesia ortodoxa de la Santísima Virgen María.

Unidos por Damasco pero sin llegar a llamarse aliados, Teherán y Moscú se convertirán en competidores por sus intereses económicos en una futura era de reconstrucción siria. “Los rusos han intentado contener el expansionismo iraní en Siria, pero Irán ha logrado infiltrar las estructuras militares sirias con milicias locales a las que ha entrenado. Ahora intenta ganarse a la sociedad siria y aumentar su popularidad en las zonas donde está presente”, señala el experto Oliver en una conversación telefónica.

Putin, que está jugando una compleja danza diplomática en la región para expandir y defender los intereses rusos, ya firmó un acuerdo por el que El Asad cedía a Rusia derechos exclusivos para la producción de gas y petróleo. Es en la competencia por la futura explotación y transporte de los recursos de hidrocarburos donde los expertos prevén que se acentúen las divergencias entre Rusia e Irán en la era pos-ISIS.

Tras la visita a Damasco, Putin viajó a Estambul, donde está previsto que este miércoles se reúna con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, uno de los grandes rivales de El Asad y otro de los jugadores clave en el tablero regional. En esa ciudad, Putin participará en la puesta en marcha del gasoducto Turk Stream, que transportará el combustible ruso a Turquía a través del mar Negro.

Los últimos acontecimientos también salpican a Siria y sus aliados. Los analistas temen el impacto del asesinato del general Soleimani en Siria. En el noreste del país, el río Éufrates se ha convertido en la línea divisoria entre las zonas de influencia que mantiene Irán junto a las tropas regulares sirias, al sur; y EE UU junto con las milicias kurdo-sirias en la ribera norte. En las últimas 72 horas ambos actores han movido sus efectivos.

EE UU ha reforzado dos bases militares en la provincia de Deir Ezzor. Tras anunciar una retirada de Siria, la Administración de Donald Trump optó por reforzar su presencia en Al Omar, donde están las reservas de hidrocarburos sirias más importantes. Mientras, Teherán está evacuando su sede militar en Abu Kamal (localidad siria fronteriza con Irak) y bases periféricas por temor a posibles bombardeos de EE UU, según asegura el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos.

El militar asesinado, una figura clave en el tablero sirio

Aliados de los Asad desde hace décadas, Irán y Rusia han desempeñado un papel complementario en su apoyo al Ejército regular sirio. Teherán apoyó al Gobierno de El Asad en 2012 enviando tropas terrestres. Rusia —que además defiende su único acceso al mar Mediterráneo— lo hizo en 2015, brindando un determinante apoyo aéreo. Teherán quedó a cargo del sistema de milicias que ha exportado a Siria, como punta de lanza en las ofensivas terrestres; y Moscú, de los bombardeos internos y del sistema defensivo externo.

Fue precisamente Soleimani el artífice e ideólogo de las fuerzas paramilitares proiraníes —entre 30.000 y 50.000 milicianos paquistaníes, iraquíes, afganos y libaneses— que en 2012 combatieron en Siria para suplir la falta de efectivos de su Ejército regular. Tras entrenar a milicias y tropas sirias, Teherán retiró gran parte de sus combatientes extranjeros, incluyendo milicianos de Hezbolá en Siria, según fuentes cercanas al partido-milicia libanés.

Vestido de uniforme, Soleimani supervisó personalmente la expulsión en 2017 del autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) de Abu Kamal, una ciudad fronteriza con Irak clave no solo para reinstaurar el comercio entre ambos países, sino también estratégica en la ruta terrestre de avituallamiento que conecta el llamado "eje de la resistencia" desde Irán a Líbano, pasando por Irak y Siria. El papel del general iraní fue tan decisivo que su rostro comparte marquesinas en Siria junto a los de otros aliados de Damasco como Putin o el líder de Hezbolá, Hasán Nasralá. Soleimani acababa de llegar a Irak desde Siria por tierra cuando el ataque de un dron estadounidense le mató en las inmediaciones del aeropuerto de Bagdad.

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